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“El increíble hombre menguante”: La insoportable levedad del ser

Años 50

“El increíble hombre menguante”: La insoportable levedad del ser

Los niñatos gritan, las niñatas se abrazan, las salas se vacían entre risas nerviosas y un pobre desgraciado limpia las palomitas pisoteadas sin reparar en los acordes agudos procedentes de esa pantalla que se va diluyendo con la misma rapidez que el flujo humano. Y dirán que el género de terror es su favorito, que experimentan noséqué placenteras sensaciones que los más enteradillos querrán luego vincular a alegorías post-11S o traumatología de Irak, a la par que regurgitan los gases de sus coca-colas. Perdónenme la efusión, pero aterra comprobar el falso culto prodigado hacia un género que en su mayor parte ya sólo asusta en ráfagas transitorias, perdidas la capacidad reflexiva, más allá de lecturas situacionistas, y la auténtica diversión, la de mala espina, la que sacude a la vez que el remordimiento por revelársenos lo que somos, lo falso que es el atractivo hedonista de nuestro “lado oscuro”. Por contraste a las carteleras –sin denostar las eficaces cintas de terror que de vez en cuando todavía nacen y sorprenden–, uno de los referentes fundamentales es “El increíble hombre menguante” (1957), película de reciente actualidad por sus conexiones con “Soy leyenda” (2007), ambas basadas en relatos del fabuloso Richard Matheson.

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El pánico en este caso no corresponde a un ente inexplicable, una invasión misteriosa o una proyección sociológica de la depravación humana: el protagonista, Scott (Grant Williams), introduce su barco en una extraña nube radiactiva que como secuelas provocará que su cuerpo disminuya paulatinamente, en la más cruel de las torturas vistas en el cine. Decrecer para Scott supone pérdidas a las que su maltrecho ánimo debe amoldarse enseguida, prepararse frente al próximo escalón perdido, que ya no podrá volver a encaramar nunca: su estatus social –de hombre a apariencia de niño–, su rol sexual –su esposa Louise (Randy Stuart) pasa a velar por él como una madre o una chica que juega con su casa de muñecas–, y su preeminencia humana –la amenaza de animales domésticos e inofensivos insectos–. El terror de calidad cuestiona siempre la esencia del hombre, la identidad que se ha forjado como criatura etnocéntrica, y la película de Jack Arnold, maravilloso artilugio de la denostada serie B, no ofrece menos al contagiar una inquietud psicológica ligada a la contemplación de la decrepitud e indefensión físicas.

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Imágenes que habrían encandilado a los surrealistas, que enamoran a los detractores de lo onírico-colorista. Sus efectos especiales, resueltos con sencillos trucajes que hacen de lo cotidiano una fuente de inesperada amenaza, se benefician de la fotografía en blanco y negro, en cualquier caso esencial para el pesimismo del argumento, y convierten la épica liliputiense en una lucha de dimensiones cósmicas, derrotada con la última frase, el último grito que un hombre a punto de desaparecer formula como renovación de nuestra superioridad: «Aún existo». Pero, ¿por cuánto tiempo? La misma inexpugnable pregunta que podrían aplicarse tantas películas de taquilla o dvd, que con la misma calma destruyen la existencia del terror y regalan en bandeja vacías risas que algunos espectadores tomarán, pensando que el género los hace sentir más vivos y que se han curado en salud temiendo a la muerte en un pasillo oscuro o una herramienta empapada de sangre.

En las imágenes: Fotogramas de “El increíble hombre menguante” – Copyright © 1957 Universal International Pictures. Todos los derechos reservados.

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