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“Balada triste de trompeta”: Había una vez un circo

Escrito por el 15.12.10 a las 15:42
Archivado en: Cine español, Comedia, Drama

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Nacida de la canción de Raphael, “Balada triste de trompeta” se erige en el terreno de lo bizarro, de lo inclasificable: disloquemos la imagen habitual de la España de la posguerra; dejemos que Álex de la Iglesia ejecute la obra más salvaje y libre imaginable; pensemos en un triángulo amoroso destructivo; imaginemos sangre, vísceras y payasos con metralletas; por último, situemos la acción en un circo desquiciado e histriónico en el que la dualidad del clown —el payaso triste y el payaso tonto— es transformada en un duelo a muerte por el amor de una trapecista. Algo así es la última película de De la Iglesia, una versión grotescamente desfigurada del antaño mayor espectáculo del mundo, una que aprovechamos para repasar los otros circos del cine.

El circo felliniano. Probablemente Federico Fellini fue el director que más y mejor se acercó al microuniverso circense, que demostró mayor pasión y fascinación por la figura del payaso. Para Fellini el clown podía ser blanco —el elegante, el imponente, el que simbolizaba la inteligencia y la armonía— o Augusto — el rebelde y contestatario, el loco e inadaptado—. La Gelsomina (Giulietta Masina) de “La strada” (Federico Fellini, 1954) era un Augusto, pero también un ángel, un ser totalmente irreal e inocente que sufría toda la decepción del mundo a través del bruto Zampanò (Anthony Quinn). “Los clowns” (Federico Fellini, 1970), realizada para la televisión italiana, era un estudio a fondo de la figura, por supuesto tratada vía la pertinente violación de los límites de la ficción y la representación —Fellini filmaba a un equipo de rodaje y a sí mismo realizando la entrevista a un célebre clown—.

El circo de los extraños. Aunque el título lo tomemos de la saga de Darren Shan y de su adaptación cinematográfica, también vale para englobar aquellos circos llenos de seres extraordinarios. En no pocas películas ha sido éste el ámbito donde se reunían los más impensables personajes, los más excéntricos o inexplicables. A la cabeza estaría “Freaks (La parada de los monstruos)” (Tod Browning, 1932), fundamental obra sobre la diferencia con la que se emparienta “El hombre elefante” (David Lynch, 1980) y, más lejanamente, “Night tide” (Curtis Harrington, 1961), “Las siete caras del Dr. Lao” (George Pal, 1964) y “El Imaginarium del Doctor Parnassus” (Terry Gilliam, 2009).

El circo como comedia. El circo también fue escenario predilecto de algunos de los más grandes cómicos. Charles Chaplin lo eligió como contexto en “El circo” (Charles Chaplin, 1928) y los hermanos Marx adaptaron un esquema habitual en su filmografía (1) —se repetía en “Una noche en la ópera” (Sam Wood, 1935) y en “Un día en las carreras” (Sam Wood, 1937), por ejemplo—  al mismo en “Una tarde en el circo” (Edward Buzzell, 1939).

El circo como tragedia. También el circo es lugar donde más se explicitan las miserias humanas, como en “Noche de circo” (1953), obra injustamente omitida entre el mejor cine de Ingmar Bergman. O allí donde nacen los traumas, como en “Santa sangre” (1989), de Alejandro Jodorowsky.

El circo de los horrores. Si el descenso a los infiernos es completo, entonces encontraremos bajo la carpa una amplia galería de horrores, a camino entre lo fantástico y lo terrorífico. En “Circo de los horrores” (Sidney Hayers, 1960), un cirujano plástico se infiltraba en una compañía circense y conseguía jóvenes con las que realizar sus experimentos quirúrgicos. En “Circus of fear” (John Llewellyn Moxey, 1966) y “El circo del crimen” (Jim O’Connolly, 1968), el circo era la escena del crimen. Y en “La casa de los horrores” (Tobe Hooper, 1981), unos jóvenes acudían a una siniestra feria ambulante para convertirse en sus siguientes víctimas.

El circo de tres pistas. El ampuloso, el espectáculo total, el grandioso, “El mayor espectáculo del mundo” (Cecil B. DeMille, 1952). Así lo concibió DeMille en una de sus más celebradas superproducciones, un melodrama de grandes proporciones que aún hoy sorprende en su despliegue de medios, extras y espectáculos varios. Charlton Heston era el propietario del circo, Cornel Wilde el nuevo y fulgurante trapecista, y Betty Hutton la trapecista estrella y el interés amoroso de ambos. En “Trapecio” (1956), Carol Reed repetía triángulo amoroso con trapecistas de por medio. Y en “El gran circo” (Joseph M. Newman, 1959), el show debía continuar a pesar de los intentos de sabotaje.

(1) Ese esquema solía armarse en torno a un espectáculo —las carreras, la ópera o el circo— y en él los hermanos Marx eran los accidentales héroes que salvaban la función y, de paso, ayudaban al galán del filme a lograr su objetivo y estar con su enamorada. Un personaje fundamental en esta trama que se repetía, sin duda, era el de la mujer adinerada y aristócrata —siempre interpretada por Margaret Dumont— a la que Groucho se veía obligado a seducir.

En las imágenes: “Balada triste de trompeta”© 2010 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. “La strada” © 1954 Ponti-De Laurentiis Cinematografica. Todos los derechos reservados. “El hombre elefante” © 1980 Brooksfilms. Todos los derechos reservados. “Una tarde en el circo” © 1939 MGM y Loew’s. Todos los derechos reservados. “Noche de circo” © 1953 Sandrews. Todos los derechos reservados. “Circo de los horrores” © 1960 Lynx Films Ltd.. Todos los derechos reservados. “El mayor espectáculo del mundo” © 1952 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

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