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“El milagro de Henry Poole”: A qué películas peregrinar si le falla la esperanza

El razonamiento apresurado era la reacción ante la paranoia de “Arlington Road” (1999), la casa ideal de “Mothman, la última profecía” (2002) vaticinaba un destino catastrófico con todas las papeletas para la búsqueda de una explicación catártica, y ahora Mark Pellington, el director de esas dos cintas, vuelve a reunir emplazamientos encantados y tiras y aflojas entre el cinismo y la fe para que se produzca “El milagro de Henry Poole” (2008). Tal sujeto (Luke Wilson) se instala en la fea vivienda de un nuevo barrio, donde —ya es famoso el espíritu endogámico de las comunidades norteamericanas— sus vecinos (Radha Mitchell, Adriana Barraza) pretenden desentrañar el misterio de sus aires taciturnos y de la mancha de humedad con rasgos de Jesucristo que preside una de las paredes de estuco. Que nadie se ría si la premisa cosquillea: no se trata de la base de una comedia costumbrista ni de un docufake destinado a analizar el marketing de los supuestos milagros, sino de una película con tanta esperanza en redimir a su protagonista mediante lo sobrenatural como los seguidores de Pitita Ridruejo en distinguir la silueta de la Virgen contra el cielo. De momento, estos peregrinajes cinematográficos sólo han salvado a seres de ficción…

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Las obras de Cristo: Oponiéndose a la propia definición de la fe como un salto espiritual en el que sólo interviene la predisposición del creyente, el cine religioso se ha valido de las pruebas y los efectos especiales como si el reto estribase en convencer al incrédulo acerca de la magia de un proyector Lumière. Ciencia infusa hollywoodiense: del mismo modo que Henry Poole se va incomodando a medida que los milagros se suceden en su patio trasero, cualquier superproducción necesita un prodigio en primer plano que conmueva al espectador con esa misma mezcla de temor y admiración hacia el Mesías, generalmente, insondable y en fuera de campo. Las leprosas salían de la cueva con unos brazos impolutos y un rostro fresco en “Ben-Hur” (William Wyler, 1959), el bastón del profeta retaba a la gravedad en “Quo Vadis” (Mervyn LeRoy, 1951), una talla sentía hambre y sed en la cinta de terror “Marcelino, pan y vino” (Ladislao Vajda, 1955) y las narraciones bíblicas se conviertieron en alardes técnicos en los gigantescos retablos de “Los diez mandamientos” (Cecil B. DeMille, 1956) e “Intolerancia” (D.W. Griffith, 1916), cuyo fragmento de Judea recreaba el episodio de las bodas de Caná.

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Las apariciones: No hay prueba más válida e inválida que la de una revelación mística, pues a quien la vive no le sobran dudas y quienes escuchan el relato deben aguantarse, según el grado de confianza, la sonrisa escéptica. Los lunáticos que aseguran haber oído voces procedentes de las nubes tienen el visto bueno papal gracias a los tres pastorcillos portugueses de Fátima, en cuya historia se fijó Hollywood para “El mensaje de Fátima” (John Brahm, 1952), nominándola al Oscar® a la Mejor Banda Sonora, firmada por el excelente Max Steiner. Este olor a galardones se había hecho patente con “La canción de Bernadette” (Henry King, 1943), por la que Jennifer Jones se llevó la estatuilla al interpretar a otra pastorcita que con sus visiones abrió la veda de las peregrinaciones masivas a Lourdes. E incontables y de copiosas aspiraciones artísticas son las versiones de Juana de Arco, que ahondan más (“Juana de Arco, de Luc Besson”, 1999) o menos (“La pasión de Juana de Arco”, 1928) en la aparatosidad de sus éxtasis, o la emplean de refilón —en “El milagro de las campanas” (Irving Pichel, 1948)—, como un rodaje dentro de la película que catapulta la anécdota hacia un milagro de mayores proporciones.

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Las estatuas: Tener un pequeño altar repleto de cirios y ramilletes de flores bajo un manchurrón oxidado no es suficiente suplicio para Henry Poole, quien se hundirá en la desesperación cuando de la pared brote un hilo de sangre inmune a los frotados y los litros de lejía. Los fenómenos sangrantes son una de las atracciones preferidas por los morbosos cazadores de milagros, así como un reto para la paciencia de los sacerdotes encargados de distinguir auténticas reliquias de trampas comerciales. El cura de Ed Harris que revisa “El tercer milagro” (Agnieszka Holland, 1999) debería darse una vuelta por las manifestaciones de las marcas divinas en “Stigmata” (Rupert Wainwright, 1999) y revisar el relato de la novicia Teresa (Carroll Baker), quien afirma en “Promesa rota” (Irving Rapper, 1959) que después de pedir consejo a la Virgen sobre si escaparse o no con Roger Moore, la figura se levantó de su pedestal para buscar a la joven y devolverla al convento. Cuántas estatuas se necesitarían para resolver todas las fugas amorosas…

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Los curanderos: Los hay perezosos que se aprovechan de la santidad de algún emplazamiento para vender aguas que, de no obrar milagros, al menos pueden pasar por medicinales —justo es reconocer que algunas ofrecen maravillas, como las que bebe Marcello Mastroianni antes de la bella función de “Fellini 8 ½” (1963)—. Pero los sanadores de una pieza, en contraposición a los matasanos cuyas consultas están infestadas de pacientes desconfiantes, ofrecen curación instantánea a cambio de un poco de fe, la que falta en las salitas de espera de los centros de salud. Y en el famoso pasillo de las penitenciarías, “La milla verde” (Frank Darabont, 1999) que separa a los condenados a muerte de la silla, como le ocurre a un Michael Clarke Duncan de tan grande osamenta como corazón, capaz de proteger ratoncitos y sanar la más fiera de las cistitits. Tan aleatoria es la persona en quien recala el don como el efecto de sus milagros, transformados por el tiempo en una maldición que vuelve a poner a la esperanza en entredicho.

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La duda: O todas las dudas, en ojos de Carl Theodor Dreyer y sus cuadros que se ven y se contemplan, pero apenas se oyen. Un cine mudo que no es tal y a la vez parco en imágenes explícitas: la paradoja perfecta para plantear si “La palabra” (1955) puede hacerse carne, si las pruebas irrefutables concluyen las disputas de fe. Nadie, ni dentro ni fuera de la película, tendría la capacidad de aseverar que ha habido o no milagro, porque a Dreyer le espantan los cayados mágicos y demuestra que la confianza en los verdaderos portentos de la vida cotidiana alcanza más lejos que los credos y sus fábulas. En la misma actitud, pero sin remilgos al recurrir a una estampa simbólica, Ingmar Bergman plantea su propia exacerbación de la fe y la recompensa de un milagro en “El manantial de la doncella” (1960), tal vez un reguero de agua natural, tal vez una fuente divina que llora la injusticia de una muchacha violada, antes de que se convierta en una fontana de culto para las beatas.

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El timo: Una sospecha inherente a todos los fenómenos anteriores, existan pruebas o no al respecto, pues su peso también es puesto en entredicho por la incredulidad que levanta el ceño ante todo lo cabalístico y sobrecelestial. Las paparruchas de un falso hacedor de milagros en una obra menor de Paul Schrader, “Touch” (1997), que pensaba en extrapolar al ámbito religioso los poderes de “El hombre que podía hacer milagros” (Lothar Mendes, 1936) de H.G. Wells; la falsa correspondencia de “Un timador con alas” (Garry Marshall, 1996) que se pone a la ingente tarea —recuerden la saturada bandeja de entrada de “Como Dios” (Tom Shadyac, 2003)— de contestar a todas las cartas dirigidas al Altísimo; el teatrillo de unas monjas de “Extramuros” (Miguel Picazo, 1985) que se mofan de sus propias creencias con tal de salvar el convento, o de una aldea que planea la estrategia de atraer turismo estableciendo el lema de “Los jueves, milagro” (Luis G. Berlanga, 1957). Si San Dimas levantara la cabeza… tal vez no le extrañaría lo lucrativo del tinglado, tal vez prepararía una escalofriante señal admonitoria —como la que abate a Julianne Moore en “El fin del romance” (Neil Jordan, 1999)—, tal vez sonreiría porque el falso milagro precede a la recuperación de la fe —como le sucede a Barbara Stanwyck en “La mujer milagro” (Frank Capra, 1931)—. Ah, la duda, siempre la duda…

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En las imágenes: “El milagro de Henry Poole” © 2008 Filmax. Todos los derechos reservados. “Quo Vadis” © 1951 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. “La canción de Bernadette” © 1943 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. “Stigmata” © 1999 FGM Entertainment y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. “La milla verde” © 1999 Castle Rock Entertainment, Darkwoods Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “El manantial de la doncella” © 1960 Svensk Filmindustri (SF). Todos los derechos reservados. “La mujer milagro” © 1931 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados.

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3 - LaButaca.net » Opinión de cine - 18:23 - 04.06.09

“El milagro de Henry Poole”: Esperanza y amor para entender lo inexplicable…

Pese a su carácter vitalista, el filme carece de fuerza interior y avanza de manera premiosa hasta un desenlace anunciado, sin el vigor narrativo e interpretativo necesario para que su mensaje esperanzado llegue con fuerza al espectador. 
Esperanza e…



2 - LaButaca.net » Opinión de cine - 13:13 - 30.05.09

“El milagro de Henry Poole”: Cine independiente del montón…

Fallida combinación de un cine que busca hacer reflexionar al espectador al tiempo que intenta engatusarlo con tramas y personajes descaradamente comerciales. Floja actuación de Luke Wilson.
Mark Pellington, un director que proviene del mundo de los…



1 - Miguel A. Delgado - 11:40 - 28.05.09

El gran milagro de la historia del cine, sin duda, es el de “La palabra”… que algo así Dreyer lo convirtiera en una experiencia creíble es simplemente prodigioso.

Un saludo!



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