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“Encadenados”: El beso más largo del mundo

Escrito por el 26.10.07 a las 10:00
Archivado en: Años 40, Drama, Escenas, Hollywood, Romance

El beso más largo de todos los tiempos no recibe ese honor por un exceso de minutado. Con un chasquido, Cary Grant podía recibir todos los besos que deseara. Ingrid Bergman podía dárselos de uno en uno. Pero el larguísimo beso de “Encadenados” (1946) le debe su fama al papel que el observador juega mientras dura, dentro de un morbo apenas implícito que parecía gustarle mucho a Alfred Hitchcock. La pareja entra por la puerta, es un día corriente, surgen el hambre, las propuestas para la cena, el pollo, el vino, las inoportunas llamadas telefónicas, las despedidas que no lo son tanto porque les queda la nube amorosa de acompañamiento. Hitchcock mira cada uno de esos detalles con arrebolada cercanía, sin que añada sensación de inminencia a la trama, sin que se perciba un atisbo de próximo fatalismo. Hitchcock mira porque le da la gana, porque es un voyeur consumado. Y nada más fácil que encadenar pequeños arrumacos –tremenda paradoja que un país aún más estricto en esto de las pasiones y los doblajes, como era el nuestro en la década de estreno, recogiese en el título la idea más picante de la película–; síntoma premonitorio de una relación que avanzará a trompicones frente a los obstáculos que tiene ser espía.

Síntesis del amor al arte: el voyeur no pestañea, no se detiene a limpiar una mota de polvo en la lente del prismático, continúa aunque le escuezan los ojos. El obturador de Hitchcock tampoco interrumpe su registro y, con el aliento contenido, graba un plano secuencia de ágil movimiento. Al fin y al cabo, el intruso debe sortear las esquinas de los muebles con mayor precaución que la pareja protagonista. ¿Sólo Truffaut lo había notado? Hitchcock firma el más discreto ménage à trois de la Historia. A todo cerdo le llega su San Martín, y a cada plano, su corte. Puede que haya sufrido más o menos durante el viaje –más o menos variaciones de encuadre–, pero el negro siempre será el término. Y que no sacralicen las películas en un único plano secuencia, porque allí estarán los créditos, el fundido final, el fin de la cinta, el tope del digitalizado que detendrá la proyección de luz sobre los ilusos dispuestos a creérselo todo. El teléfono no pudo interrumpir nada, pero después él tuvo que irse. Y con él se marchó el hilo de la cámara, la magia de un plano, la credibilidad y la complicidad en la sonrisa estúpida de Bergman. El corte anunciaba la inminente separación. Pero antes de todo eso, tuvimos todo el tiempo del mundo para besarnos.

En la imagen: Cary Grant e Ingrid Bergman en “Encadenados” – Copyright © 1946 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados.

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2 - Almudena Muñoz - 14:44 - 27.10.07

Lo del beso más largo es una licencia expresiva. Ya digo que no se debe a la duración, sino a la percepción. Es como decir que “Ciudadano Kane” es la película más grande de todos los tiempos. ¿Por qué, si Orson Welles aún no había empezado a acumular kilos en su persona? XD



1 - Manuel Márquez - 14:15 - 27.10.07

¿Sigue siendo el más largo, o eso ha quedado ya asentado como una leyenda urbana más? Es que me sorprende que, con tanto friqui suelto enarbolando cámaras en ristre, nadie haya superado el registro; me extrañaría. Eso sí, superar el erotismo soterrado de la escena, eso está ya bastante más complicado, desde luego…

Saludos.



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