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Años 30

Jean Vigo en 200 minutos (I): «A propósito de Niza»

Jean Vigo rodó sólo 200 minutos de película antes de morir de septicemia a los 29 años. Al igual que otros artistas franceses fallecidos prematuramente o que condensaron su extensa obra en un corto período de intensa actividad –como el poeta Rimbaud–, el joven director representa una promesa que se llevó a la tumba mucho más de lo que podía haber regalado al mundo. Aunque éste no se lo mereciera: las productoras alteraban sus montajes y el público no se interesaba por sus pequeñas historias. Tuvieron que ser los sesenteros, Truffaut a la cabeza, quienes empezasen a vocalizar la sonoridad de su nombre. La paradoja es que fue el primer aviso mortífero lo que empujó a Vigo al cine: una tuberculosis lo encierra en un centro de Andorra, donde conoce al amor de su vida, Elizabeth Lozinska, y dispone de suficiente tiempo para observar y reflexionar. En lugar de ahogarse en la sociopatía, su temperamento ágil y optimista reconduce sus expectativas hacia el arte, de tal forma que el carácter díscolo de un joven sin dinero se transforma en cuatro piezas de oro cinematográfico.

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La primera de ellas, «A propósito de Niza» (1929-30), es un documental de escasos 22 minutos de duración exentos de música –algo que puede incomodar el visionado–. A tomar las aguas, que se decía antaño, iban los franceses a Niza. Y como un enfermo más, Vigo observa, reflexiona… y rueda. Podría ser el retrato de un día cualquiera en la localidad francesa, pero su habilidad con el montaje le permite sumar y comparar imágenes diversas para que el resultado sea más complejo. Vemos a los barrenderos, camareros y empleados madrugadores que preparan la ciudad para esos burgueses que abarrotan las terrazas y dormitan en las sillas. O, como decía Jean-Pierre Darroussin en «Conversaciones con mi jardinero» (2007), acerca de unas vacaciones en Niza, recorremos el paseo, almorzamos, echamos la siesta y volvemos al paseo. Vigo arremete contra la burguesía mediante recursos heredados del cine soviético y el cine-ojo de Dziga Vertov –cuyo hermano, Boris Kaufman, fue el cámara de esta película–. Planos de animales, como avestruces o cocodrilos, dibujan certeras metáforas acerca de las personas, mientras que los movimientos de la cámara a modo de pincel trazan el entorno –círculos en torno a las palmeras, vaivenes para las olas del mar y curvas para las arcadas de los edificios–.

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La búsqueda del poso poético en la crítica social, un objetivo muy pretencioso para una primera obra tan breve, pero que asienta la curiosidad de Jean Vigo por las herramientas fílmicas y algunos descubrimientos en los que se inspirarían los cineastas modernos. Los ralentíes del baile popular que cierra la película se repetirán en «Cero en conducta» (1933) y redundan en la mirada detallista y apartada de la convención en el trato a los demás, aunque sea sobre celuloide. Vigo lleva los manifiestos del cine-ojo algo más lejos: el cine no se contenta con atrapar la realidad, sino que demuestra lo oculto en ella gracias al artificio –a esos planos comparativos, el ritmo visual, los ángulos y recursos surrealistas como una transición de distintas mujeres en una misma silla hasta terminar con una joven desnuda–. En la línea de las melodías visuales —«Berlín, sinfonía de una ciudad» (1927)–, Jean Vigo deja clara cuál es su salvación ante la mala salud y la precariedad económica: la belleza de las imágenes y la verdad dolorosa de lo que significan.

En las imágenes: Fotogramas de «A propósito de Niza» – Copyright © 1929-1930 Sherlock Films. Todos los derechos reservados.

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