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Cómo pulir diamantes según Blake Edwards

Escrito por el 18.03.08 a las 15:21
Archivado en: Años 60, Comedia, Críticas, Hollywood, Romance

Se ha empleado hasta la saciedad el fácil juego de palabras que certifica a “Desayuno con diamantes” (1961) como una de las joyas del séptimo arte. Después del subidón de glucosa contenido en esas palabras, ¿de verdad se mantiene el fulgor que en su día mitificó a Audrey Hepburn? Tal vez el elevado precio que alguien pagó en la subasta de Christie’s por el vestido negro que inaugura los créditos afirmó el equívoco entre valor mitómano y valor cinematográfico. No hay duda de que las comedias románticas posteriores han heredado tantos rasgos de esta película que, revisitada hoy, puede provocar una sensación de vacío y déjà vu argumental. La pobre chica que conoce al pobre chico y… ya saben. El paso del tiempo ha subrayado asimismo algunas censuras con la novela original de Truman Capote, que hoy se antojan pudorosas omisiones: la desinhibición sexual de Holly Golightly, que incluso menciona el lesbianismo, su lenguaje soez y obsceno, la dejadez física a la que se arrastra –algo imposible en manos de los diseñadores Edith Head y Hubert de Givenchy–, y un final radicalmente opuesto al rodado.

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Todo a mayor gloria de la imagen pura y adorable que siempre desprendería Audrey, aunque Capote había pensado para el papel en Marilyn Monroe –¿similitudes con “La tentación vive arriba” (1955), aunque en esta película sea abajo?– y reconoció como fuente de inspiración a Carole Grace, esposa de… Walter Matthau. Curiosidades aparte, el resultado es el que es a causa del encanto de su protagonista, de la pluma de George Axelrod, guionista especializado en fábulas urbanas —“Bus stop” (1956), la propia “La tentación vive arriba” y, más adelante, “Encuentro en París” (1964), también con Hepburn–, y el director Blake Edwards, que tan bien arreglaba un roto como un descosido. ¿Dónde descansaba la mirada del responsable de comedias descacharrantes y ácidas críticas sociales durante el rodaje de “Desayuno con diamantes”? Se reconoce un ritmo ágil que aprovecha los vacíos verbales del guión para insertar detalles de humor silencioso –siempre que la banda sonora de Henry Mancini se aparta de los acordes del empalagoso “Moonriver”–, como esa fiesta en unos escasos metros cuadrados donde hay problemas con tocados capilares, cigarrillos, boquillas interminables, muebles multiuso y psicodélicos personajes –el vestuario de los sesenta empieza a hacer efecto, lo cual también perjudica a otras películas de Audrey Hepburn, como “Dos en la carretera” (1967)–.

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Muchos puntos en común entre dicha escena y “El guateque” (1968), quizá la obra maestra de Edwards, relación que estrecha aún más el denominado “momento guitarra”. Elevada a categoría de fotograma fetiche en este caso, de total efecto soporífero en “El guateque”, la pausa de chica con instrumento musical –que responde a una de las teorías del director acerca del equilibrio dramático– supone en “Desayuno con diamantes” el testimonio de la auténtica voz de la actriz, que hubo de ser doblada en el musical “My fair lady” (1964). Aún así, esta detención no colabora con la trama, pero no resulta tan grave como la redundancia de los coros parapapapa en la tarde de juerga que se corren Holly y Paul (George Peppard), antes de caer en los brazos del otro. Es esa primera mitad de película la que se beneficia de un tono ligero que no pretende ocultar la morbosa y subversiva trastienda de la historia, recuperado en breves trazos en la segunda parte, que se encarrila de forma irreversible hacia el manejo más blando de Edwards.

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Aunque la caída de Holly no se muestre con tanta contundencia y la música anticipe las expectativas, la famosa escena final bajo la lluvia posee una magia irresistible que vence la estupidez del cuento –hasta Oliver Stone la citó en una obra tan diferente como “Nacido el 4 de julio” (1989)–. De tanto frotar el diamante en bruto de Capote, Edwards obtuvo el brillo deseado por la industria y por esos miles de ciudadanos anónimos, como el gato de Holly, que vivían y soñaban al estilo de los perdedores neoyorquinos. De tanto contemplar la reliquia tras el cristal, cualquiera acaba pasando por alto sus grietas, su descomposición, sus colores diluidos. ¿Podría “Desayuno con diamantes” exponerse en las vitrinas de Tiffany’s, tal y como hubiese aplaudido su protagonista? En esta encrucijada de –mal llamadas– alta y baja cultura, la respuesta es sí: joyas con certificado oficial –los 800.000 dólares que se pagaron por el vestido de Audrey son una buena cifra– que pueden consumirse entre el café y el croissant de cualquier Starbucks.

En las imágenes: Fotografía promocional y fotogramas de “Desayuno con diamantes” – Copyright © 1961 Jurow-Sheperd y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

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3 - josu - 22:41 - 07.09.10

Sin ser un peliculon, muchos aficionados la recordaran, entre otros meritos, por la maravillosa interpretacion de la cancion “Moon river” que hace Audrey Hepburn. Supera a otras versiones de “cantantes profesionales” y resulta, al menos para mi, uno de los momentos mas recordados en la historia del cine. He visto esta escena en infinidad de ocasiones y, SIEMPRE, me conmueve oirla. Sin ser una mujer despampanante, Audrey tenia la capacidad de llenar la pantalla. Ese “angel” del que muchos hablan. Pienso que en la actualidad no existe ningun interprete con esta cualidad.



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1 - Manuel Márquez - 19:42 - 18.03.08

La has deshuesado a conciencia, compa Almudena, y creo, además, que con mirada penetrante y lúcida, a la vez. Eso está bien, muy bien. En cualquier caso, creo que atinas en la tecla, básicamente, en el párrafo introductorio, cuando recalcas el potencial icónico de la peli, muy por encima de su calidad estrictamente fílmica: aunque sea algo que se da con relativa habitualidad, nunca deja de sorprender cuando uno aborda determinados clásicos.

Un abrazo.



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