"CUANDO
ERES OBRERO, LLUEVEN PIEDRAS SIETE DÍAS A LA
SEMANA"
Raining
stones (Lloviendo piedras;
1993) se integra en una especie de
trilogía, junto con Riff-Raff (1991) y Ladybird Ladybird (1994), sobre
la descomposición social en Reino Unido como
consecuencia de las políticas económicas aplicadas
por los conservadores, y que posteriormente retoma en
My
name is Joe (1998), ya con los laboristas en el
poder. La intención declarada del director en todas
ellas es la de hacer visibles a unos
personajes que por lo general no tienen cabida en el
cine más comercial por su condición de perdedores.
Intenta retratar la capacidad de lucha de unos
individuos olvidados, apartados por las estructura
económica imperante, pero que no se dejan llevar por
la desesperación de su precaria situación. No
obstante, como veremos, estos representantes de la
clase trabajadora aspiran de manera legitima (?) a la
plena integración en el entorno social en el que se
mueven. De alguna manera Raining Stones
certifica la culminación de una tendencia totalmente
consolidada en un modelo social que ha terminado con
cualquier aspiración revolucionaria de cambio de la
sociedad: el aburguesamiento de las clases
trabajadoras, con unas necesidades y aspiraciones de
integración e, incluso, de ostentación propias de
la burguesía. El proletariado renunció a la lucha
organizada por una sociedad diferente a cambio de
unas comodidades materiales y simbólicas, que se han
revelado insuficientes y neutralizadoras de su
potencial transformador. Las políticas neoliberales
de los gobiernos de Margaret Thatcher incumplieron el
contrato social y a los trabajadores únicamente les
han dejado los símbolos.
En esta
ocasión, Loach y su equipo escogen la ciudad de
Manchester, en concreto un barrio católico de
viviendas de alquiler subvencionadas por el
Ayuntamiento. Al igual que en otras de sus
películas, la influencia de su experiencia como
documentalista se intuye en la concepción y
realización del filme. Esta tendencia, presente en
sus otros filmes, ha llevado a la crítica a
caracterizar su estilo en términos de transparencia
de la puesta en escena. Evidentemente la elección de
unos actores y actrices desconocidos y en muchas
ocasiones no profesionales, con algunas dosis de
improvisación en su actuación, dotan al relato de
una veracidad que se escapa en otro tipo de
producciones que abordan la misma temática pero
apoyados en un star system que facilite su
comercialización. Sin embargo, y teniendo en cuenta
las aspiraciones de Bob (Bruce Jones), se puede
considerar que tales rasgos, lejos de constituir una
apuesta por la ruptura formal del modelo de
representación dominante -considerado éste como
transmisor de los valores dominantes-, se han erigido
en lugares comunes en un cine que aspira al
compromiso social.
Además
de la puesta en escena transparente se suele señalar
que su cine es simple, esencial y riguroso.
Que reproduce para revelar por lo que renuncia a
cualquier impronta del mecanismo de reproducción
cinematográfico, que por su condición
determinaría, en cualquier caso, la representación
de la realidad. No obstante, la transparencia en
cuanto que característica propia de todo el cine
narrativo, no puede convertirse en único rasgo
formal distintivo con respecto del cine comercial. La
apuesta de Loach y su equipo pasa también por un
modo de producción de presupuesto modesto, que
implica sencillez de la planificación en aras de la
aprehensión de la autenticidad de las situaciones
sociales sin tener que plegarse a unas condiciones
impuestas por el mercado.
La secuencia
inicial marca el camino por el que va a transitar
este relato de tintes sociales. Bob y Tommy (Ricky Tomlison) intentan
cazar un cordero. Las reiteradas caídas, su falta de
reflejos, su lamentable forma física dota de un
patetismo la escena que, paradójicamente, en la
línea del slapstick, produce risa del espectador.
Este tono cómico se prodiga en la escena siguiente
en la que intentan matar al animal. Tras varios
intentos fallidos, su incapacidad les obliga a
llevársela al carnicero para que la mate y la
trocee. Primero se la intentan vender, pero a éste
no le interesa porque es un animal viejo, y la gente,
aunque trabajadora, sólo quiere lechal. A cambio del
trabajo, Bob deberá arreglarle la chimenea. Este
detalle adelanta una escena posterior en la que
desatasca el desagüe del párroco sin recibir nada a
cambio más que un montón de mierda. Ambas
situaciones ponen al descubierto hasta qué punto la
exigencia mercantil del sistema capitalista de pagar
por cualquier servicio, se da en demasiadas ocasiones
en única dirección. En este contexto social
deprimido los individuos se ven forzados a ayudarse
sin que esto suponga necesariamente un intercambio
económico.
En montaje
paralelo con esa secuencia inicial se introduce el
carácter católico del contexto y del filme y se
muestra a Coleen, hija de Bob, en la catequesis de
preparación de la primera comunión. Una vez
troceado el cordero intentarán sin demasiada fortuna
vender el género por distintos pubs. Hasta entonces
el tono cómico se impone a pesar de la sugerida
delicada situación de los protagonistas, que deben
hacer ese tipo de cosas para ganarse la vida. Pero la
mala suerte que siempre acompaña a los perdedores
entra en juego y se cruza en su camino. Como en El Ladrón
de bicicletas, le roban el único medio a su
alcance para conseguir un empleo: la furgoneta. Esta
coincidencia narrativa abre otras de orden
ideológico. Este filme se encuadra perfectamente en
esa tendencia del neorrealismo que entiende el cine
como testimonio y reflejo de la realidad con una
orientación ternurista y sentimental que apela a la
compasión del espectador.
Todo el
arranque cobra por tanto una significación especial
para el desarrollo posterior del filme: por un lado
subraya la mezcla entre lo cómico y lo trágico que
se da a lo largo del mismo, así como el referente
cinematográfico que lo inspira; por otro, y entre
ambos literalmente como indica el montaje, se
encuentra la religión católica y el elemento
simbólico -la comunión de Coleen- que mueve los
esfuerzos de Bob, al tiempo que lo atrapa más en su
precariedad. Hasta cierto punto, se puede incluso
hablar de estructura circular, puesto tanto la escena
primera como la última invocan la figura del
cordero, pero si la primera lo hace de forma literal,
incluyendo sacrificio -que sólo sirva al
protagonista para ganarse alguna libra-, la última
lo hace en la forma de hostia consagrada que sirve
para la expiación de su culpa por la muerte del
prestamista. No obstante, se procura marcar la
distancia con el discurso eclesiástico oficial a
través del párroco, que absuelve a Bob del
asesinato del prestamista, puesto que así libra a
gran parte de sus feligreses de las deudas
contraidas.
La obsesión de
Bob por comprar un vestido de comunión a su hija
Coleen no es en absoluto retratada con
distanciamiento y sarcasmo, sino que en todo momento
se respeta su decisión, se comparte su punto de
vista desde la enunciación. Es un filme creyente y
entiende la actitud de Bob como reflejo de una
verdadera religiosidad alejada de la superficialidad
reinante en la sociedad actual. Este elemento, fútil
para el no creyente, cobra una importancia simbólica
decisiva como expresión de fe verdadera del
protagonista, más preocupado por poder pagar a su
Coleen su puesta de largo en un contexto católico,
que por pagar las facturas de luz y agua. Sin
embargo, este hecho simboliza al mismo tiempo esa
tendencia social imparable, que ya hemos mencionado,
y que supone uno de los grandes éxitos del
neocapitalismo: la propagación a las clases
trabajadoras de unas necesidades materiales y
simbólicas burguesas que desembocan en su
conformismo.
Se subraya,
asimismo, la desconfianza total en los
servicios públicos para mermar las desigualdades
sociales. Los laboristas aparecen retratados
como incapaces de articular una verdadera respuesta
alternativa a las políticas económicas
conservadoras. Y en cierta medida dicha incapacidad
ha sido confirmada cuando estos han vuelto a acceder
al poder y han acuñado la famosa tercera vía, que
no es más que la adaptación de la política
neoliberal al discurso laborista. Frente a esa
incapacidad de respuesta del estado y la política,
la religión se convierte en lugar de acogida y ayuda
para la clase obrera de ese barrio deprimido. En
cierta medida el filme describe la sociedad
neoliberal en términos de un darwinismo social que
entiende las relaciones sociales como una lucha
descarnada por la supervivencia donde triunfa el más
fuerte.
La secuencia
final, en la que tienen lugar la comunión, visualiza
precisamente esa integración plena del protagonista
en un entorno burgués neocapitalista, en el cual los
ritos religiosos han cobrado una importancia crucial
a la hora de mostrar el estatus social de una
familia, al margen de las creencias. La aparición de
la policía que notifica la recuperación de la
furgoneta indica cierta urgencia por cerrar el relato
de forma esperanzada, con una puerta abierta a que
las cosas puedan ser de otra forma. La imagen final,
de Bob comulgando expiando sus pecados, indica cual
es su camino escogido para sobrevivir, pero desde
luego no muestra una aspiración de cambio sino de
confianza en que las cosas vayan a mejor en este
valle de lágrimas neoliberal.
La necesidad de
una respuesta cinematográfica a la generalización
del capitalismo de corte neoliberal como forma de
gestión social da por bueno, de entrada, cualquier
intento de cine social. En ese sentido Raining
stones es un filme, como otros
del director, que apuesta por cuestionar aquellos
aspectos del sistema que no funcionan, muy a
pesar de los voceros conservadores que cantan las
alabanzas de la globalización del capitalismo. Las
crudezas del mercado se encarnan en unos personajes
obreros y urbanos. Además, en la medida de lo
posible, Loach intenta escapar a los modos de
producción propios del cine dominante que inunda las
salas, con unos proyectos de bajo presupuesto que
facilitan la libertad a la hora de cuestionar la
situación social. El relato está salpicado de
hechos humanos cotidianos que evidencian el malestar
social: la ausencia de una respuesta desde la
izquierda y la consiguiente desconfianza en la
política, los problemas que la droga genera entre
los hijos de la clases trabajadoras, la usura, el
efecto narcótico de la religión católica sobre el
individuo. El plano final que muestra a Bob
comulgando de rodillas, expiando sus pecados, iría
en esa dirección. La apuesta final es, por
consiguiente, la de la ilusión necesaria, del
excesivo sentimentalismo que desemboca en un final
feliz que tranquiliza al espectador/a en lugar de
generar en él/ella la inquietud que lleve a una
verdadera reflexión sobre la sociedad actual; pero
al mismo tiempo, este plano estaría indicando,
precisamente todo lo contrario, que la carga de la
religión católica no es precisamente la vía para
una auténtica libertad.
1,
Chomsky, N., Cómo se reparte la tarta. Políticas
USA al final del milenio, Icaria, Barcelona,
1996, p. 10.
2.
Estefanía, J., Contra el pensamiento único, Suma
de letras, Barcelona, 2000, p. 18-19.
Filmografía de Ken Loach
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