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¡Por la barba de Zeus! Se desata la “Furia de Titanes”

Años 80

¡Por la barba de Zeus! Se desata la “Furia de Titanes”

Los dioses, reunidos en cónclave olímpico, podrían hallarse ahora mismo debatiendo el porqué de su ya prolongado olvido. Cómo es posible que los humanos, inventores de tecnologías cada vez más procaces y exhaustivas, hayan discriminado los relatos clásicos, la base madre de toda la narrativa occidental. Y su reivindicación no se refiere, por supuesto, a extractos mal entendidos de “La Ilíada” —“Troya” (2004)–, en los que se ha suprimido todo el protagonismo divino. El hombre se ha olvidado del dios, y las maravillas que antes cobraban vida tras ser tocadas por rayos celestiales ahora son fruto del niño mago, del ser maquiavélico con superpoderes, del mundo paralelo o del azar científico. Pero hubo una época en que los dioses dominaban la cartelera –o casi– y quién no iba a revisar su credo si a Zeus lo iluminaba la ira de Laurence Olivier –o unos neones que, entre la cantidad de pelo y los brillos, parecen anunciar un videoclip de ABBA o los Bee Gees–; Afrodita encarnaba los sueños húmedos provocados por Ursula Andress desde su mítico paseo por la playa, y Maggie Smith imponía el orden mágico antes de que Hogwarths existiera.

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Divino Olimpo, un tanto increíble, para una película tan o más disparatada, “Furia de Titanes” (1981). Dioses que han arrebatado cuerpos mortales de intérpretes famosos para volver a gobernar, y que se entretienen en jugar a las casitas con figuras de cera desde su diáfana morada –y esto me recuerda al anuncio de detergente que hacían los homónimos mandamases en “Astérix y las doce pruebas” (1976)–. El jaleo en el que deciden meter la mano –o la cabeza, fabuloso momento en que Thetis (Smith) se aparece en el rostro de una estatua decapitada– involucra a Perseo, el héroe narrado por Ovidio en su búsqueda de la cabeza de Medusa. Antes del propósito final, los dioses son tan atentos que regalan los motivos preferidos en una buena trama de aventuras: la chica desvalida que enamora al protagonista –Andrómeda (Judi Bowker), que reproduce la mítica imagen erótica de la mujer cautiva, mientras su escasa ropa se agita al compás de su lucha/resignación–, y los monstruos. De pasar a la Historia una película como ésta, aparte de que ya van sobrados y divertidísimos motivos, lo haría como canto de cisne de Ray Harryhausen, el magnífico animador especializado en esa stop-motion que después perfeccionaría su más aplicado pupilo, Tim Burton.

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En sentido relativo, pues las criaturas de Harryhausen ya son perfectas alegorías del sueño materializado, que se mueve con aires de pesadilla, y de necesaria fisicidad en una historia que viaja al pasado más remoto. La digitalización que seguro supone su remakeprevisto para 2010— impondrá una credibilidad visual opuesta a las intenciones del relato, que emplea lo artesano y lo tierno para recrear un universo a primera vista falso, pero por eso mismo mitológico e imaginativo. Las pruebas que Zeus interpone en el camino de Perseo –terrible actuación y peinado de Harry Hamlin, aquel galán de “La ley de Los Ángeles”— son también obstáculos que Harryhausen resuelve con animaciones que añaden algún toque exótico a lo prototípico: el caballo volador Pegaso, un sucedáneo de Cerbero de apariencia disecada, escorpiones gigantes, arpías, la sibilina Medusa, el titán Kraken –en realidad referencia escandinava con apariencia de monstruo nipón, nada que ver con el pulpo gigante de “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto” (2006), tan mastodóntico como impersonal– o el búho robótico que Atenea presta al héroe, cuyos silbidos y torpezas recuerdan con mucho al R2-D2 de “La guerra de las galaxias”, precisamente el tipo de saga tecnológica culpable del declive de estos entrañables trucajes.

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La labor de los efectos especiales resulta lo más reivindicable, casi un acta de cierre tras los proyectos de Harryhausen en “Jasón y los argonautas” (1963), “La isla misteriosa” (1961) y la trilogía de Simbad: “Simbad y la princesa” (1958), “El viaje fantástico de Simbad” (1974) y “Simbad y el ojo del tigre” (1977). Hombre polifacético que continúa vivito y coleando –productor, director de fotografía, guionista…–, pero apartado de los efectos visuales que requerían de una mirada crédula y cariñosa, como un lector de Julio Verne –otra inspiración presente en su filmografía–. Así que el Olimpo no es para esos actores británicos endiosados, ni para los sosos mortales que no merecen su ayuda, ni para un relato endeble y repleto de altibajos hasta que aparece en pantalla la impronta del verdadero genio, de un Harryhausen que no sería el mejor retratista de la mitología griega, pero sí del territorio fronterizo entre la verdad del cine y el engaño de la realidad.

En las imágenes: Fotogramas de “Furia de titanes” – Copyright © 1981 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Titan Productions. Todos los derechos reservados.

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