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Desmitificando «Mary Poppins»: Con cantidades industriales de azúcar

Al revisar el clásico, uno no se acuerda de que éste era un musical, no una película con canciones. ¿Y en qué se diferencia uno de otro? Pues que en el primero los personajes cantan lo que deberían decirse, a saber: un hombre orquesta que entretiene mucho a la alta sociedad victoriana y no gana una perra (ahí ya nos acercamos a la idiosincrasia artística universal) nos deleita con su melodía de que ya viene «lo que ha de venir». ¿Qué es eso? No el inspector de Hacienda, sino «Mary Poppins» (1964) –que para el caso da lo mismo porque se cuela en casa por la fuerza y determinando su régimen de trabajo–. Que la institutriz baje de las nubes ya nos parece lo lógico dentro de un barrio lleno de esperpentos: el vecino capitán de barco que da las horas con un cañón –¿pero quién lo contrató para eso?–, la madre sufragista que sin embargo se arrodilla ante todo lo que dice y hace su marido, el tío Albert que bebe té en el techo -sí, sí, ¿té y qué mas?–, el patriarca que enmascara su machismo con gorgoritos al llegar a casa, y dos niños repelentes en batín –la palma para Michael, encerrado en un armario que no le deja salir…–.

¿De verdad viene lo que ha de venir para poner orden en todo esto? ¿Cuál es la auténtica misión de Mary Poppins? ¿Repartir píldoras que otorgan poderes mágicos y jarabes –y canciones, uf— que dan somnolencia? Qué poco infantil me suena. Aparte de descubrir a papás y mamás que todos los domingos deben ir con sus hijos a pasear cometas, la película es una tragedia personal. La Poppins es una mujer que se autoproclama prácticamente perfecta en todo, se toma días libres, se emborracha por la noche —«¡Qué rico ponche!»–, se contempla en los espejos, recibe consumiciones gratis en la terraza de los pingüinos, se permite el lujo de despreciar a su enamorado deshollinador –¿cuáles son los orígenes de esa relación?–, y se cuela en el derby… ¡para ganar entre trampas y aplausos! Ante tamaña egolatría, la felicidad de los Banks es una bofetada bien merecida por esta mujer condenada a vivir sola en su nube junto a un paraguas-loro –y que para dos frases que articula parece más sensato que su dueña–. Y para colmo quería que nos gastásemos los ahorrillos en dar de comer a las palomas, cuando, como Macaulay Culkin en «Solo en casa 2: Perdido en Nueva York» (1992), preferíamos las tiendas de juguetes y odiábamos a la Poppins por no revelar el truco de recogerlos con un rápido chasquido.

En la imagen: Fotograma de «Mary Poppins» – Copyright © 1964 Walt Disney Productions. Distribuida en España por Buena Vista Home Entertainment. Todos los derechos reservados.

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