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De la rebeldía de Audrey Tautou a la leyenda de Coco Chanel

Y de repente, la última primavera: que Hollywood es una máquina de sueños es una verdad a medias, pues las fantasías que debe creerse el público antes han de sonar veraces para el más descreído de los estudios. La diseñadora francesa Coco Chanel se instaló en las colinas de Los Ángeles durante un breve lapso de tiempo que la convenció de su inutilidad para el diseño de vestuario cinematográfico, aparte de granjearse el enfado de Samuel Goldwyn, el leonino mandamás de la MGM que la había importado utilizando el cebo de un sustancioso sueldo. Ahora Warner aparca el recuerdo de aquella desastrosa relación profesional para participar en el muy francés —en términos económicos—, pero muy hollywoodiense —en… todo lo demás— biopic de la transgresora modista, “Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel” (Anne Fontaine, 2009).

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Proverbial la monopolización del touche de las casas europeas por parte de las rutilantes estrellas norteamericanas —Givenchy, Balenciaga, Loewe, Armani o Dior han rellenado el closet de numerosas películas—, el icono parisino merecía un rostro compatriota que a la vez facilitase su exportabilidad a la industria que no se conforma con los segundos planos. La modista expresó en vida su disconformidad con que Katharine Hepburn la interpretase en el musical de Broadway “Coco”, estrenado en 1969 con libreto de André Previn y Alan Lerner. La actriz poseía el carácter, no el físico ni la elegancia sobria y diminuta de la francesa, y más tarde fue reemplaza por Danielle Darrieux, decisión que mandó al paro a la taquillera del teatro. En Estados Unidos resulta complicado reconocer un fracaso, con mayor reticencia si un gran nombre —la Paramount— ha perdido la honra durante un tour por los escenarios estatales, donde siempre había un asiento para el feroz crítico local, por lo que los premios Tony compensaron a la producción con el premio, ¿lo adivinan?, a Mejor Vestuario. La obra no tuvo siamés de celuloide, pero años más tarde Marie-France Pisier —no podía ser más gala, a pesar de haber nacido en Vietnam, con ese bautismo y su debut cinematográfico en manos de Truffaut— encarnó a la reina de la alta costura en “Coco Chanel” (George Kaczender, 1981), y la siguieron Shirley MacLaine en una tv movie de 2008 y Anna Mouglalis (“Gracias por el chocolate”) en “Coco Chanel & Igor Stravinsky” (Jan Kounen, 2009), cinta eclipsada por la magnitud comercial de Audrey Tautou en el estreno de esta semana.

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Joven amada por los jóvenes —especialmente la facción femenina— y por los mayores que admiran su discreción y sus miramientos hacia el oropel de la Costa Oeste, a sus treinta y un años Tautou es el tópico para Chanel —para la película y para publicitar su perfume nº 5—, pero también era la opción más segura y más eficaz para modernizar el interés por una revolucionaria de logros que hoy son moneda de cambio —que las mujeres salgan a la calle con traje masculino y usen pijama, prenda que se ha extendido hasta la calle—, y la curiosidad por los orígenes de una prohibitiva marca, en estos tiempos inestables hasta para quienes podían permitírsela. Como el sello de Gabrielle Chanel, de manejarse entre lo rentable y lo rebelde Audrey Tautou tiene el currículo repleto. Mujeres que la han acercado a la cima de la sofistificación y la popularidad, de la independencia y el aplauso generalizado, sin apenas salir de casa y sin que los pretendientes de todo el mundo dejasen de lanzar piedrecitas contra su ventana.

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Marie en “Venus, salón de belleza” (Tonie Marshall, 1999): Debut en el largo tras dar tumbos por la televisión y rodar un par de cortos de Lyèce Boukhitine. La leyenda de Tautou comenzó a forjarse con un estreno que mereció el César a la Mejor Película del año y otro para la joven revelación. Los cuchicheos de peluquería, que pueden dar de sí tanto para un Almodóvar como para un Apatow, centraban una telaraña de mujeres con sueños de barrio y pegajosos pretendientes que prometen salvarlas de ese nido de bellezas fijadas con laca. El local hizo gracia a los galos, pero el primer paso de Tautou en la gran pantalla no era para tanto, aparte de que la atención argumental no se ofrecía a ella, ni a la comedia, ni al drama, ni a nada que representase un poco de personalidad definida.

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Amélie Poulain en “Amelie” (Jean-Pierre Jeunet, 2001): Ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario. Amélie es un fetiche y una diana de repudio cabreado, una receta sin prescripción para días tristes y un vomitivo con que expulsar parásitos ñoños, un optimista romance a la acuarela y un coloreado superfluo del amor más irreal y pesimista. Amélie es rojo —un color orgulloso y apasionado— y verde —el tono de la duplicidad, de lo deshonesto—. Amélie gusta y disgusta, y no necesariamente en personas diferentes. La única conclusión salvable es que Amélie es la chica del flequillo que parece delineado por algún peluquero de los cincuenta durante unas vacaciones en Roma, la que sabe escribir al revés en las pizarras y rompe la elegancia de las cuestas del Montmartre con pesadas botas de veinte leguas. Cursi o entrañable, Audrey Tautou adquirió un nombre universal que encabezaría las listas de registros de niñas recién nacidas durante muchos meses.

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Angélique en “Sólo te tengo a ti” (Laetitia Colombani, 2002): La identificación entre personaje y actor lastra a este último a la hora de probar registros que reabran el apetito de quienes detestan el dulce y de aquellos empachados amantes de pastel tras “Amélie”. Tautou no lo consiguió en “Dios es grande, yo soy pequeña” (Pascale Bailly, 2001), otra fabulilla de amor urbano con un catálogo de expresiones angelicales tan largo como una longaniza de fotomatón, pero la bomba de relojería estaba escondida en este título menos extendido entre los fans de la intérprete por su ruptura de convenciones. Ese nombre quizá demasiado evidente escondía las sonrisas de una psicópata capaz del más diabólico de los giros con tal de arrebatarle a otra mujer el hombre de sus sueños (Samuel Le Bihan) y de salvar con la estratagema una endeble trama desdoblada. Una lectura irónica del efecto Amélie: todo depende del punto de vista.

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Martine en “Una casa de locos” (Cédric Klapisch, 2002): Hay quien puede dar fe de la marabunta que vive bajo las reglas de una bohemia reinventada en viejos pisos de Barcelona. Oportunamente, en lugar de atiborrarse de insulsos protagonistas Tautou aparecía apartada de aquellos estudiantes que compartían metros cuadrados como almendras garrapiñadas en busca de un dulce pegamento de unión. Entre divertidas e increíbles, las vivencias del grupo tras la llegada del nuevo muchacho francés (Romain Duris) conformaban el euro pudding —con secuela en 2005, “Las muñecas rusas”— en el que sólo parecen hundir generosas cucharadas los guiris enamorados de Gaudí y los universitarios que alguna vez han puesto la excusa de irse a estudiar idiomas. Atrás queda la gaseosa París y la novia de siempre, una Tautou contrita en su lata de protección gala, entusiasmada por perseguir a su amor más allá de las fronteras conocidas. Y no hablamos de parejas, sino del cine.

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Senay en “Negocios ocultos (Dirty pretty things)” (Stephen Frears, 2002): El primer viaje, el primer hotel, no importa de cuántas estrellas. Ni que ni siquiera posea una, ni que en realidad sea un hostal para roedores con menú diario de humedades, goteras y humos que nunca se ventilan. El prestigio de los dramas que bucean en los espacios en blanco de los titulares sobre inmigración bajo el objetivo de un Frears tan desigual como su carrera. Tautou era una chica turca a la que se le han endurecido los rasgos y tonalidades de la pálida actriz, sometida a una terapia de rehabilitación post-Jeunet que la haga irreconocible y, por ende, creíble. Ni tanto ni tan poco: hay pasados que no pueden borrarse y hay guiones pretenciosos que no pueden rascar ni las garras de una interpretación comprometida con las ideas del papel.

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Mathilde en “Largo domingo de noviazgo” (Jeunet, 2004): Algunas evidencias duelen —que no cuajasen entre el gran público sus historias íntimas, “Les marins perdus” (Claire Devers, 2003) y “En la boca no” (André Techiné, 2003), de la vaca sagrada Alain Resnais—, y, como la actriz en ascenso de “Nowhere to go but up” (Amos Kollek, 2003), Tautou reconoce la más dolorosa o conveniente de las verdades: que otro bocado de masas le vendría de perlas a un despegue internacional que abandone el babeo por Amélie. Y aunque el propósito conlleve una contradicción: repetir con Jeunet y una historia de realismo mágico que aleja a dos enamorados mediante una odisea de casualidades, filtros fotográficos y una cuadrilla de secundarios en ocasiones más brillantes que la pieza central. Pero la benevolencia de Mathilde no restó el trono a la camarera del Deux Moulins, aunque jugase a pedir deseos mientras pela manzanas y se rodease de las trincheras de la Segunda Guerra Mundial para engatusar al público anglosajón. Sea un vicio cíclico o una dependencia autor-musa, este año Tautou ha regresado al abrazo de Jeunet en el spot de Chanel nº 5 que toma el relevo, entre trenes, luces rojas y paseos pintorescos, a ese copia y pega de “Moulin Rouge” que Luhrmann filmó con Nicole Kidman para el perfume francés.

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Sophie en “El código Da Vinci” (Ron Howard, 2006): El entusiasmo por la novela de Dan Brown fue equiparable a la generosidad de las instituciones públicas galas durante el rodaje de su adaptación cinematográfica. Cedieron dos grandes símbolos de la nación, el Louvre y Audrey Tautou, para sembrar el imprescindible tópico —acento en los doblajes inclusive— de las superproducciones norteamericanas que celebran la exquisitez del oh la la! Puestos a exagerar, el resultado hubiese tenido más gracia con el inspector Clouseau en vez de con el hombre-navaja-suiza Langdon, pero ser el bombón de la película y la última descendiente del linaje de Jesucristo no admitía bromas —al menos directamente— para Howard. Un papel que sólo consigue hacer bulto cuando la actriz ha declarado su desinterés por el show business de Hollywood, declaraciones que aún deben hacer más pupa a Julie Delpy, Virginie Ledoyen y Sophie Marceau, quienes ambicionaban el personaje con tanta intensidad como Brown una nueva reliquia para otra saga de conspiraciones.

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Irène en “Un engaño de lujo” (Pierre Salvadori, 2006): Y Audrey regresó a casa, como la Hepburn en “Sabrina” (Billy Wilder, 1954), sólo que en sentido inverso, de la jungla estadounidense a París acompañándose de una legión de maletas, vestidos haute couture y melena à la mode. No sabemos si en su vida real derrochó esa misma actitud que en la comedia blanca de Salvadori, donde la actriz largamente comparada con la reina de la romcom de clase alta se dejaba enamorar por un pobretón Gad Elmaleh con más pintas de James Stewart que de Bogie o William Holden. El affaire no superaba la media de simpática ventana a los falsos lujos de la Costa Azul, muy a pesar de las reminiscencias a la comedia elegante de Lubitsch (“Un ladrón en la alcoba”) y Leisen (“Candidata a millonaria”). Este verano Tautou volverá a ponerse a las órdenes de Salvadori en “Soins complets”, en la que se reencontrará con dos acompañantes de su debut: la actriz Nathalie Baye y las peluquerías.

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Camille en “Juntos, nada más” (Claude Berri, 2007): La vertiente menos amable de esa casa de locos-popurrí de carreras y civilizaciones que, sin embargo, consiguió convertirse en un sleeper de culto para el público joven, sobre todo en las taquillas francesa y alemana. Tautou se desprendía del rol de chiquita amable y sana —y subrayaba su delgadez real con una anorexia de ficción—, aunque mostrar el envés de su personaje reveló en este drama agridulce que aún así necesitaba tanto ser salvada como salvar al cascarrabias de Guillaume Canet. La versión del libro de Anna Gavalda satisfizo a sus seguidores, a los fans de Audrey y a los rastreadores de romances atípicos escenificados en barrios europeos, pero el complot sentimental termina sustentándose sobre los clichés de siempre mientras los actores hacen tímidos amagos por romper la estructura y el victimismo a ratos irritante del personaje de Tautou es eclipsado por ese curioso marqués de la Tubelière (Laurent Stocker) que prepara picnics de vajilla exquisita sobre un cutre camastro.

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En las imágenes: “Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel” © 2009 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. “Venus, salón de belleza” © 1999 Agat Films & Cie, Canal+, Centre National de la Cinématographie (CNC), Sofinergie 4, Tabou-Tabac Films y Arte France Cinéma. Todos los derechos reservados. “Amelie” © 2001 Claudie Ossard Productions, Union Générale Cinématographique (UGC), Victoires Productions, Tapioca Films, France 3 Cinéma, MMC Independent, Sofica Sofinergie 5, Filmstiftung Nordrhein-Westfalen y Canal+. Todos los derechos reservados. “Sólo te tengo a ti” © 2002 DeAPlaneta .Todos los derechos reservados. “Una casa de locos” © 2002 Filmax. Todos los derechos reservados. “Negocios ocultos (Dirty pretty things)” © 2002 Buena Vista International. Todos los derechos reservados. “Largo domingo de noviazgo” © 2004 Warner Sogefilms. Todos los derechos reservados. “El código Da Vinci” © 2006 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. “Un engaño de lujo” © 2006 Flins & Pinículas. Todos los derechos reservados. “Juntos, nada más” © 2007 Notro Films. Todos los derechos reservados.

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4 - IMDB « Informazioa eta Dokumentazioa - 20:51 - 09.06.09

[…] Audrey Tautou aktorearen inguruko  informazio ugari topatu nahi nuen: filmografia eta biografia bereziki. […]



3 - Almudena Muñoz Pérez - 15:33 - 07.06.09

Lamento que lo interprete así, pues no sólo no creo haber derrochado mucha crítica, sino que los dardos iban más bien dirigidos a las películas en las que aparece Tautou que a ella misma. En cualquier caso, las preferencias que demostramos por actores o actrices no responden a parámetros lógicos y sí a factores emocionales muy dispares de unos a otros. Comprendo y respeto su admiración por Audrey Tautou, aunque en mi caso particular me llama más la atención la trayectoria y el talento de Marion Cotillard.



2 - Adriana - 0:07 - 07.06.09

Opino que estais totalmente equivocados… Audrey tiene mucho que hacer aun en el cine. Me encanta. Es una actriz magnífica y nose por que le hechas tantas piedras.

Tu crítica ha sido demasiado negativa y no estoy de acuerdo con muchas cosas de las que has puesto pero bueno se supone que tu eres la experta…

A mí me encanta el cine y la TV y siempre que tengo tiempo veo peliculas. Te puedo decir que todas las peliculas de Audrey que he visto me han encantado, “Amelie”, “Hors de prix”, “un long dimanche de fiançailles”… son peliculas que he visto tanto en francés como en español porque no me importaba repetir el verlas, excepto “L’auberge espagnole”.



1 - El Merovingio es un pescao - 22:27 - 03.06.09

A ver si la Tautou remonta el vuelo con esta peli, porque no es que esté haciendo cosas muy interesantes. Parece que su participación en “El código Da Vinci” le hubiera supuesto más bien una piedra en el camino que no un espaldarazo a su carrera.



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