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Aplicando la ley seca: Mostrar o no mostrar

Escrito por el 20.12.07 a las 21:27
Archivado en: Años 60, Escenas, Hollywood, Thriller

La respuesta, sin ninguna duda, sería mostrar. Por lo menos en este tiempo de alardes visuales y retos superados, que hacen de la imagen un campo de obstáculos donde unos caballos alardean mientras otros se dan de bruces. Cuando las competiciones se desarrollaban en otro nivel –y con esto no reivindico de forma nostálgica el clasicismo–, la opción mayoritaria era bien distinta. El malogrado arte de la insinuación, más allá de sus connotaciones sexuales, alcanzó su cenit no a causa de visiones sutiles e ingeniosas, sino como consecuencia natural de un contexto falto de libertades y recursos. Bien es cierto que algunos directores –Lubitsch a la cabeza– preferían no enseñar por el simple placer morboso de imaginar qué ocurría tras la puerta. Sin embargo, lo que para muchos guionistas y realizadores fue un infierno conceptual terminó aceptándose como una manera de narrar más impactante y eficaz que los avances de última generación que, de alguna manera, materializan los sueños en figuras rápidamente ajadas por el tiempo, por otro avance aún más innovador.

 

¿Mostrar o no mostrar? Mostrar cuando de verdad se hacía necesario romper la oscuridad y el secreto, violar la mirada de espectadores por aquél entonces inocentes. Por ejemplo, una fiesta, un ambiente de elite, invitados en esmoquin que burbujean entre sus copas de champán mientras una enamorada busca a su amado… y Robert Aldrich que dibuja una tragedia, un chasco de celebración provocado por la anfitriona. ¿La vemos? No, pero las sombras que luce por rostro insinúan mejor que nada una culpa creciente y una desgracia que se cierne sobre ella y aquél que la mire… Porque, de repente, vemos su vestido impoluto bañado de sangre, como una vampiresa gótica recién salida de un Coppola. No mostrar y mostrar, la delicada decisión de combinar esos dos extremos sin que se pierda información y potenciando al máximo la capacidad de un encuadre.

 

¿Habría tenido más fuerza la visión completa de una muchacha aterrorizada? ¿O un simple grito en la estancia de al lado y conversaciones explicativas entre el padre de familia y ese doctor que siempre hay presto en cualquier sala? La clave es más sencilla: en vez de usar una doble de Bette Davis para su versión juvenil, se optó por ocultarla con artimañas lumínicas y hacer creíble el flashback. Esa relación de causalidad que el público siempre imprime entre los elementos que le ordenan, de la joven indefinida hacia las telas ensangrentadas. Del desconocimiento a la revelación, del negro al blanco roto. Una ley seca que compensaban los tragos espontáneos y frescos, el equilibrio que falta cuando la imagen se alcoholiza y entre el borrón y la obviedad ya no hay diferencia.

En las imágenes: Fotogramas de “Canción de cuna para un cadáver” – Copyright © 1964 The Associates & Aldrich Company. Todos los derechos reservados.

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