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«Confesiones de una compradora compulsiva»: Fondo de armario para fashionistas cinematográficos

Anécdotas y curiosidades

«Confesiones de una compradora compulsiva»: Fondo de armario para fashionistas cinematográficos

Invierte la media hora (larga) del café en arramblar mercancía de pasarela en liquidación y no puede acudir a una entrevista de trabajo sin un foulard nuevo. Hasta aquí nada sorprendente en el ámbito funcionarial y en los secretos inconfesos de varias empresarias. El problema se agrava si, como Rebecca Bloomwood (Isla Fisher), tiene una deuda de cinco dígitos y se enamora de un hombre porque ambos «hablan Prada». «Confesiones de una compradora compulsiva» (P.J. Hogan, 2008) satiriza sobre el tema con un gusto puesto en entredicho por una horda de críticos ofendidos y, según se desluce de sus textos, más concienciados con el panorama financiero mundial que con los gajes de su oficio. De la tarde de compras de Julia Roberts y Richard Gere en «Pretty Woman» (Garry Marshall, 1990) al periodismo prêt-à-porter de «El diablo viste de Prada» (David Frankel, 2006), la ligereza y la ropa son sinónimos en la misma entrada del chick flick

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En la neoyorquina «The Village Voice» han llegado a definir la película como «un gesto escandaloso y obsceno mientras la economía continúa tragándose medios de subsistencia, hogares y esperanzas». Otros, más benévolos, comparan a la crecidita Fisher —vista de secundaria en «Scooby-Doo» (Raja Gosnell, 2002), «Extrañas coincidencias» (David O. Russell, 2004) o «Definitivamente, quizás» (Adam Brooks, 2008)— con la reina de la screwball Carole Lombard. Quien escribió tan generoso como hiperbólico símil tal vez tenía en mente la frívola desesperación de la actriz por pescar a un rico heredero en «Candidata a millonaria» (Mitchell Leisen, 1935), pero lo cierto es que ninguna señorita de la comedia ha podido prescindir de un nutrido guardarropa —mejor aún si lo había rellenado Edith Head o Adrian—, así como determinados personajes han recurrido a la ayuda de una prenda de vestir para salir del apuro o provocarlo sin consciencia. La moda sale del armario.

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Pijama en «La octava mujer de Barba Azul» (Ernst Lubitsch, 1938). Charles Brackett y Billy Wilder poseían ese escaso don en el gremio de los guionistas para construir escenas de delicado dramatismo e inequívoco significado a partir de un objeto corriente, fuese una botella escondida en una lámpara o un pijama dos piezas, básico que en la década de los treinta pasó a ser un imprescindible para las solteras gracias al concepto revolucionario de Coco Chanel. Si pocos años atrás Claudette Colbert se había mostrado avergonzada de dormir con el varonil pijama de Clark Gable en «Sucedió una noche» (Frank Capra, 1934), en el film de Lubitsch no se cortaba un pelo al forcejear en una boutique francesa por los pantalones en disputa con Gary Cooper, quien desea adquirir la camisa del conjunto. Esta antológica escena fue citada con escasa gracia en «The holiday (Vacaciones)» (Nancy Meyers, 2006) cuando Eli Wallach intenta explicarle a Kate Winslet el método del meet cute, o cómo unir a dos personajes antitéticos en un entorno imposible y hacer que el público se lo trague sin respirar.

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Abrigo de visón en «Una chica afortunada» (Mitchell Leisen, 1937). Ojalá que lluevan visones en el campo, cantarían las fashion-adictas como invocación ante la crisis que aprieta cinturones y recorta de la lista de productos de primera necesidad las pieles de zorro, garduña o chinchilla. Aunque hoy la carestía puede interpretarse como oportuna lección ecológica, tras el crack del 29 un abrigo de estas características no sólo despertaba la gula de cualquier fémina, sino que servía como escuadra clasista por las aceras de las grandes ciudades. Y a Jean Arthur se le ocurrió cruzar una de las más lujosas en autobús camino del trabajo, recibiendo como recompensa un visón caído del cielo. O casi, de la azotea del banquero Ball (Edward Arnold), harto de los derroches de su mujer y dispuesto a arrojar el lujo a la calle. El equívoco que trenza el guionista Preston Sturges a raíz de semejante simbolismo vale más que una peletería entera: prejuicios sexistas, la incompatibilidad de la vida privada con el rol de mujer trabajadora, la importancia de una moneda en un buffet para quien viste con prohibitivos animales muertos y los juegos de puertas propios de la comedia sofisticada en un cóctel de etiqueta al que no le sobra ni un solo pelo —y que más adelante fue copiado por «Suave como visón» (Delbert Mann, 1962)—.

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Medias de seda en «La bella de Moscú» (Rouben Mamoulian, 1957). La camarada Yoschenko (Cyd Charisse) sufre un arco opuesto al de Rebecca Bloomwood cuando, durante un sensual número de ballet en la suite del hotel, se rinde a los placeres de las joyas, los vaporosos vestidos, los perfumes caros y las medias de cristal como una sangrante traición a sus antaño férreas convicciones comunistas. Después del irrebatible éxito de la bufonada sobre el espionaje y la diplomacia internacional en «Ninotchka» (Lubitsch, 1939), la historia de Melchior Lengyel dio el salto a Broadway con canciones de Cole Porter y un anzuelo tentador en el horizonte del remake. Para esta nueva versión dos décadas después, se contrataron los gorgoritos de Fred Astaire y las larguísimas piernas de Charisse, perfectas para lucir esa femenina prenda que convencía al país soviético de las bondades del Occidente capitalista en plena Guerra Fría, y que mostraba sin elusiones la liberación sexual de Ninotchka, que en la piel de Greta Garbo se había dejado conquistar por un sombrero de diseño.

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Vestido de novia en «Una cara con ángel» (Stanley Donen, 1957). La mitad de las mujeres que acudían al cine con sus parejas a ver la última de Audrey Hepburn recordaban con nostalgia el día de su boda y la otra mitad fantaseaba con que llegase pronto. A un porcentaje inferior el matrimonio se la traía al fresco y su máxima prioridad consistía en adaptar a su propio estilo los nuevos hallazgos de Head o Givenchy en los vestuarios de la Hepburn. En este musical, uno de los más blandos de su director, ella era una librera intelectualoide capaz de sobrevivir en bailarinas y suéter negro hasta que un fotógrafo (Astaire) la convence de sus dotes para la pasarela. La actriz que había deslumbrado con nuevos básicos como el pañuelo al cuello de «Vacaciones en Roma» (William Wyler, 1953) o el vestido de fiesta de «Sabrina» (Wilder, 1954) —calcado por Penélope Cruz para recoger su Oscar®—, y que pondría de moda el petite robe noir de «Desayuno con diamantes» (Blake Edwards, 1961), la pamela de paja de «Encuentro en París» (Richard Quine, 1964) —fusilada en la anémica «Alex & Emma» (Rob Reiner, 2003)— y las gruesas gafas de sol en «Dos en la carretera» (Donen, 1967), vivió su mayor momento de debilidad en la última sesión fotográfica de esta película, cuando, al pie de una iglesia rural, admirada por el párroco e ignorada por su amado de la cámara, Hepburn corría todo lo que permite un traje de novia para conjurar la mala suerte de seguir soltera.

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Guantes en «Gilda» (Charles Vidor, 1946). Director en prácticas en clásicos de la mal llamada segunda categoría como «La máscara de Fu-Manchú» (Charles Brabin, 1935), firmante de cintas de época tirando a ñoñas como «Una canción inolvidable» (1945), «El cisne» (1956) o «Sueño de amor» (1960), Vidor hizo historia al regalarle a Rita Hayworth el número estelar que le había faltado en «Las modelos» (1944). Los imprescindibles guantes largos de toda mujer que quisiera asistir, acompañada o no, a un local de copas o a un restaurante de alto copete, se transformaron de la noche a la mañana en un tabú textil con miles de fans en las impresoras de calendarios. No era tanto el largo o el descarado color negro de la prenda como la lentitud de la Hayworth al sustraérsela del brazo lo que causó fervor en las plateas masculinas y verdadera moda en los clubes de striptease. Los guantes que siempre se habían arrancado con violencia para afrentar las mejillas de un contrincante a duelo se redimieron en los brazos de la triste Gilda y pasaron de accesorio a emblema de un género, un arquetipo y un número musical. Sin la misma capacidad de seducción, otros guantes desempeñaban un papel clave en el mostrador atendido por Claire Danes en «Shopgirl» (Anand Tucker, 2005), drama con engañosa cubierta humorística en el que Steve Martin compraba el susodicho complemento para conquistar a la protagonista y arrebatársela a Jason Schwartzman.

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Camiseta ajustada en «Un tranvía llamado deseo» (Elia Kazan, 1951). Si el gremio textil alzó duras quejas contra «Sucedió una noche» por la disminución en la venta de camisetas —si Clark Gable no llevaba nada bajo la camisa, el resto de América lo imitaría—, con esta adaptación de la obra de Tennessee Williams los sindicatos no redactaron ni una pequeña nota de agradecimiento. Ir de pelo en pecho ya no se consideraba distinguido y el nuevo icono de lo macho transpiraba lo mismo que las sisas de Marlon Brando al soportar estoicamente los gritos de Vivien Leigh como la esquizoide Blanche Dubois. La simple camiseta blanca, obvia prenda sobre los músculos de un personaje obrero con maneras de Pedro Picapiedra, y dentro de los claustrofóbicos límites de un desastrado apartamento de Nueva Orleans, elevó la temperatura corporal de las espectadoras mientras por las playas los hombres recurrían a ella para contrarrestar los sofocos estivales. La máxima del menos es más tuvo su mejor y conseguido efecto en este ejemplo, imitado por Warren Beatty en «Shampoo» (Hal Ashby, 1975), Edward Norton en «El club de la lucha» (David Fincher, 1999) o Hugh Jackman para su Lobezno, a la espera de que alguna mujer confíe en la generosidad de tan breve prenda.

En las imágenes: Fotogramas de «Confesiones de una compradora compulsiva» © 2009 Buena Vista International Spain. Todos los derechos reservados. «La octava mujer de Barba Azul» – Copyright © 1938 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. «Una chica afortunada» © 1937 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. «La bella de Moscú» © 1957 Arthur Freed Production y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Fotografías promocionales de «Una cara con ángel» © 1957 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. «Gilda» © 1946 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Y fotograma de «Un tranvía llamado deseo» © 1951 Charles K. Feldman Group y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

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