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Conozca Oxford antes de apuntarse a la «Fuga de cerebros»

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Conozca Oxford antes de apuntarse a la «Fuga de cerebros»

Edén de quienes desean hacer carrera internacional, reducto del saber, de las bibliotecas centenarias y de las aulas vacías de perezosos, quimera universitaria reservada a los expedientes más brillantes y a una española como Natalia (Amaia Salamanca)… y a su tropa de admiradores con poco interés en aprovechar el privilegio académico que supone colarse en Oxford. La apariencia intocable y serena de la institución británica se vendrá abajo con la «Fuga de cerebros» perpetrada por Fernando González Molina, aunque antes de este grupo de españolitos otros tantos personajes han escarbado poco a poco los muros intocables de Oxford y de sus variadas instalaciones.

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Los tejados: «La brújula dorada» (Chris Weitz, 2007). El primer panorama en avistarse cuando el turista o novato se encamina hacia los portones de Oxford aparece surcado por pináculos y torrecillas. El estático verticalismo de las azoteas que decoran tan magnos edificios sólo pierde su compostura con el movimiento de las nubes y de un par de pilluelos que se apuestan la crisma. Lyra Belacqua (Dakota Blue Richards) y su compinche Roger (Ben Walker) se encaramaban a las tejas para contemplar los dominios de un hogar paralelo a nuestro mundo. Un Oxford ficticio dividido en los imaginarios college Gabriel, Jordan, St Michael’s y St Sophia’s, si bien el rodaje se desarrolló en los muy reales Radcliffe Square, Christ Church y Exeter College. En el primer volumen de «La materia oscura» de Philip Pullman, adaptado en esta cinta sin visos de continuación, Lyra y Roger también visitaban las bodegas universitarias para pegarse una buena borrachera, pero la corrección de la categoría PG-13 impuso eliminar la escena y que Lyra rechazase con gesto torcido una copa de vino durante la cena. 

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El despacho del profesor: «Tierras de penumbra» (Richard Attenborough, 1993). Puerta cerrada sobre la que el alumno castigado o primerizo pinta estancias en semioscuridad equiparable a sus propios temores, tras ella se suceden lustros de brillantes tutores que, de vez en cuando, también son genios. J.R.R. Tolkien fue uno de ellos, para regocijo empañado de envidia de su colega C.S. Lewis, el escritor de las célebres «Crónicas de Narnia»  que aleccionaba sobre filología a sus alumnos en un luminoso despacho, como refleja la más notoria película de Attenborough. Anthony Hopkins interpretó al torturado profesor con ese aire soñador a punto de escaparse por los antiguos cristales, entre discusión y discusión académica. Otro hueco en la interminable lista de personajes ilustres de Oxford corresponde a la filósofa Iris Murdoch, cuya vida fue llevada al cine en «Iris» (Richard Eyre, 2001) con todas las convenciones del género.

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La mazmorra de los becarios: «Los crímenes de Oxford» (Álex de la Iglesia, 2008). De institución elitista a universidad con los brazos abiertos ante estudiantes de menos recursos que reciben el inestimable don de una beca. La fantasía se derrite bajo los cántaros del clima inglés en cuanto el becario descubre que debe compartir despacho con un atildado investigador y que su profesor favorito no está dispuesto a dirigirle la tesis. De esta guisa se estrena Martin (Elijah Wood) en Oxford, aunque finalmente su tesón consiga una amistad peligrosa con el doctor Arthur Seldom (John Hurt) y una visita pintoresca a la centenaria ciudad entre casas estilo bed & breakfast, concertistas de ojos desbocados y sudorosos partidos de squash. Mientras, los números continúan tejiendo el curso de los acontecimientos y Martin descubre, demasiado tarde, que ser estudiante de matemáticas no es tan inocente y aburrido como parece.

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Las habitaciones de estudiante: «Retorno a Brideshead» (Julian Jarrold, 2008). El recién llegado sonríe satisfecho, no sólo por el prestigio que empieza a aumentar exponencialmente en su currículo con la inclusión de la palabra Oxford, sino porque todos los bellos tópicos se cumplen en un primer paseo: estudiantes varoniles y sanos que circulan en bicicletas holandesas antes de apearse con el traje inmaculado, césped verde que todos los pies respetan a excepción del equipo de fútbol, jóvenes a la última armados de sombreros de paja y carpetas de piel, y un cuartito decorado con obras de arte… y el vómito de un compañero. Charles Ryder (Matthew Goode) vivía tan desagradable recibimiento como peaje a una obsesiva y reveladora amistad con el millonario Sebastian Flyte (Ben Whishaw) en esta revisión de la serie televisiva que despertó las iras de los fans, a pesar de que su correcta factura no pretendía emular ni superar el fenómeno. Otra pareja de inadaptados en Oxford fueron los hermanos de «Los ángeles del infierno» (Howard Hughes, 1930), a pesar de que el rodaje de este clásico de la aviación se desarrolló íntegramente en California.

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Las aulas: «Accidente» (Joseph Losey, 1967). En Oxford no se pasan notitas de banco a banco, las manos alzadas demandan nuevos debates y no permiso para ir al baño, ninguna mirada se distrae con nada que no sea la pizarra. Pero el profesor está obligado a fijarse en sus alumnos… y alumnas, provocando desastrosos desenlaces y pasiones cercenadas. Dirk Bogarde encarnó al reputado catedrático cuyos impulsos lo llevan a involucrarse en el noviazgo de sus alumnos Anna (Jacqueline Sassard) y William (Michael York) y a poner su propio matrimonio contra las cuerdas. Los amplios salones univeristarios y las tranquilas aguas de los arroyos se reparten las escenas del complejo libreto de Harold Pinter, donde se reúnen los asfixiantes ambientes de «El sirviente» (1963) y la belleza paisajística de «El mensajero» (1970). Para completar la crónica negra del aulario de Oxford, no debe faltar el irrepetible Oscar «Wilde» (Brian Gilbert, 1997), enfant terrible de las letras inglesas que, como en todas partes, sembró desconcierto y admiración durante su estancia universitaria.

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La biblioteca: «El santo» (Phillip Noyce, 1997). ¿Quién dice que vivir por y para la investigación años después de finalizar la carrera supone una defunción prematura? La doctora en física Emma Russell (Elisabeth Shue) disfruta de sus más divertidas experiencias gracias a ciertos hallazgos en el ámbito nuclear y a la visita que El Santo (Val Kilmer) le dedica en la famosa Bodleian Library de Oxford, recinto que el equipo de producción mantuvo cerrado durante una semana, para terror de estudiantes a las puertas del período de exámenes. Tras conocer la adaptación que Noyce hizo de la serie de los sesenta, protagonizada por Roger Moore, muchos seguirían ratificando que encerrarse en una biblioteca a la espera de Val Kilmer es la más aburrida de las salidas en la carrera de física, pero siempre queda echarse unas risas con los disfraces y peluquines del amigo Val.

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El comedor: «Oxford Blues» (Robert Boris, 1984). También lo vimos en «La brújula dorada» y en «Tierras de penumbra», donde los profesores compartían modestos platos de sopa y chatos de vino tinto. Regio salón en ambos casos, muy diferente de su conversión en comedor de high school preparado para competiciones entre bandas de pijos y chulos con cazadora de cuero. El hoy reivindicado Rob Lowe «El ala oeste de la Casa Blanca»— protagonizó este inofensivo título ochentero que haría las delicias de los bullangeros ante ese duelo de cervezas gigantes que echa por tierra los sagrados modales de Oxford. Sin embargo, Lowe no puede guardarse todo el mérito: décadas antes, la universidad inglesa ya sufrió otras apuestas estúpidas, como hacerse pasar por abuelita sujetavelas en «La tía de Carlos» (Archie Mayo, 1941) mientras Anne Baxter, Arleen Whelan y Kay Francis asisten crédulas al espectáculo.

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El patio: «El mañana nunca muere» (Roger Spottiswoode, 1997). Corazón de descansos, encuentros y desencuentros para novatos incapaces de encontrar el aula de su primera clase, la acogedora anchura del patio del New College sirve para aparcar el coche del agente 007 (Pierce Brosnan) durante la cita concertada con una profesora de lenguas (Cecilie Thomsen), quien acude para refrescarle el idioma danés. Como no puede ser de otra forma, más aún siendo día de descanso para James Bond, la clase magistral termina trasladándose a un escenario privado donde Oxford no imponga su censura en las lecciones. El más cinematográfico de los patios universitarios también es la estrella de los cambios de clase en el Hogwarts de Harry Potter, cuyo rodaje suele repartirse entre el Great Hall y el Christ Church College.

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La pista de atletismo: «Un yanqui en Oxford» (Jack Conway, 1938). El emplazamiento ideal para conquistar a las chicas, al menos si uno es un estudiante de Oxford remilgado y corriente. No es el caso de Lee Sheridan (Robert Taylor), de orígenes estadounidenses y rechazado por todos sus compañeros en un clima de afectación británica, de ahí que su atrevimiento alcance a empujar a catedráticos desprevenidos y besar jovenzuelas, para jolgorio del resto y escándalo de las profesoras. Conway construyó un Oxford de marcado acento medievalista, más cercano al castillo de Ivanhoe que a las doradas piedras de la localización real, aunque todo fuese una estratagema para destacar la frescura del estudiante norteamericano en una improvisada prueba atlética y en la típica regata contra Cambridge —motivo central de la cinta deportiva «True Blue» (Ferdinand Fairfax, 1984)—, amén del respiro que significa para él cobijarse en una moderna tienda de bicicletas, donde Taylor intenta conquistar a una principiante Vivien Leigh, bombona de aire en mano… La discriminación elitista que ha diferenciado durante siglos a Oxford adquiere un matiz trágico en la italiana «Alba pagana» (Ugo Liberatore, 1970), protagonizada por Jane Birkin y un marco universitario que ya no era de cartón piedra.

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La sala de conciertos: «El violín rojo» (François Girard, 1998). Procedentes de alta cuna y educados en un estricto programa de tareas diarias, los pupilos de Oxford prefieren emplear sus ratos libres en un concierto de violín antes que emborrachándose en alguna taberna del pueblo. Pero tanta regla asceta tiene sus nefastas y hasta mortales consecuencias, como demuestra la insana dedicación del músico Frederick Pope (Jason Flemyng) a las sinfonías que le inspira el violín rojo caído por casualidad en sus prodigiosas manos. Tras un exitoso recital ante la audiencia de Oxford, Pope se sumerge en una ermitaña y libidinosa creatividad que, a modo de moraleja, enseña a los estudiantes que toda la culpa fue del misterioso y maldito violín o bien de no entrar en una tasca más a menudo.

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En las imágenes: «Fuga de cerebros» © 2009 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. «La brújula dorada» © 2007 TriPictures. Todos los derechos reservados. «Tierras de penumbra» © 1993 Price Entertainment, Spelling Films International y Shadowlands Productions. Todos los derechos reservados. «Los crímenes de Oxford» © 2008 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. «Retorno a Brideshead» © 2008 Notro Films. Todos los derechos reservados. «Accidente» © 1967 Royal Avenue Chelsea. Todos los derechos reservados. «El santo» © 1997 Paramount Pictures, Rysher Entertainment y Mace Neufeld Productions. Todos los derechos reservados. «Oxford Blues» © 1984 Baltic Industrial Finance y Winkast Film Productions. Todos los derechos reservados. «El mañana nunca muere» © 1997 Danjaq, Eon Productions, Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y United Artists. Todos los derechos reservados. «Un yanqui en Oxford» © 1938 Metro-Goldwyn-Mayer British Studios. Todos los derechos reservados. Y «El violín rojo» © 1998 Channel Four Films, Mikado Films, New Line International, Red Violin Productions Ltd., Rhombus Media, Sidecar Films & TV y Téléfilm Canada. Todos los derechos reservados.

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