ENNIO
MORRICONE (1928): Nació el 10 de noviembre
de 1928 en la Ciociara, al sur de Roma, dentro de una
familia de trabajadores en el barrio de Trastévere.
Cuando era un niño ya empezó a cursar sus estudios
en el conservatorio de Santa Cecilia bajo la
dirección de Goffredo Petrassi, uno de los más
grandes nombres de la música italiana del siglo XX.
Vive en un palacio en Roma, y, según ha comentado,
en su vida cotidiana se levanta a las cinco de la
mañana y, tras abrir todas las puertas de la casa,
corre durante una hora por sus pasillos. Luego se
ducha, sale a la calle a comprar el periódico y, a
partir de las ocho, se encierra a trabajar en su
estudio, lleno de papeles, libros de música, cintas,
compact-disc o teléfonos, aunque no hay pianos,
debido al peculiar modo de trabajo del italiano.
Su evolución
musical la ha definido él mismo en alguna
entrevista: "Yo empecé a trabajar con música
de cámara y, después, con música sinfónica para
orquesta y coros. Fue más tarde cuando me pasé al
cine. Confieso que al principio lo hice por dinero,
pero, con el tiempo, empezó a gustarme". Para
componer, Morricone escribe directamente sobre la
partitura. "Ésos que transcriben lo que tocan
en el piano no son músicos serios. Yo compongo sobre
la partitura y de vez en cuando, después de
escribir, voy al piano a comprobar algunas cosas.
Pero este método lo utilizo muy pocas veces, porque
la orquesta está en la cabeza". Además, para
sus composiciones le gusta mucho utilizar el coro y
las voces femeninas.
Morricone sabe
que mucha gente sigue identificándolo con la
música de los spaguetti-western.
"Evidentemente que no reniego de esa música,
pero la gente tiene que saber que también soy el
autor de la música... de otras muchas películas de
contenido social. Apenas he escrito 30 westerns sobre
un total de más de 400 bandas sonoras de
películas". No obstante, sobre este
tipo de filmes tiene su opinión: "Sergio Leone y yo éramos
muy buenos amigos. Fue un gran director. Aquéllos
que le llaman el rey de los spaguetti-western son
unos grandísimos imbéciles que no entienden nada de
lo que ha hecho. Su progresión artística e
intelectual desde Por un puñado de dólares
hasta Érase una vez en América fue
increíble. En ningún otro cineasta he notado una
evolución tan grande como en él. Con Sergio, cada
película era un inverosímil salto hacia adelante. A
menudo me pregunto qué estaría haciendo si viviera
todavía".
Su peculiar
pesonalidad ha hecho que repudie a todos los que le
han llamado genio. "A genio, como a santo, sólo
se llega después de muerto, después de resistir
todos los estudios, todos los análisis... Nunca me
ha gustado que me llamen así. Antes me enfadaba,
porque creía que me tomaban el pelo. Ahora he
llegado a la conclusión de que los que dicen esas
cosas de mí son unos aduladores que ni siquiera
conocen todo lo que he compuesto, lo que hago y lo
que podría hacer". E incluso no tiene muy
buenas palabras sobre los jóvenes talentos. De sus
cuatro hijos, sólo uno ha conseguido ser músico; a
otro, que también pretendió serlo, Morricone le
puso un garaje para que lo dejara. "Sólo ayudo
a los grandes talentos, aunque sean la inmensa
minoría. A la mayoría les digo que vuelvan a sus
casas y que estudien otra cosa. Tengo docenas de
cintas de presuntos músicos listas para borrar;
generalmente, escucho dos minutos de ellas, ya que no
hace falta mucho para comprender si hay algo más.
Hasta ahora, no he hecho ningún descubrimiento,
porque hoy en día, con los sintetizadores, puede
tocar cualquiera. Además, ¿qué es el talento? No
lo sé. Lo que sé es que para ser músico hacen
falta estudio, disciplina y sacrificios infinitos.
Dicen que mi hijo, de pequeño, aprovechaba mis
ausencias para tocar el piano. ¿Es que eso significa
que tenía talento? Tal vez, más que de talento,
habría que hablar de pasión, que sin duda es algo
fundamental para ser un buen músico. Pero eso nos
remite de nuevo al esfuerzo y al estudio, porque no
hay pasión que dure si no se abona con plena
dedicación. Pasión y trabajo sin límites, pues; y
un poco de suerte".
Morricone ha
obtenido múltiples discos de oro y de platino y
adora a Monteverdi y a Palestrina, equiparándolos
con Verdi y con Puccini. Desgraciadamente, nunca
ha ganado un Oscar, algo que le molesta especialmente.
Citar algunas de las películas para las que ha
trabajado es una tarea difícil, por lo que sólo
nombraremos algunas de las más significativas (tenga
en cuenta el lector que este hombre ha compuesto
infinidad de partituras). Así, ha trabajado en Por
Un Puñado de Dólares (1964), El Bueno, el
Feo y el Malo (1966), Érase una Vez en
América (1984), La Misión (1986), Cinema
Paradiso (1988), Frenético (1988), Corazones
de Hierro (1989), Bugsy (1991), En
la Línea de Fuego (1993), Lobo (1994),
El Hombre de las Estrellas (1995), Sostiene
Pereira (1995), La Leyenda del Pianista del
Océano (1999), Malena (2000) y Misión a
Marte (2000).
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Breve
historia de las bandas sonoras