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Con lo elemental: La experiencia Universal de Sherlock Holmes

Años 30

Con lo elemental: La experiencia Universal de Sherlock Holmes

Antes de que el amadísimo y poco amantísimo Dr. House remodelase el mito a golpe de vicodina, bastonazo y The Who, otros espabilados creadores se percataron de la efectiva ecuación narrada por Arthur Conan Doyle: una personalidad sarcástica, cínica, introvertida y a ratos misógina podía tender un eficaz oleoducto entre dos ámbitos antitéticos, el misterio más popular y las altas esferas sociales y policiales del Londres de Jack el Destripador. Sherlock Holmes es, en cada uno de los relatos más o menos extensos de su colección, el foco principal de tramas rocambolescas y enrevesadas, a veces sagazmente extendidas sobre un vacío dramático o unos débiles errores lógicos, pero de tal modo que la sobreinformación domine siempre el mapa psicológico –al contrario de otros escritores del crimen, como Agatha Christie–. Lo llamativo es que en la casi totalidad de las adaptaciones o apropiaciones que el cine –y ahora también la televisión– ha hecho de este famoso personaje, él haya sido lo único perdurable. La esencia Holmes parece suficiente para que, por ejemplo, una minor como la Universal encargue al director Roy William Neill una serie sobre las novelas de Doyle, condensada en una intensa década de producción.

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Desde los comienzos de un arte tendente a la seguridad de la mímesis, las primeras películas sobre Sherlock se disfrazaron de fieles ejercicios filmados en el blanco y negro de la época victoriana. Como siempre ha de meter la mano un gran nombre para que la serie parezca arrancar del silencio, se suele adjudicar a la Fox el primer éxito del detective: una conservadora versión de «El perro de Baskerville» (1939), que sirvió ante todo para anclar la relación Sherlock-Basil Rathbone, actor heredero de Eille Norwood, quien durante los años veinte se apropió del personaje en una larga lista de cintas mudas, iniciada también con el tópico del sabueso fantasma. La Universal, por aquel entonces estudio especializado en género de terror y misterio, clasificó las aventuras de Sherlock Holmes en una serie B fructuosa, inaugurada por John Rawlins en «Sherlock Holmes y la voz del terror» (1942). Aunque de inmediato William Neill asumiría el mando de su encasillamiento fílmico, ese primer largo auguraba los rasgos específicos de un detective diferente: el anacronismo temporal y formal –las maneras, vestimentas y costumbres de un ser añejo que resuelve casos durante la Segunda Guerra Mundial–.

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La burocracia investigadora que ya no encontraría hueco en dicha época, un cierto carácter impostado en el protagonista, en el que triunfan antes la buena voluntad y amable trato que sus enfermizas adicciones, y un Doctor Watson orondo y algo ramplón –siempre interpretado por Nigel Bruce–. Siempre basadas de refilón en los escritos de Doyle –adaptados primero por Bertram Millhauser, después por Frank Gruber–, el trío arrancó la lenta marcha con «Sherlock Holmes y el arma secreta» (1943), hasta que poco a poco el reclamo se afianzó en el público, dispuesto a la mezcla de humor y thriller, y el nombre del detective desapareció de los títulos, con subsiguientes y sugerentes ejemplos, como «La mujer araña» (1944) o «Vestida para matar» (1946), la última de la saga –aunque Rathbone repetiría rol en varios episodios televisivos y serviría de inspiración para la cinta Disney «Basil, el ratón superdetective» (1986), donde se emplearon viejos audios suyos para dar voz a Holmes–. Los metrajes se ajustaban a un ritmo imparable, a veces cortante, a fin de que los misterios argumentales consiguiesen evadir la mente de la extraña trasposición histórica vivida por el personaje.

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No es fácil entender los métodos y motivaciones de Sherlock Holmes entre casquivanas damas enfundadas en visón blanco, persecuciones automovilísticas y modernos artilugios, desde el teléfono hasta la bomba, que evolucionan en la misma medida en que el 221B de Baker Street parece estancado en unos cánones decorativos fuera de lugar. Divertidas paradojas que acrecientan el interés de una serie poco original, que respeta la fotografía en blanco y negro –también por razones de presupuesto– como tributo a un género que al mismo tiempo tergiversa. El technicolor habría añadido nuevos toques de perversión. ¿La sangre de las víctimas? ¿Holmes acalorándose ante lo esquivo del enigma? ¡Jamás! Mientras el mundo se remodela, se destruye y continúa cayendo en garras de la mala vida a pesar de los castigos ejemplares de las páginas de Doyle, el detective permanece intacto en su funda decimonónica, y sus triunfos clásicos en aventuras más bien propias de Indiana Jones se antojan un triste desajuste antes que una victoria de los métodos tradicionales. Tantos lectores y tantos espectadores para que las cárceles sigan llenas, los misterios atesten los callejones y los pacientes continúen incordiando en las consultas médicas.

En las imágenes: Detalle del cartel, fotograma y fotografía promocional de «Sherlock Holmes contra Moriarty» – Copyright © 1939 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Fotografía promocional de «Sherlock Holmes y la voz del terror» – Copyright © 1942 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de «Basil, el ratón superdetective» – Copyright © 1986 Walt Disney Feature Animation, Silver Screen Partners II y Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados.

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