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Brindis por Joseph Cotten: Desconocido gran reserva

Escrito por el 29.11.07 a las 16:34
Archivado en: Actores y actrices, Hollywood

A colación del último anuncio de Freixenet, firmado por Martin Scorsese, mi compañera Tònia mencionaba las reminiscencias a Hitchcock y en especial a un actor que enseguida disparó mis antenas repetidoras. Joseph Cotten no sería, de buenas a primeras, el hombre hitchcockiano por excelencia, y en vista de la susodicha campaña publicitaria yo esperaba una reelaboración de “Encadenados” (1946) y el famoso MacGuffin de las botellas de uranio –¿cava radiactivo? Que le guarden la idea a David Cronenberg para el año que viene–. Pues bien, debo reconocer que siento por Cotten una predilección de origen desconocido, aunque seguramente en ello tenga mucho que ver el maestro del suspense y su película favorita, “La sombra de una duda” (1943). Quizá porque se me cruzó en la misma etapa que a Charlie, la sobrina del actor en la ficción, y caí rendida a los pies del otro Charlie, el tío, el malo, el perverso. Cómo no amarlo cuando casi debutó en “Ciudadano Kane” (1941), repitió con Welles en “El cuarto mandamiento” (1942), esa obra enigmática y abrumadora, rescató a Ingrid Bergman en “Luz que agoniza” (1944) y la amó de forma irracional en “Atormentada” (1949).

 

Hizo lo propio con Jennifer Jones en “Jennie” (1948) y “Duelo al sol” (1946) –curiosamente la primera película vista por Scorsese–, y finalmente volvió en ayuda de su amigo Orson en “El tercer hombre” (1949). Le faltaban apostura, expresividad y un tono masculino férreo, pero tras su mirada lánguida y sus medias sonrisas había algo que conseguía definir su relación con el resto de personajes y los problemas ante los que apenas se inmutaba. Sabedor de su papel de segunda fila, protagonista en calidad de secundario, Joseph Cotten pasó desapercibido en los repartos y fue usado de colchón para otros intérpretes –Marilyn Monroe en la infumable “Niágara” (1953) o Joan Fontaine en “Sinfonía otoñal” (1950)–. En su mutismo se encerraba una mitad malévola y otra pacífica que no consigo separar entre sí ni en sus inesperadas apariciones en “Sed de mal” (1958) o “La puerta del cielo” (1980). Momentos de aplauso por un reencuentro inesperado, aunque años después descubriera la obsesión del actor por los payasos, seres a quienes aborrezco desde mi más tierna infancia. Al final no estábamos hechos el uno para el otro, y tuve que ir a despedirle a una estación de tren, adonde volvería alguna vez envuelto en humo negro.

En la imagen: Joseph Cotten amenazando a Teresa Wright en “La sombra de una duda” – Copyright © Skirball Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

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2 - Almudena Muñoz Pérez - 13:15 - 01.12.07

Ralph Fiennes?? Mmmmm… no sé no sé, caerme, me cae bien (incluso a pesar de su episodio aéreo XD), pero me parece un galán un poco sosillo, como demostró en “El fin del romance” o “El paciente inglés”. Eso sí, al lado de su hermano es puro fuego XD



1 - danityla - 9:39 - 30.11.07

Yo también detesto a los payasos, qué seres más espeluznantes.

Cotten era un actor tan elegante, tan atractivo y tan enigmático que entiendo la devoción que por él siente gran parte de mi círculo de amistades femeninas. Siempre pensé que me gustaría parecerme a tipos como él. Hoy en día, únicamente Ralph Fiennes me recuerda a ese actor elegante y masculino que Cotten, Cooper o Peck encarnaban tan bien.
Escribió una autobiografía, “Vanity will get you somewhere”, que espero tener entre mis manos en poco tiempo.



 
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