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“Cuscús”: El último plato de unos premios César nada exóticos

Escrito por el 30.01.09 a las 16:33
Archivado en: Años 70, Años 80, Años 90, Cine europeo, Historia

Si hace unas semanas, a raíz del estreno en España de “La clase” (2008), se reavivaba la controversia acerca del tino y eficacia de las Palmas de Oro en el Festival de Cannes, ahora es “Cuscús” (2007, Abdel Kechiche) la que trae a las portadas el enigma de los premios César, otorgados anualmente por la Academia de Artes y Ciencias del Cine de Francia. La triunfadora de la pasada edición, con cuatro estatuillas —Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión original y Mejor Actriz Revelación—, no fue la mayor goleadora de la noche, título que corresponde a “La vida en rosa” (2007). Pero, como es costumbre en Francia, España y cualquier gran o diminuto país en el que se repartan distinciones materiales al gremio cinematográfico, las mediciones cualitativas se efectúan a partir de la categoría de los premios concedidos, mejor si son pocos, pero gordos, que muchos, pero técnicos.

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Aún hoy joven entre las academias europeas —los italianos David di Donatello nacieron en 1956—, pero curtida en relación a otro países adyacentes —la fundación de la Academia española y sus premios Goya data de 1986—, la institución francesa fue creada en 1974 bajo el impulso de Georges Cravenne, publicista cinematográfico fallecido el pasado 10 de enero. La industria con mayor fama de autárquica y proteccionista del continente pretendió emular desde su misma fundación la mecánica e impacto popular de los Oscar® estadounidenses, incluyéndose en la larga lista de actos las tradicionales comidas y cenas, galardones de carácter técnico previos a la gran gala y otros acontecimientos más europeos como exposiciones fotográficas, publicaciones informativas y ciclos de cortometrajes. De trece a veinte categorías, los César no han dejado de expandir su número originario y sus objetivos fundacionales: el montaje de una gran fiesta del cine francés, próximo a estrechar entre sus brazos a la gran industria, se ha perfeccionado a lo largo de su breve historia con puntuales y cada vez más frecuentes presencias rutilantes: actores internacionales que presentan premios y nombres eminentes que presiden la ceremonia, como hicieron Orson Welles, Gene Kelly, Sean Connery o Kirk Douglas.

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Equilibrar dos conceptos antitéticos como una cinematografía interna de fuerte personalidad y una tendencia admirativa hacia Hollywood depende de la Asociación para la Promoción del Cine, creada también en 1974 y compuesta por todos los profesionales franceses con Oscar en su historial o de renombrada trayectoria —como Gilles Jacob, presidente del Festival de Cannes—, y por la directora general del CNC —equivalente de un Ministerio de Cine—. La compleja estructura administrativa y gestora de los asuntos del cine francés, junto con sus estrictos reglamentos y bases de admisión, expulsión y voto dentro de la Academia, debe pasar por alto, sin embargo, determinadas incongruencias y tácticas evasivas —pretender una expansión internacional de cine francés lo más amplia posible a la vez que permiten la entrada de las estrellas, pero imponen trabas a películas foráneas: en la categoría de Mejor Película Extranjera, de siete nominaciones, dos estarán reservadas obligatoriamente a cintas rodadas en idioma francés—. A pesar del esfuerzo en construir un férreo tramado y de maquillar de buenas intenciones y falsa modestia las hipocresías de los premios, los César no han conseguido ser tan cosmopolitas como Cravenne hubiera deseado, en parte a costa de la enorme sombra que ejerce Cannes sobre cualquier iniciativa, en parte porque las industrias localistas —y Hollywood no lo es— carecen del suficiente atractivo para el resto del mundo, a excepción de los productos concebidos en la medida de una gran escala de taquillas y públicos, para regocijo de los académicos que ven un ejemplo patrio derribar fronteras, para recelo de los pequeños cineastas que recogen un César camino del olvido.

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Las divergencias entre público y Academia tal vez hayan sido las más acusadas en cada ceremonia, demostrándose una vez más que una buena recaudación no suele entenderse en términos europeístas como signo de calidad. En la primera ceremonia de los César, celebrada en 1976, la victoria de la noche fue relativa en comparación con los récords de estatuillas que cada año algún productor ansía batir: “Que empiece la fiesta” (1974), de Bertrand Tavernier, se llevó cuatro premios, aunque no el de Mejor Película, que recayó en “El viejo fusil” (1975), de Robert Enrico. Ninguna de las dos entró en la lista de los veinticinco films más taquilleros del año. Sí lo hizo en el segundo puesto “Muslo o pechuga” (1976), de Claude Zidi, y en el décimo “Astérix y las doce pruebas” (1976), productos populares que no encajaban con las directrices académicas. Las comedias francesas funcionaban, como la serie de Patrice Leconte “Les Bronzés” (1978) y “Les Bronzés font du ski” (1979), además del polar o policíaco galo (“Yo impongo mi ley a sangre y fuego”, 1979); pero los César se aferraban en su primera andadura al prestigio del drama, la adaptación literaria y la política de autor cahierista, quizá como debía ser, como se esperaba de una institución creada para cribar lo más notorio y sibarita del cine francés.

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La sorpresa la da Roman Polanski en 1980 cuando se alza como Mejor Película “Tess” (1979), rodada en Francia a costa de la huida que el cineasta polaco tuvo que emprender de Estados Unidos, cinta de director extranjero que consigue el honor de colarse —aun en la decimocuarta posición— entre las más taquilleras del año. Lejos de despertar impaciencias y temores esta coincidencia, los optimistas prefieren contemplar el éxito de “Toda una mujer” (1979), por la que Miou-Miou consiguió el César a la Mejor Actriz y la película ubicarse en el séptimo puesto de taquilla. La anécdota Polanski se emborrona con la primera unanimidad en la historia de los premios: 1981 es el año de “El último metro” (1980), que consagra a su director François Truffaut con diez estatuillas y un sexto lugar de taquilla. La Academia francesa había puesto en práctica por primera vez el infalible remedio de recurrir a uno de sus cineastas más famosos para salvar la ceremonia, nivelarla con anteriores y/o posteriores reconocimientos a películas desconocidas, y chocar esos cinco con los espectadores patrios, que se sientan a ver algo que siempre les ha gustado y que de repente viene avalado por una dorada marca de prestigio. La racha había empezado: al año siguiente otro destacado como Jean-Jacques Annaud marcó la película del año con “En busca del fuego” (1981) y escaló un peldaño más que Truffaut en el box office, éxito que se repetiría en 1983 con “El membrillo” (1982), de Bob Swaim.

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A partir de este momento no es raro encontrar la Mejor Película del Año, según la Academia francesa, entre las diez más taquilleras, aunque pocas de ellas extendiesen su triunfo al resto de Europa o en la contienda por los Oscar®. Con “Los locos defensores de la ley” (1984), de Claude Zidi, la unión de dos géneros tan populares en la década de los setenta como la comedia y el policíaco resultó laureada por profesionales y público, fenómeno que volvió a repetirse con “Tres solteros y un biberón” (198), como si Francia fuese una preciosa utopía en la que el dinero y el reconocimiento fluían por el mismo cauce, como si hacer películas honrosas y rentables fuese una conquista de obligada fiesta nacional. Esta reacción sólo ha vuelto a repetirse con “Cyrano de Bergerac” (1990), “Amelie” (2001) y “El pianista” (2002). Pero, aunque el aprecio de los franceses por las cintas premiadas resulta constatable, no han sido menos los éxitos de taquilla desapercibidos en los César, aquellos que, al menos de cara a un conocimiento cultural medio, vencerían al tiempo.

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“El nombre de la rosa” (1986) es hoy más recordada que “El manantial de las colinas” (1986); “El gran azul” (1988), de Luc Besson, antes que “La pasión de Camille Claudel” (1988); “Cinema Paradiso” (1988), en la que Francia fue coproductora, que “Demasiado bella para ti” (19); “Delicatessen” (1991) por delante de “Todas las mañanas del mundo” (1991); “Indochina” (1992), que “Las noches salvajes” (1992); “Los visitantes ¡no nacieron ayer!” (1993) que “Smoking/No smoking” (1993); “El profesional (Léon)” (1994) antes que “Los juncos salvajes” (1994); “El quinto elemento” (1997) que “On connaît la chanson” (1997); “Taxi Express” (1998) que “La vida soñada de los ángeles” (1998); y “Astérix y Obélix contra el César” (1999), “Los ríos de color púrpura” (2000), “El pacto de los lobos” (2001), “8 mujeres” (2002), “Chouchou” (2003), “Los chicos del coro” (2004) o “Camping” (2006) han sido fenómenos entre la población francesa sin ningún gran reconocimiento por parte de la Academia.

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Un matrimonio bien avenido que combina estallidos románticos con violentas escisiones, espectadores y académicos franceses viven, como el resto de los modelos europeos, entre la independencia de criterios y la necesidad de corresponderse de vez en cuando, en los momentos en que se avista una crisis de popularidad o resultan irresistibles los beneficios económicos del star system que ellos mismos han montado. De ese hecho derivan situaciones injustas como la vivida por Pascale Ferran en 2007 con “Lady Chatterley”, película que sufrió una distribución deficiente, la negativa de ayudas públicas y televisivas, y una efímera vida en salas, la enfermedad de tantos títulos que demasiado tarde quieren compensarse con cachivaches de metal. La práctica situó en 2007 a “Cuscús” en el puesto cuarenta y dos de taquilla frente a “La vida en rosa”, en cuarta posición y elegida con perspicacia para la carrera por los Oscar®, en los que finalmente brilló la ya bastante hollywoodiense Marion Cotilllard. ¿Será la próxima edición un homenaje a “Bienvenidos al norte” (2008), número uno indiscutible, o a “Háblame de la lluvia”, de Agnès Jaoui, en un discreto puesto cuarenta y siete que parece corresponder a los favoritos de la Academia?

En las imágenes: “Cuscús” © 2007 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. “La vida en rosa: Edith Piaf” © 2007 Alta Films. Todos los derechos reservados. “Les Bronzés” © 1978 Trinacra Films. Todos los derechos reservados. “Tess” © 1979 Renn Productions, Timothy Burrill Productions y Société Française de Production (SFP). Todos los derechos reservados. “Cyrano de Bergerac” © 1990 Caméra One, Centre National de la Cinématographie (CNC), DD Productions, Films A2, Hachette Première, Investors Club, La Sofica Sofinergie y UGC Images. Todos los derechos reservados. “Todas las mañanas del mundo” © 1991 Film Par Film, Paravision International S.A., Divali Films, DD Productions, Sédif Productions (as SEDIF), FR3 Films Production, Centre National de la Cinématographie (CNC) y Canal+. Todos los derechos reservados. “Los chicos del coro” © 2004 Alta Films. Todos los derechos reservados.

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1 - Miguel A. Delgado - 1:13 - 01.02.09

Muy muy interesante. De todas maneras, no deja de sorprenderme que, frente a sus deseos de plantar cara al cine extranjero (y eso quiere decir, en su mayor parte, Hollywood), uno de los criterios para elegir a los integrantes de la comisión para la promoción el cine sea… tener un Oscar. Curioso…

Un saludo!



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