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El adiós del retrovisor: Mirando hacia atrás sin ira

Escrito por el 14.11.07 a las 21:32
Archivado en: Años 70, Cine negro, Escenas, Hollywood

Los viajes en coche siempre suponen una huida o un encuentro, un paseo de abolladuras o el imprevisto choque con un obstáculo en el camino. El retrovisor, cuya función vial se anula en pantalla –y así lo corroboran todos los conductores que prefieren mirar al copiloto, la guantera o el asiento trasero, convirtiendo ante nuestros nervios esas escenas en momentáneas antesalas de una tragedia de carretera–; ese diminuto espejo al que por norma no se presta atención se entrevé en el encuadre como una ventana, opaca y reveladora, de otros mundos internos que pretende abandonar el protagonista. Al contrario que el espejo, superficie a la que conscientemente se asoma el que mira, por tanto catalizadora de un ánimo asumido o intuido, el retrovisor muestra aquello de lo que se desea escapar, los pensamientos nublosos que el personaje descubre claros y evidentes persiguiéndole como las líneas intermitentes del asfalto. En “Chinatown” (1974) todas las visiones estaban astilladas: los ventanales por las persianas de madera, los relojes congelados en un millón de astillas y tres agujas, los retrovisores que, paradojas de la composición, mostraban al espiado de espaldas mientras éste observa algún otro objetivo.

Tomar las imágenes de un retrovisor es sinónimo de dar la vuelta a las cosas para entenderlas, de asumir las contradicciones de uno mismo para trazar con rectitud el recorrido que se encuentra delante. Matar para descubrir al auténtico culpable asiendo la mano derecha del ejecutor, o viajar en la máquina del tiempo para vislumbrar algo de futuro en el pasado, circunstancia en la que se hallaba el Bill Murray de “Flores rotas” (2005). Su periplo automovilístico en pos de las mujeres a las que nunca quiso se resume en esas miradas de reojo al retrovisor en el que se veía pasar la vida veloz, hacia un final nihilista en el que no había nada, como en un principio. Porque asomarse al espejo donde el rostro permanece impasible mientras todo se mueve supone asumir la fragilidad de lo que ya se fue y de lo que enseguida partirá; salvo uno mismo, el que mira, condenado a la melancolía de retrovisor hasta que un día la cámara decida centrarse en el parabrisas y olvidarlo todo.

En la imagen: Fotograma de “Chinatown” – Copyright © Long Road, Paramount Pictures y Penthouse. Todos los derechos reservados.

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