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“Ángeles y demonios”: Un camarlengo más otros nueve “sexis” con sotana

Las iras, indignaciones y desprecios, o como se prefiera apelar a la rabieta, que el título arriba indicado podría provocar en las filas eclesiásticas palidecen ante la tajante condena del Vaticano a todo lo que lleve impreso el nombre de Dan Brown, Robert Langdon o, en los últimos tiempos, Tom Hanks. La inercia de la primera piedra lanzada contra un motivo proscrito del debate público no provoca que la irreverencia siga a la polémica, sino más bien a resultas de bailar las aguas removidas por un Hollywood que necesita poner guapos hasta a sus sacerdotes, y por un escritor que describió Sevilla como un reducto infeccioso perfecto para un apocalipsis de Cuarón o Meirelles. «Tenía un rostro sorprendentemente atractivo», describe Brown al camarlengo Carlo Ventresca —rebautizado por el más escocés Patrick McKenna—  en “Ángeles y demonios”, la novela-precuela de “El código Da Vinci” (2006) que a través de la adaptación cinematográfica de Ron Howard se transforma en secuela narrativa y, confían, también en repetición sísmica de nuevos réditos. Mientras Ewan McGregor hace honor a la escueta línea de Brown, no está de más indagar en qué referentes estaba pensando el escritor cuando recaló en que el hábito no tiene por qué hacer al monje menos atractivo.

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El abad Coulmier, interpretado por Joaquin Phoenix en “Quills” (Philip Kaufman, 2000). Acostumbrado a pasearse con ojos llororos, antes de que los ocultara tras las gafas de sol y la espesa barba de Santa Claus —¿será Phoenix otra ilusión navideña de intenciones comerciales estratégicas, será su metamorfosis cierta y tendremos que volver a creer en papás noeles?—, el actor infundaba lástima y desgarro a sus personajes, como si el labio partido fuese obra de un bestia con el que se hubiese cruzado pocos minutos antes. No fue para menos en este biopic parcial —en todos los sentidos— del Marqués de Sade (Geoffrey Rush), donde éste y el ternísimo abad de Joaquin Phoenix se disputaban con palabras soeces y silencios el afecto de una lavandera, en manos y carnes de una Kate Winslet inclinada, como su colega, hacia los protagonistas atormentados. Dos amores prohibidos, por un hombre religioso y por una literatura erótica salvaje, desdoblan la función de un Sade que tuvo mejor traductor en Luis Buñuel que en Kaufman y su escatología pedestre.

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El padre Michael Logan, interpretado por Montgomery Clift en “Yo confieso” (Alfred Hitchcock, 1953). Las inquietudes nacían del secreto de confesión, ese limbo verbal de donde ninguna palabra escapa, aunque las formule un criminal que no desea ser descubierto. Sin embargo, la incomidad de ciertos espectadores, así como el gran interés del director británico, era suscitada por el romance ilícito entre el padre Logan y una pecaminosa Anne Baxter, quien, para más inri, interpretaba a una mujer casada. Se calla lo apremiante y se habla de erróneas evidencias mientras Clift sufre y sufre, cual si en pantalla no encontrase el sosiego que le faltaba fuera de los platós de rodaje. Aunque no alcanza la cumbre de Hitchcock a costa de ese vaivén argumental que escora hacia el melodrama, la película es ese bello y roto —antes de romperse también por fuera— Montgomery Clift que compendia el temor religioso y el frenesí lujurioso del maestro del suspense.

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El padre Bobby, interpretado por Robert De Niro en “Sleepers” (Barry Levinson, 1996). Conjugando en masculino el dicho que afirma que una actriz no ha completado su repertorio hasta que no incluye en él a una prostituta y una monja, Bobby de Niro se ha empleado a fondo en redimir su historial en las malas calles con un puñado de sacerdotes —aún le falta el gigoló, aunque algunos lo mirasen de tal forma en su papel de “Stardust” (Matthew Vaughn, 2007)—, entre los que destaca aquel que ayudaba a una panda de niños a superar el trauma de jugar con carritos indebidos y recibir las reprimendas de un diabólico Kevin Bacon. Previamente al rol de cura de barrio, el actor ya se había enfundado el alzacuellos para huir de la policía en “The gang that couldn’t shoot straight” (James Goldstone, 1971) y “Nunca fuimos ángeles” (Neil Jordan, 1989), y para ensayar eso de ser buena persona con el padre Des Spellacy de “Confesiones verdaderas” (Ulu Grosbard, 1981). Claro que lo seductor del padre De Niro era decidir si confiarse o no a la posibilidad de que la sotana ocultara una ristra de tatuajes sospechosos de fundamentalismo… y desequilibrio mental.

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El padre Brian Finn, interpretado por Edward Norton en “Más que amigos” (Norton, 2000). El debut del actor tras las cámaras se quedó en eso, en puesta de hábitos más propia de Edward Burns con ganas de imitar los chistes judíos de Woody Allen que de alguien que se había despellejado el cuerpo y el alma en “American History X” (Tony Kaye, 1998) o “El club de la lucha” (David Fincher, 1999). Él se quedó con el papel de cura católico y Ben Stiller con el de rabino dispuesto a disputarle a su amigo no los argumentos de sus respectivos credos, sino el amor de la misma chica. Un brochazo de desacato nihilista como punto de partida terminaba puliéndose con los mismos tonos poco arriesgados de la comedia romántica noventera, y el sacrilegio superaba por poco el simpático aprobado. El puntaje sube ante la imposible decisión entre Norton y Stiller; imposible por los obstáculos religiosos que los separan de su objetivo sentimental y porque costaría escoger a uno de los dos, expertos en soliviantar el cariño femenino, como el más apuesto a la hora del oficio.

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El padre Amaro, interpretado por Gael García Bernal en “El crimen del padre Amaro” (Carlos Carrera, 2002). Propio de cinematografías latinas, el pasional desparpajo al abordar la blasfemia se lleva hasta el último extremo. El jovencito Amaro, un Bernal que ha internacionalizado los suspiros de México al blockbuster, pasando por Europa, llega a su nueva parroquia para descubrir que los preceptos del seminario se devalúan ante una realidad poblada de corrupción —como experimentaría Christian Slater en “Secreto de confesión” (Lewin Webb, 2004)— y mujeres entregadas a una libertina sexualidad. Enamorarse tal vez sea la opción menos arriesgada dentro de un panorama regido por cabezas frías y estómagos a prueba de conductas inmorales, aunque todos saben desde las enseñanzas de “El pájaro espino” (1983) que el amor entre un sacedorte y una muchacha da para muchos episodios y ningún futuro.

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El padre Francis Chisholm, interpretado por Gregory Peck en “Las llaves del reino” (John M. Stahl, 1944). Peck recibía la primera de tres nominaciones consecutivas al Oscar® por interpretar con su arrojo y efusión habituales a un cura enviado de misiones a la China. Vincent Price también aparecía con la negra túnica, y sin intenciones maquiavélicas ni castillo señorial, para espolear las dudas y el derrotismo de un joven encargado de catolizar lo oriental. Quizá Scorsese esté proyectando en una de sus múltiples televisiones este clásico de cara a la preparación de “Silence” (2010), la odisea de dos predicadores jesuitas en Japón, donde repite en el hábito Gael García Bernal, junto a Benicio del Toro. Lo mínimo que puede exigirse al dúo es que luzcan la mitad del atractivo de Peck en la cinta de Stahl: siempre íntegro, siempre idealista, siempre preparado para desmembrar con ceños fruncidos y arrugas de preocupación las poses del glamour que no corresponderían a la vida asceta entre la pobreza china.

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El reverendo Graham Hess, interpretado por Mel Gibson en “Señales” (M. Night Shyamalan, 2002). Incluido de refilón en la lista, pues Gibson apenas posee un par de planos con sotana y alzacuellos, el reverendo Hess es uno de tantos hombres con secreto inconfesable del universo Shyamalan, obligado a abandonar los hábitos para que otro universo aún mayor e insondable ponga a prueba su fe. Las inquietudes de Graham tienen poco de hitchcockianas, aunque el hálito del cineasta inglés sea incontestable en la obra de Shyamalan, pues ha disfrutado de una vida completa, una familia de estampa y el amor (lícito) de una mujer tristemente fallecida. Los extraterrestres afectaron tanto al órgano religioso del reverendo como al de Mel Gibson, abandonado tras el rodaje de esta película a sus sangrientos panegíricos de la fe —“La pasión de Cristo” (2004), “Apocalypto” (2006)—, por lo que hubiese sido mejor su dedicación, como el reverendo Hess, a las inquietudes adolescentes de las farmacéuticas y demás seglares de pueblecito norteamericano con suficiente dosis de marcianada en la presente película.

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El padre O’Malley, interpretado por Bing Crosby en “Siguiendo mi camino” (Leo McCarey, 1944). No posee lo que hoy las portadas de revista entenderían por sexy, pero en su época Bing Crosby despertaba no pocos resoplos admirativos entre gorgorito y gorgorito o, como es el caso, entre feligrés y feligrés de una desconfiante parroquia. El actor/cantante se servía de su deslumbrante voz para armonizar el batiburrillo de anécdotas y recursos genéricos que tanto gustaban en Hollywood a la hora de premiar lo mejor —léase lo más encantador tirando a ñoño— del año. A estas alturas la moralina de la cinta ha perdido efectividad y espectadores, pero no puede negársele a Crosby el título de el-cura-más-majo-imaginable —con permiso del padre Flanagan de Spencer Tracy en “Forja de hombres” (Norman Taurog, 1938)— que podría fabricarse en cadena para las feligresías.

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El padre Ángel, interpretado por Rodolfo Sancho en “La señora” (2008-2009). Porque las polémicas amorosas de un personaje sacerdote dan para largo —ya lo ha demostrado Richard Chamberlain— y porque los conflictos conspiranoicos marca Dan Brown también gustan con tantos capítulos como un best seller de sala de espera — “Quart” (2007)—, no podía faltar un cura televisivo que haya encontrado no pocas fans entre el público. En esta serie de época de TVE, que ya ha rodado su segunda temporada, el romance prohibido entre la señora Victoria (Adriana Ugarte) y el sacerdote (Sancho) revive las desgracias del folletín radiofónico franquista, pero exento de la censura y la falaz educación dirigida a la mujer sometida, y de cualquier novelita rosa sembrada de dificultades intemporales. Convenciones sociales y apariencias frente a reacciones químicas desbocadas, aunque la escasa maleabilidad del culebrón importe poco a quien sólo desee celebrar la victoria de una sotana bien puesta.

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En las imágenes: Fotogramas y fotografías promocionales de “Ángeles y demonios” – Copyright © 2009 Columbia Pictures e Imagine Entertainment. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. “Quills” – Copyright © 2000 Fox Searchlight Productions, Hollywood Partners, Industry Entertainment y Walrus & Associates. Todos los derechos reservados. “Yo confieso” – Copyright © 1953 Warner Bros. Pictures y First National Pictures. Todos los derechos reservados. “Sleepers” – Copyright © 1995 Baltimore Pictures, Polygram Filmed Entertainment, Propaganda Films y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Más que amigos” – Copyright © 2000 Spyglass Entertainment, Touchstone Pictures y Triple Threat Talent. Todos los derechos reservados. “El crimen del Padre Amaro” – Copyright © 2002 Alameda Films y Wanda Visión. Distribuida en España por Nirvana Films. Todos los derechos reservados. “Las llaves del reino” – Copyright © 1944 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. “Señales” – Copyright © 2002 Touchstone Pictures. Distribuida en España por Buena Vista International. Todos los derechos reservados. “Siguiendo mi camino” – Copyright © 1944 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y “La señora” – Copyright © 2008-2009 Diagonal TV. Todos los derechos reservados.

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5 - Miguel A. Delgado - 18:10 - 18.05.09

Lo que no sé es cómo han esperado al estreno para esa declaración. ¡Haberlo dicho antes, y así le hubieran hundido la estrategia de marketing!



4 - LaButaca.net » Opinión de cine - 13:22 - 18.05.09

“Ángeles y demonios”: ¡Noticia! ¡A Ron Howard le sale un thriller entretenido!…

Howard consigue una dirección ajustada que abandona el electroencefalograma casi plano que suele caracterizar a su filmografía. “Ángeles y demonios” tiene una estructura más clara que su antecesora y un ritmo muy preciso.
Si las razones…



3 - LaButaca.net » Opinión de cine - 20:50 - 16.05.09

“Ángeles y demonios”: La incompetencia de Dan Brown frente al buen hacer de Ron Howard…

A pesar de que el desarrollo de su trama es delirante y de que sus personajes resultan ridículos, al menos la mano firme de Ron Howard consigue que la película posea un ritmo vertiginoso y que nos entretenga durante un rato.
Aunque no soy lo que se d…



2 - Almudena Muñoz Pérez - 16:15 - 16.05.09

Nunca pensé que llegaría a mostrarme de acuerdo con una declaración del Vaticano…



1 - Maria - 12:54 - 16.05.09

L’Osservatore Romano, el periódico oficial del vaticano, ya ha clalificado esta película como “inofensivo entretenimiento”. Lo cual da a entender no sólo que no tiene ni para generar polémica, sino que además piensan que ni siquiera es entretenida…



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