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Del “Sí, quiero” a la “Guerra de novias”: El cine no las prefiere blancas y radiantes

Escrito por el 13.01.09 a las 11:00
Archivado en: Cine europeo, Comedia, Historia, Hollywood, Romance

Liv y Emma son dos amigas enfrentadas por la misma fecha de boda en “Guerra de novias”, la nueva comedia romántica escrita para Kate Hudson y Anne Hathaway, dos actrices que luchan, como sus protagonistas, por hacerse con la corona del matriarcado en el género. No se les ocurrió desde el comienzo a tan íntimas camaradas de sueños-cliché el celebrar una boda conjunta, como ocurría en el pluralísimo final de “Siete novias para siete hermanos” (1954), ni tampoco aprender lecciones de protocolo en las historias de bodorrios mucho más catastróficos que los suyos. Para remediar tamaño egotismo, recordamos a unas cuantas novias clásicas que validaron el viejo dicho: si te casas, no permitas que nadie te filme.

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La boda, contemplada como acontecimiento más social que familiar, instruía a los espectadores de la época Hays en el justo equilibrio de clases: el pobre abrazaba a la rica heredera o viceversa para provocar los suspiros emocionados de una platea que creía en el sello sagrado del amor… en pantalla o en las páginas de sociedad del periódico. Ni fuera ni dentro de ellas nadie comentaba lo evidente: que la boda, como acto más privado que público, podía ser el principio de una aburridísima película. De esta regla silenciosa derivaba la más fundamental de todas: la película-boda debía rodarse en homenaje a la protagonista absoluta, la novia del vestido prístino en blanco y negro y de las mejillas sonrosadas en Technicolor. Hasta que la mesura de los colores y el descreimiento en los relatos de familia han dado paso a las batallas, los tartazos y otros desastres pre-conyugales.

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Una especial simpatía recaerá siempre en la novia arruinada, a la que acechan amenazas mortales o lipotímicas mientras avanza de camino al altar. Jeanne Moreau asumía en “La novia vestía de negro” (1968) la promesa de venganza hacia los hombres que mataron a su esposo nada más abandonar la iglesia. Similar estampa a la que presenciaba Michael Corleone en su improvisada boda siciliana de “El padrino” (1972), en la que un coche bomba se llevaba por los aires a Apollonia y anticipaba todas las futuras ruinas del sucesor de Don Vito. Y elementos menos graves, pero no menos importantes, se esfumaron en otros distinguidos enlaces, como la decoración de “El verdugo” (1963) o la consciencia de la novia en “Irma la dulce” (1963).

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Pero el sufrimiento eterno es aquél que no viene acompañado de una tarea catártica o de un feo recuerdo en el álbum fotográfico, sino de años y años de autocompasión: la Bette Davis capaz de arruinar su propio compromiso (“Jezabel”, 1938) a veces también sufría las crueldades del destino, y éste empapaba en naftalina los virginales encajes de su vestido en “La solterona” (1939), después de que le roben el novio y de que el otro que se adjudica de repuesto muera en el frente. Otras mujeres, ejemplares aprendices de Davis, presumieron de cabezonería para seguir y conseguir la boda largamente acariciada: “En busca de marido” (1948) convirtió a Cary Grant en el objetivo perfecto de una insoportable Betsy Drake, sosias de miles de espectadoras ávidas del mismo y galante marido o yerno.

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Fruto de las tiránicas nóminas de los estudios, Cary Grant fue uno de los invitados más frecuentes a cualquier enlace cinematográfico, lo cual incitaba a que los obstáculos se sumasen a la hora de convencerlo para abandonar la soltería o escoger a una de las muchas damas que se le colgaron del brazo. En “Dos mujeres y un amor” (1939), Carole Lombard y Kay Francis se lanzaban más que miradas asesinas por adjudicarse el título de Mrs. Grant, como también anteponían la seguridad matrimonial a la amistad las tres protagonistas de “Cómo casarse con un millonario” (1953), receta infalible de comedia milimétrica y compendio de la clave del subgénero: la importancia de una buena dirección de actrices que no se desmadren ante el vuelo del ramo.

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Sí lo hacía Ginger Rogers en la poco recordada, pero divertidísima, “Ardid femenino” (1938), que contiene la mejor reconciliación posible entre nuera y suegra; y Katharine Hepburn construyó la película-boda por excelencia en “Historias de Filadelfia” (1940), también con Grant, después copiada con maneras afectadas y kitsch por Grace Kelly en su versión musical, “Alta sociedad” (1956). Las suertudas, las que se prometieron y se casaron sin enterarse del desmadre vivido por personajes secundarios, fueron una cursi Elizabeth Taylor en “El padre de la novia” (1950), conservador canto al sufrimiento del padrino, y la embarazada Angela (Rutanya Alda) de “El cazador” (1978), que importaba bien poco frente a las intensas miradas intercambiadas por Meryl Streep y Robert De Niro, pareja que sí hubiese merecido un festejo de una hora de película… aunque quizá no las retinas del público.

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Y si la novia monopoliza los focos de una boda y sus preparativos como ya ensayó durante su noche de prom queen, al segundo implicado le resta lidiar con las estridencias posteriores, especialmente si durante la luna de miel no reconoce a la mujer —Jack Lemmon en la menor “Cómo matar a la propia esposa” (1965) después de una loca noche de guateque casero—, o a su propia familia —Cary Grant vuelve a contraer matrimonio en la maravillosa “Arsénico por compasión” (1944), en la que sus tías homicidas de ancianos solitarios le ofrecen como regalo de bodas una poderosa lección marital—. Si bien la palma de los enlaces conflictivos se la llevan los novios que no eran tales —Barbra Streisand intentaba dignificar con canciones la disparatada premisa de “Yentl” (1983), en la que asiste al ritual judío en la piel del novio, noche de bodas incluida—; o las novias que fumaban, usaban peluca y resultaban ser hombres, aunque la revelación no impresionase al Osgood de “Con faldas y a lo loco” (1959).

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Desde hace un par de décadas la comedia con boda no ha hecho más que afianzarse como un recurso tópico dentro del género, desplazando las clásicas inquietudes de la novia por las aventuras variopintas de invitados y contrayentes, síntoma cercano a la desmitificación del acontecimiento más caro, en ambos sentidos, en la vida de las parejas contemporáneas. Algunas de ellas se han mantenido fieles a ese marchito carácter de cuentecillo de hadas, desde “La boda de Muriel” (1994) y “Mamma Mia!” (2008) hasta una ristra de títulos recientes marcados por la palabra boda; algunas menos consiguieron emocionar o sumar momentos realmente mágicos y críticos con la promesa encerrada en la marcha de Mendelsson: “El chico ideal” (1998) contiene una de las mejores definiciones visuales del amor no correspondido, y en “Matrimonio compulsivo” (2007) Ben Stiller resumía con una palabra evasiva, ante la eterna demanda del te quiero, toda la nada del sentimiento más ritualizado y prostituido de la Historia: love, lovelovelovelove, love.

En las imágenes: Fotograma de “Guerra de novias” © 2009 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Detalle del cartel promocional de “La novia vestía de negro” © 1965 Dino de Laurentiis Cinematografica, Les Films du Carrosse y Les Productions Artistes Associés. Todos los derechos reservados. Fotograma de “La solterona” © 1939 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Cómo casarse con un millonario” © 1953 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Historias de Filadelfia” © 1940 Loew’s y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Fotograma de “Yentl” © 1983 Barwood Films y Ladbroke Investments. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Cuatro bodas y un funeral” © 1994 Channel Four Films, PolyGram Filmed Entertainment y Working Title Films. Todos los derechos reservados.

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4 - Dacia - 1:39 - 04.12.09

La verdad nada del otro mundo…..para pasar el rato…..



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