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Cine americano

«La clase» y otros alumnos destacados reciben el castigo de la Palma de Oro

Que determinados premios suponen una maldición para el receptor antes que el breve elogio de subir al podio, lo demuestra la codicia de quienes desearían tener uno en casa: como el dulce más caro y exquisito de la tienda, los pocos elegidos suelen tener que conformarse con uno y soportar las miradas envidiosas —y el aislamiento— de los hambrientos. Sucede en el marasmo de galardones en el que se sumerge Hollywood de enero a marzo, pero también en Europa y en sus festivales afectados de delirios de grandeza y de una razón de ser cada vez más raquítica, engrasada con poderosos y semiocultos mercados paralelos.

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La prestigiosa Palma de Oro, máxime reconocimiento que otorga el Festival de Cannes desde 1955, no se escapa a la temida categoría, y es posible que su estuche negro formado por dos solapas que desvelan u ocultan el premio sea un augurio lúgubre de la corta vida de sus películas o un mecanismo protector ante sus malignas radiaciones. Esto no resta, ni mucho menos, importancia al trofeo y su significado, aunque éste, y cada vez de forma más frívola, vaya parejo a los polémicos jurados. La moraleja que debe deducirse de esta negra tradición es que las Palmas de Oro desde luego que se estrenan y que encuentran su público, pero uno más reducido y de menor tirón que el que puedan conseguir los estrenos norteamericanos peor vistos por la crítica.

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Esta verdad de Perogrullo posee pruebas con nombres y cifras: los títulos beneficiados con la Palma de Oro que mayor recaudación obtuvieron —a escala mundial— y que aún conservan su vida comercial, y no precisamente a causa del susodicho premio, tenían como idioma original el inglés o procedieron de Estados Unidos —el país que más películas ha presentado a concurso y que más Palmas tiene, un total de catorce—: «Marty» (1955), «La gran prueba» (1957), «Blowup» (1968), «M.A.S.H.» (1970), «La conversación» (1974), «Taxi driver» (1976), «Apocalypse Now» (1979), «All that jazz» (1980), «París, Texas» (1984), «La misión» (1986), «Sexo, mentiras y cintas de vídeo» (1989), «Corazón salvaje» (1990), «Barton Fink» (1991), «El piano» (1993), «Pulp Fiction» (1994), la Palma más abucheada y rentable de la Historia, «Secretos y mentiras» (1996), «Bailar en la oscuridad» (2000), «El pianista» (2002), «Elephant» (2003) y «Fahrenheit 9/11» (2004).

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A los que se suman las películas reconocidas con el Grand Prix, segundo premio en importancia del palmarés, aunque más longevo —su nacimiento coincide con el del Festival, en 1946—: «Flores rotas», de Jim Jarmusch (2005), «Regreso a Howards End», de James Ivory (1992), «Birdy», de Alan Parker (1984), «El sentido de la vida», de los Monty Phyton (1983), «Los duelistas», de Ridley Scott (1977), «El mensajero», de Joseph Losey (1970), «Juventud sin esperanza», de Milos Forman (1971), «Eva al desnudo», de Mankiewicz (1951), «El tercer hombre», de Carol Reed (1950) o «Breve encuentro», de David Lean (1946). Y sin contar que han recibido trofeos especiales personajes como George Lucas, que entre los miembros del jurado no suelen faltar actores y/o directores de la misma nacionalidad, con frecuencia presidiéndolo, y que el primer film proyectado en 1946 fue «Encadenados», de Alfred Hitchcock.

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La enumeración no sirve para imponer la hegemonía de la industria norteamericana dentro de la Croisette, sino para afirmar el triste hecho de que no depende tanto de la Palma como del país de procedencia que una película triunfe más allá del círculo crítico asistente al festival. Lo cual no resta para que se hayan sucedido auténticos fenómenos Cannes, como Wong Kar-Wai, pronto abducido por los paisajes estadounidenses —«My blueberry nights» (2007), también llevada a Cannes sin pena ni gloria, a semejanza del costo que supone salirse de la carretera a la autovía, aunque todos sean tan hipócritas de contemplarla desde los arcenes—, lo mismo que Wim Wenders, Lars von Trier, Michael Haneke («La pianista», 2001), Paul Thomas Anderson («Punch-drunk love», 2002), Todd Haynes («Velvet Goldmine», 1998), Nick Cassavetes («Atrapada entre dos hombres», 1997), Spike Lee («Fiebre salvaje», 1991) o Stephen Frears («Ábrete de orejas», 1987).

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El dato que realmente revela el desequilibrio logístico es la contemplación de las premiadas francesas, no siempre de entrada las favoritas, dado que la expectación pasea por la alfombra roja o en los maletines secretos de los grandes nombres del festival, como los hermanos Dardenne, Kusturica o Egoyan. Basta recordar el escándalo de «Lady Chatterley» (2006), film galardonado en la influyente gala de los César, y que sirvió a su directora Pascale Ferran para denunciar la doble moral del sistema que alaba sus películas peor tratadas en las carteleras —tal y como sucedió en España con «La soledad» (2007), se intentó una estrategia de reestreno tras el premio para enmendar el maltrato y las dificultades sufridas por estos productos sin grandes nombres y apenas ayudas públicas—. De las cintas de nacionalidad gala premiadas en Cannes, pocos títulos han repercutido más allá de las crónicas festivaleras: «Las invasiones bárbaras» (2003) fue seleccionada también para el Oscar® a la Mejor Película Extranjera, distinción que consiguió, lo mismo que otros ‘cannes’ como «Un hombre y una mujer» (1966) o «Mi tío» (1958).

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Sin embargo, otros tantos títulos franceses que fueron considerados la mejor película extranjera por los Oscar® de sus correspondientes años no pasaron por Cannes, como «Monsieur Vincent» (1948), «Juegos prohibidos» (1952), «El discreto encanto de la burguesía» (1972), «La noche americana» (1973) o «Indochina» (1992), último film francés con Oscar® bajo el brazo —al margen de otras categorías, como el Oscar® a la Mejor Actriz para Marion Cotillard por «La vida en rosa» el pasado año—. Y otros con premios menores, como «Persépolis» o «La escafandra y la mariposa» en la edición de 2007, provocaron mayor repercusión que la última Palma, «La clase», ensombrecida, también de cara a la carrera internacional, por la italiana «Gomorra».

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Tal vez fuese acertada la política que se aplicó durante los primeros años de vida del festival, e impulsada por la presidencia del imaginativo Jean Cocteau, y que hoy sólo pervive en los Globos de Oro y certámenes de menor relevancia: la subdivisión de los premios por género. Nombres tan rimbombantes como Mejor Película Psicológica y de Amor, que hacen pensar en una velada de revista femenina de alta gama antes que en el notorio y serio Cannes, intentaban exprimir al máximo el reparto de un reconocimiento que, aplicado a un solo largometraje, duplica la tensión, pero también las discrepancias, los favoritismos y los injustos olvidos. Diversificando el mal se reduciría la leyenda de tan peligroso marcaje, al fin y al cabo Cannes es la más importante de las empresas dedicadas a la selección de ganado cinematográfico. Una hoja de palma abrasante ante la que algunos gritan de pánico, como Steven Soderbergh en su discurso de agradecimiento por la Palma de 1989: «Me quedé ahí un momento, esperando que el público dejara de aplaudir y tratando de pensar en algo que decir, tratando de no derrumbarme. Levanté la vista y dije: «Bueno, creo que a partir de ahora todo será cuesta abajo»

En las imágenes: Fotograma de «La clase» © 2008 Golem. Todos los derechos reservados. Fotograma de «Pulp Fiction» © 1994 A Band Apart, Jersey Films y Miramax Films. Todos los derechos reservados. Fragmento del cartel promocional de «Fahrenheit 9/11» © 2004 Alta Films. Todos los derechos reservados. Fragmento del cartel promocional del Festival de Cannes de 1939 © 1939 Festival de Cannes. Todos los derechos reservados. Fotograma de «My blueberry nights» © 2007 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Fotograma de «El niño» © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Fragmento del cartel del certamen de 1963 © 1963 Festival de Cannes. Todos los derechos reservados.

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