La
ciudad está tranquila abandona
la comedia y el cuento para adentrarse
en las profundidades de un drama descarnado sin
concesiones sobre la bondad del ser humano.
Los estereotipos de ¡Al
ataque! devienen personas de
carne hueso en un filme aterrador que se acerca a una
realidad en la que todo va mal. El título y el
arranque son expresivos respecto a la pretensión del
filme por contraste con lo que viene a continuación.
La ciudad aparentemente está tranquila al atardecer.
Por eso la panorámica del puerto que abre el filme
tiene cierta belleza formal remarcada por la música
clásica de piano que se justifica al final del
movimiento de cámara: un niño, emigrante de Georgia
que estudia en el conservatorio, toca con un órgano
en un parque para poder comprarse un piano de verdad.
Una escena bucólica que da comienzo a la historia de
unos personajes marcados por la soledad. Como afirma
Abderramane todo es cuestión de punto de vista.
Desde las terrazas al mar de los privilegiados
sociales todo parece estar bien cuando el sol se
pone. Pero en su barrio la miseria, la droga o el
racismo se encuentran en cualquier esquina, en
cualquier momento.
Michèle
es el eje estructurador de este filme coral en el que
el protagonismo recae otra vez en una mujer
trabajadora que lucha con su entorno para vivir con
dignidad. Su historia ilustra el problema de
la droga en las sociedades occidentales. El estado ha
renunciado con un discurso moral a buscar verdaderas
soluciones y sólo ofrece parches farmacológicos a
la adicción a la heroína. La situación llega ser
tan desesperada que, en un primer momento, Michèle
le compra las papelinas a su hija a través de
Gérad. Ante el empeoramiento de la chica que cada
vez necesita más caballo, Michèle se da cuenta de
que no puede mantener más esa situación. Por eso le
inyecta una sobredosis a su hija para que muera. Y no
se trata de una exageración al servicio del relato,
sino que la escena contiene tanta verdad que desborda
al espectador porque la escena evidencia el drama de
las drogas en nuestra sociedad.
La dureza de la
trama no acaba aquí, sino que a lo largo de la cinta
se van desgranado las diferentes historias que se
entrecruzan y conforman la aparente apacibilidad de
la ciudad pero que en realidad tejen una cruda
desesperación. Uno de los lugares en que los
personajes se cruzan es precisamente uno de los
templos de la sociedad contemporánea: el centro
comercial, forma emblemática del progreso económico
que ha servido para transformar el ocio en consumo.
Un tema
reiterado en distintos filmes de Guédiguian es la
desconfianza en la clase política y en las formas
tradicionales de participación. Por ello
suele retratar dos procesos que se dan en su ciudad
pero que sirven de modelo para muchos lugares. En
primer lugar, con la transformación económica y el
paso de la industria pesada a la nueva economía
muchos obreros han perdido su trabajo. De su precaria
situación -el marido de Michèle en paro y
abandonado a la bebida- se aprovecha la extrema
derecha que les ha hecho creer, con palabras símbolo
como identidad o preferencia nacional, que su
desgracia se debe a la presencia de los inmigrantes.
En paralelo con
ese proceso de nacionalismo excluyente y fascista, la
política tradicional ha perdido el rumbo y no da
cuenta de la nueva problemática social. El marido de
Vivianne, la profesora de música, es un claro
representante de la burguesía supuestamente
progresista que solo busca justificar su posición
privilegiada dentro de la sociedad. Da igual que el
pueblo sea revolucionario o reaccionario, para él
siempre es un rebaño al que las clases dirigentes
deben indicar el camino. Su discurso comprometido, de
hecho, es una simple fachada que le sirve para
mantener sus privilegios de clase. O el padre de
Paul, que combatió en la Resistencia y enseñó a su
hijo la Internacional, pero que ha perdido toda
esperanza en los partidos políticos como vía de
transformación social. Está totalmente desengañado
por el apoyo de la clase obrera a la extrema derecha
y el entendimiento de la izquierda con la derecha con
la que comparte su política económica.
La relación
entre Vivianne y Abderramane, que parece ser la
única concesión a la esperanza, se desvanece con el
asesinato de aquel bajo los disparos de obreros de
extrema derecha. La posibilidad del acercamiento
entre dos esferas sociales tan separadas queda así
cercenada por los sectores más reaccionarios de la
sociedad. Al final del filme el sorpresivo suicidio
de Gérard es un elemento más que se suma a esa
desesperanza que se ha ido tejiendo en torno a los
personajes. Este final desgarrador enlaza con el
transporte del piano a Sarkis, el niño que aparecía
en el arranque, tocando en el parque. En torno a la
música se vuelve a construir la aparente
tranquilidad de la ciudad que daba comienzo a un
filme, encargado de hacerla desaparecer de la
conciencia de los espectadores. De hecho el contraste
de la muerte de Gérard con esta secuencia final,
hace que la supuesta esperanza en torno a la música
parezca hueca y falsa, una construcción edificada en
un punto de vista falseado.
En las salas de
exhibición campa a sus anchas un modo de
representación huero, aparente, de mediocridad
desmedida y legibilidad absoluta que ha calado tan
hondo en el público que parece el único y verdadero
modelo narrativo cinematográfico. Y no es
únicamente una cuestión formal, sino que, por lo
general, el contenido se adapta a la superficialidad
más infame y los problemas más complejos que se
reducen al lugar común.. Los filmes de Guédiguian
por el contrario, con unos planteamientos locales,
adquieren textura de metáfora de la situación de
Occidente que, ensimismado en los grandes cambios, no
acepta la realidad expuesta por el cineasta francés
o como mucho la considera como un daño colateral en
el tránsito a la sociedad del acceso. Sin
duda alguna, un cine imprescindible.
Imágenes
de La ciudad está tranquila - Copyright © 2000 Agat
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Fuente: Golem. Todos los derechos reservados.
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