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Años 60

«Fellini Ocho y medio»: Y el milagro se hizo realidad

Qué difícil lo tiene Rob Marshall. Difícil porque al realizar «Nine», el director de «Chicago» y «Memorias de una geisha» está remitiendo a una de las mayores obras maestras del cine (aunque indirectamente, pues adapta el musical que partió a su vez de la obra original). Difícil porque, además, «Fellini Ocho y medio» se trata de una de las más personalísimas joyas que ha desbordado en una pantalla el particular universo de un realizador único e irrepetible como fue Federico Fellini.

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Fellini consiguió con su «Ocho y medio» uno de esos escasos milagros que rara vez se prodigan en el cine: la ficción que parte de la página en blanco, de la falta de inspiración de su protagonista que acaba, en última instancia, constituyendo la obra en sí misma, aquella que hemos estado contemplando sin saber a ciencia cierta de qué nos hablaba o cuáles eran sus pretensiones. Ese protagonista no era otro que Guido Anselmi (Marcello Mastroianni), el más explícito de cuantos alter egos el cineasta dio a lo largo de su filmografía, un director de cine que no tiene la menor idea de qué hacer con su película y que huye constantemente de la realidad para refugiarse en sus recuerdos, fantasías y evasiones. En ellas Guido rememora su infancia a través de los bailes de la Saraghina o fantasea con la dominación a golpe de látigo de todas las mujeres de su vida en la magistral escena del harén. Pasajes que diluyen los límites de la realidad y establecen un nuevo orden, el felliniano, donde la anárquica imaginativa de ese ilusionista tras la cámara se adueña de casi la totalidad de los planos de forma mágica, inexplicable a los ojos de todo espectador dispuesto a participar de su fascinación.

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Titulada «Ocho y medio» por tratarse de la película que hace ocho y medio en la filmografía de su autor (el medio corresponde a la suma de los segmentos «Un’agenzia matrimoniale» y «Le tentazioni del dottor Antonio», respectivamente pertenecientes a «L’amore in città» y «Boccaccio ’70»), supone una de las mayores celebraciones de la creatividad del artista, una fe ciega en que éste puede crear las más altas manifestaciones aun sin tener nada que decir. A su manera, es también un ataque a la pretenciosidad y pomposidad del cine, ejemplificada en la monstruosa plataforma espacial con la que Guido tiene que hacer su película, y que al final no será sino la excusa para hacer desfilar a todos los personajes de su vida y, por extensión, los de la vida de Fellini (pues tras la ilusión de suicidio de Guido, es el alma del director la que verdaderamente ocupa la pantalla bajo la piel de Mastroianni). Es este el momento en el que «Fellini Ocho y medio» alcanza el sentido último de lo que quiere decir, que sale de los labios del propio Guido cuando nos dice que la vida es una gran fiesta y nos invita a celebrarla juntos. Anselmi comienza entonces a orquestar a los asistentes, al compás de una banda que aparece con la única justificación de que Fellini no entiende el espectáculo de la vida, de su vida, sin el acompañamiento musical del maestro, su inseparable Nino Rota.

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Por todas estas razones, «Fellini Ocho y medio» es una obra única e irrepetible. Quizá imitable, quizá renovable pero presumiblemente intemporal. Porque en ella el cine ha superado a la realidad misma, ha constituido la suya propia en la que no todos pueden creer, pero que encandila a todos aquellos que quedamos prendados por ella.

En las imágenes: Fotogramas de «Fellini Ocho y medio» – Copyright © 1964 Cineriz y Francinex. Todos los derechos reservados.

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