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“El juego del ahorcado” y otros escapismos de infancia

Escrito por el 27.01.09 a las 21:04
Archivado en: Anécdotas y curiosidades, Cine americano, Cine europeo, Escenas

La mecánica del juego entre niños consiste en su introducción imaginaria en el manejo de conceptos adultos —dinero, bienes valiosos, propiedades, secretos, mentiras, revelaciones, trampas, estrategias, engaños y, por encima de todo, competitividad—; luego, cuando los mayores se reúnen en torno a esos mismos pasatiempos, regresa a ellos una falsa inocencia como clave contra el aburrimiento de unas diversiones cuyos trucos se conocen al completo. Adultos que se enmascaran tras la niñez, recordada como una herramienta eficaz a la hora de descubrir en otros o uno mismo habilidades o informaciones ocultas. El juego como puente de intercambio entre etapas cerradas, personalidades recelosas o edades conflictivas: los jóvenes protagonistas de “El juego del ahorcado” (2009, Manuel Gómez Pereira) se adentran en ese limbo neblinoso que confunde las oscuras intenciones sobre el tablero con el raciocinio de quien quiere respetar las reglas marcadas. Veamos qué clase de juegos tradicionales y modernos han servido para que personajes, escenas o películas enteras entendiesen la vida como un lúdico patio de recreo.

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Ajedrez: Quizá el juego más extendido en la gran pantalla, tarima ideal para confrontaciones dialécticas, sentimentales o directamente esquizoides entre personas hechas y derechas con más de un cable roto. Como recurso ambiental o cortina salva-escenas, el enfrentamiento por antonomasia de los dos ejércitos de madera o cerámica ha perdido su origen belicista para afianzarse como catalizador psicológico y emocional. Aún así no hace falta ser un prematuro Bobby Fisher (1993) para ponerse frente a un ajedrez, incluso hemos visto a niños con nulas aptitudes para ello, como Shirley Temple —retando a Lionel Barrymore en “La pequeña coronela” (1935)—, o a otros que accedían a una partida como antesala a juegos más perversos (“Lolita”, 1962). En todo caso el ajedrez se entiende como intervalo de solaz, al margen de aptitudes lógicas mayores o menores, el entretenimiento clásico de los soldados en la fría espera de la trinchera o la calma —Vittorio de Sica frente a Alberto Sordi en “Adiós a las armas” (1957), la infantería secesionista de “Bailando con lobos” (1990) o la enviada a la Segunda Guerra Mundial de “El día más largo” (1962)—; los ejecutivos —Rod Steiger en “Across the bridge” (1957)—, los vaqueros —John Wayne en “Los tres padrinos” (1948)-, los cazadores —la tropa de “Hatari!” (1962)—, los curas —Edmund Glover en la menor “Mademoiselle Fifí” (1944)—, los agentes secretos —Sean Connery y Daniela Bianchi en “Desde Rusia con amor” (1963)—, los ladrones —Steve McQueen en “El caso Thomas Crown” (1968)—, los jueces —“La dama de Shanghai” (1947)—.

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Los enemigos acérrimos —Boris Karloff le daba una paliza a Bela Lugosi en “Satanás” (1934)—, las prostitutas —Julia Roberts contra su príncipe Richard Gere en “Pretty Woman” (1990)—, los solitarios —Charlton Heston vs. Charlton Heston en “El último hombre… vivo” (1971)—, los hombres del futuro —William Sanderson y Joe Turkell en “Blade Runner” (1982)—, los galácticos —el ajedrez-holograma de “La guerra de las galaxias” (1977)—, los magos —los ajedreces viviente y gigante de “Harry Potter y la piedra filosofal” (2001)—, los sires —Charles Coburn e Isobel Elsom en “El caso paradine” (1947)—, los emperadores —un improbable ajedrez en la corte de Nerón en “Quo Vadis” (1951)—, las reinas —Olivia de Havilland batía a Bette Davis en “La vida privada de Elizabeth y Essex” (1939)—, los dioses —Zeus y Hera se juegan las vidas de los navegantes de “Jasón y los argonautas” (1963) sobre el tablero—. Hasta los perros —“Regreso al futuro III” (1990) o cómo Michael J. Fox encuentra maneras de vencer el sopor—, las máquinas —HAL 9000 y Gary Lockwood en “2001: Una odisea del espacio” (1968)—, y las alfombras —«¡Vencido por un felpudo!», exclamaba el genio de la lámpara en “Aladdin” (1992)—. A modo de resumen, si “El séptimo sello” (1957) es la partida cumbre del ajedrez intelectual, la que se marcan John Lennon y Yoko Ono en “Imagine” (1972) sería el súmmum de la aplicación a la cultura pop de este milenario juego.

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Juegos de mesa: Menos prolíficos a costa de los derechos y exigencias de las marcasque el ajedrez u otros pasatiempos sin autor conocido, suelen ser empleados por los personajes como distracción secundaria en reuniones sociales y fiestas donde el alcohol escasea o aún no ha hecho acto de presencia. Esta variante, a cada Navidad más inabarcable, será una de las fuentes de inspiración futuras para una industria que ya ha consolidado su mano dentro del videojuego: Universal anunció un pacto con la juguetera Hasbro® para la producción de largometrajes basados en los famosos —algunos sólo en Estados Unidos— Monopoly®, Candy Land®, Cluedo®, Ouija®, Batalla Naval®, Magic, The gathering® y Stretch Armstrong®. Sin embargo, la exclusiva no será absoluta dado que éstos y otros se han colado ya en películas bien sonadas: Cluedo®, el juego detectivesco que se desarrolla en el interior de una tenebrosa mansión, ya fue adaptado literalmente en “El juego de la sospecha” (1985), aunque el tono cómico de aquel film protagonizado por Christopher Lloyd y Tim Curry quizá sea el primer punto de ataque de un Hollywood con no pocas películas de detectives y caserones en su haber. Lo mismo que las mesas de Ouija en más de una cinta de terror adolescente, y el Monopoly® como inocente nexo de unión familiar —la de Harrison Ford en “Juego de patriotas” (1992)—, calmante o incentivo de locura —los internos de “Alguien voló sobre el nido del cuco” (1975)—, u objetivo de variantes picantonas —el strip-monopoly de “Viernes 13″ (1980)—. Aparte de ellos, hemos visto jugar al Scrabble® en “Los fisgones” (1992) y a variantes inventadas ex profeso para el cine, como la infantiloide “Jumanji” (1995) y su sucedáneo “Zathura: Una aventura espacial” (2005).

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Escondite: El hide & seek inglés invoca tonadas que se pierden entre los recovecos sombríos de las tramas en las que suele plantearse este juego de sustos, ocultamientos y persecuciones. Basta recordar la reciente “El escondite” (2005), que intentaba un fallido y risible terror psicótico entre Robert De Niro y la niña Dakota Fanning. Pero antes de que De Niro empezase a equivocarse de géneros, otras cintas de horror se habían beneficiado de los efectos de esta trampa para imberbes crédulos: en “Hide and Seek” (1963) se jugaba, además, al ajedrez; la climática secuencia de “El ídolo caído” (1948), una de las obras neo-expresionistas menos conocidas de Carol Reed, y la aventura de un niño en la Nochebuena de “Christmas party”, segmento escrito por Angus MacPhail de la coral “Al morir la noche” (1945). El come out, come out, wherever you are pronunciado por una voz dulce aún puede convencer, gracias a los ecos de tiempos mejores e inofensivos, a desprevenidos como los asesinos de “La novia vestía de negro” (1968), en la que el pequeño Christophe Bruno recreaba de manera inocente la sangrienta caza emprendida por la viuda protagonista. Justo es reconocer que, a pesar de esta predominancia, no todos los escondites sirven de tapadera para crímenes atroces y que algunos destapan accesos insospechados, como el armario de “Las crónicas de Narnia” (2005) en el que se refugiaba durante el juego la benjamina de los Pevensie.

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Tres palos para el cadalso, uno para la cuerda, cinco para el cuerpo y un círculo para la cabeza del ahorcado completan un juego a contrarreloj en el que cada tropiezo es condenado con un paso más cercano a la muerte. Aunque no todos los juegos se cobren la vida de un monigote, de papel o carne y hueso, de alguna forma el adulto ha encontrado en la perversión de entretenimientos infantiles su universo de pasatiempos caseros. El interés realmente macabro reside en aquellos juegos donde uno de los participantes no tiene consciencia de serlo (“The game”, 1997) o se ve forzado a jugar por presencias misteriosas —los post-it en el frigorífico de “El maquinista” (2004), que también empleaban el clásico ahorcado—. El enorme poder de convencimiento de una nota doblada con unos pocos trazos a rotulador marcados en ella: la duda, siempre adulta, de que el juego de pistas tanto podría ser el inicio de un peligroso hallazgo —(“Brick”, 2005), como la confesión amorosa procedente de un pupitre de la última fila.

En las imágenes: Fotograma de “El juego del ahorcado” © 2009 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Fotograma de “A chess dispute” © 1903 Robert W. Paul. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Geri’s Game” © 1997 Pixar Animation Studios. Todos los derechos reservados. Fotograma de “El juego de la sospecha” © 1985 Paramount Pictures, Guber, The Peters Company, PolyGram Filmed Entertainment y Debra Hill Productions. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Brick”© 2005 Versus Entertainment. Todos los derechos reservados.

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