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“La duquesa” capitanea el recorrido por los diez mejores (y oscarizados) vestuarios de época

Anécdotas y curiosidades

“La duquesa” capitanea el recorrido por los diez mejores (y oscarizados) vestuarios de época

Si la semana anterior hubo una elevada cota de compras compulsivas, la nueva cinta de época en llegar a nuestras pantallas compensa su tardío estreno con una lectura en forma de réplica a las desventuras de Isla Fisher de tienda en tienda y a cualquier esperpento de siglo añejo que pretenda evadir del nuestro. “La duquesa” (Saul Dibb, 2008) retrata a la ídem de Devonshire, una mujer de sangre azul cuyo arrojo al inmiscurirse en asuntos políticos, dictados revolucionarios de moda y la vida privada de su marido se consideró ejemplar y reflectario de lo que más tarde coparía portadas amarillistas bajo el rótulo de Lady Di. Ese viaje doloroso y casi nunca catártico encuentra su máximo recordatorio en un gusto para la vestimenta que, mal que les pese a las personalidades públicas y a las costosas películas de época con aspiraciones elevadas, es recordado como un sello de calidad. Los últimos Oscar® al Mejor Vestuario para “Shakespeare in love” (John Madden, 1998), “María Antonieta” (Sofia Coppola, 2006), “Elizabeth: La Edad de Oro” (Shekhar Kapur, 2007) y “La duquesa” confirman esta tendencia a entronar el subgénero en el mundo de las apariencias. Georgiana de Devonshire (Keira Knightley) y estos diez clásicos se encargarán de romper el prejuicio, eso sí, sin perder ni un accesorio a juego.

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1. “Cleopatra” (Joseph L. Mankiewicz, 1963), diseñado por Irene Sharaff, Vittorio Nino NovareseRenié. La que se moldeó según los patrones de las más grandiosas coronas y que terminó siendo un lastre para Mankiewicz bien merece un puesto elevado por el centenario del cineasta y por el despliegue de oropeles y ostentaciones, como ya eterna definición de un vestuario de museo: 194.800 dólares para los 65 vestidos de Cleopatra, entre los que destacó el famoso revestimiento de oro de 24 quilates para el desfile. La irrealidad en los trajes, a cada escena más rocambolescos y recargados, bendijo la belleza de Elizabeth Taylor y la apostura de Rex Harrison —lo que era todo un mérito— y de Richard Burton —que no lo fue tanto—. Denostada por los expertos, la película se contentó con premios técnicos como este vestuario a magnífico technicolor, precedido por los éxitos de “Sansón y Dalila” (Cecil B. DeMille, 1949) y “La túnica sagrada” (Henry Koster, 1953). Desde 1949, año en que se creó la categoría, se habían otorgado dos estatuillas de vestuario: a cintas en color y blanco y negro. En 1958 la subdivisión se eliminaría para recuperarla en 1960 con otra década de vigencia.

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2. “Las amistades peligrosas” (Stephen Frears, 1988), diseñado por James Acheson. No era la primera adaptación de la novela epistolar de Choderlos de Laclos, ni siquiera la única original que se estaba preparando —un año después se estrenaría “Valmont” (Milos Forman, 1989), menos popular por su recurrencia al estilo llano y escandaloso, muy cercano al texto literario—. Uma Thurman, Michelle Pfeiffer y Glenn Close pasaron de inmediato al imaginario cinematográfico gracias a los pronunciados escotes y al papel dramático de un vestuario prolijo que escondía, como las sonrisas de los hipócritas protagonistas, una marea de aguas pútridas. El vestido amarillo de la Marquesa de Merteuil y la inclinación de su sombrero antes de revelar al personaje es una de las presentaciones más coquetas y sencillas del subgénero, y a medida que la aristócrata se cuelga redundantes joyas en pelo y pecho sabemos que la recatada Madame de Tourvel (Pfeiffer) tendrá un final acorde a su bondad, mientras la marquesa recibe su justa humillación pública en la ópera —escena copiada en “María Antonieta”—. Sin embargo, el cariño del espectador siempre se lo quedan las marquesas malévolas, por eso Pfeiffer acaba de repetir con el director en “Chéri” (2009), donde interpreta a una mujer de dudosa reputación que con sus pamelas ya ha conquistado las retinas del Festival de Berlín.

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3. “El rey y yo” (Walter Lang, 1956), diseñado por Irene Sharaff. Después de que la categoría de Mejor Dirección Coreográfica desapareciera —paradójicamente, coincidiendo con los primeros despuntes del musical dorado de la Metro—, al género no le quedaba más alternativa que escarbar en los apartados sonoros y, si el guión así lo propiciaba, un diseño artístico de vértigo. Y no de vértigo, pero sí de 360º fueron los ruedos de los vestidos de una institutriz contratada por el rey de Siam para la educación de sus tropecientos hijos. Los gigantescos salones de suelos pulidos fueron la pista perfecta para que Deborah Kerr hiciese rotar su infravalorada belleza pelirroja y los trajes-carpa de circo. Tanto signo de distinción social como barrera cultural, la increíble anchura de las faldas es lo más recordado de este simpático musical en el que daba la réplica un Yul Brynner cejijunto y tan fastuoso como su compañera. Kilómetros de tela para la calurosa atmósfera asiática y para justificar el Oscar®, al contrario de las también premiadas “La colina del adiós” (Henry King, 1955) y “Darling” (John Schlesinger, 1960), cuyos carteles mostraban a los protagonistas, respectivamente, en bañador y sujetador. ¿Oscar al mejor vestuario minimalista?

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4. “Barry Lyndon” (Stanley Kubrick, 1975), diseñado por Ulla-Britt SöderlundMilena Canonero. Tal vez el “Casanova de Federico Fellini” (1976), ganadora del Mejor Vestuario al año siguiente, aplicó mayores renovaciones y fantasías a un siglo XVIII tan apagado como las velas que iluminaron los interiores de la película de Kubrick. “Amadeus” (Milos Forman, 1984), una década más tarde, cruzaría ambos talantes con una estridencia bufa de corazón trágico. Pero “Barry Lyndon” supera en un sentido estético ambas propuestas por la tenacidad detallista de su autor, siempre dispuesto a transformar la realidad más fiel y farragosa en un órdago onírico que, como las peores pesadillas, deja al espectador con un regusto ambiguo entre la vida y la ficción. La novela del no menos perfeccionista Thackeray da pie a un extenso relato de parcas palabras y neblinosos paisajes, escenario natural para unos figurines de cartón piedra que pretenden tejer pasiones humanas con sus capas de talco, el skyline de sus pelucones y la riqueza de unos vestidos estáticos al jugar a las cartas o flotantes al pasear por los jardines. La aparatosidad se convierte bajo la batuta de Kubrick en una cáscara desagradable y hueca que, por vez primera, añade incomidad al visionado de tan preciosas imágenes. El uso de trajes antiguos, adquiridos en subastas de viejos baúles y roperos, quizá contribuyó a esa aureola fantasmal de la que no se desprende esta cinta de zombies de época.

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5. “Camelot” (Joshua Logan, 1967), diseñado por John Truscott. Si la Academia siempre ha mostrado un interés puntual por la cultura del Lejano Oriente—consiguieron premio o nominación los vestuarios de “La puerta del infierno” (Teinosuke Kinugasa, 1953), “Los siete samuráis”, “Yojimbo”, “Ran” (Akira Kurosawa, 1954, 1961 y 1985), “El último emperador” (Bernardo Bertolucci, 1987) y “Memorias de una geisha” (Rob Marshall, 2005)—, algunas décadas concentraron en una ristra de películas similares la preferencia de los votantes por un género concreto. El liderazgo del cine histórico y medievalista en los sesenta también cuenta con la excepción de la regla, esta atípica relectura en clave melódica del ciclo artúrico. “Camelot” fue estrenada como obra de Broadway en 1960 con partitura del prestigioso Loewe, habitual en los musicales de la Warner, y enseguida se convirtió en una aclamada pieza con varios premios Tony® y adaptación cinematográfica en el horizonte. El diseño debía respetar las convenciones de la tapicería mitológica y, al mismo tiempo, verter savia nueva en el sorprendente concepto de que Arturo, Ginebra y Lancelot se comunicasen mediante trinos y gorgoritos. Con una puesta en escena prácticamente desnuda, herencia de las tablas teatrales, el vestuario de la corte brilla por una simplicidad opuesta a los merengues del musical de gran estudio, con posibilidades de que destaquen prendas más arriesgadas como el peludo abrigo para la nieve de Ginebra o las coronas tipo rey del fast food. Un festejo kitsch y romántico sin sentido de la vergüenza que a día de hoy todavía no tiene nada de lo que avergonzarse.

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6. “La heredera” (William Wyler, 1949), diseñado por Edith Head. La más famosa de las modistas del cine disfrutó de su primera nominación con el estreno de la categoría a Mejor Vestuario, gracias a “El vals del emperador” (Billy Wilder, 1948). En su segunda edición conseguiría su primera estatuilla, de un total de ocho, con esta obra maestra de Wyler que parecía compensar años y años de grandes clásicos del siglo pasado sin reconocimiento para sus impolutos trajes —desde “Mujercitas” (George Cukor, 1933) y “El cielo y tú” (Anatole Litvak, 1940) a “Lo que el viento se llevó” (Victor Fleming, 1939) y “Ambiciosa” (Otto Preminger, 1947)—. Aunque los Oscar® más notorios de Edith Head estaban por llegar, su puesta de largo no pudo hacer mejor honor a dicho título. La negrísima y brillante adaptación de la novela de Henry James “Washington Square” necesitaba de un vestuario capaz de definir, a un solo golpe de vista, a esa feúcha y apocada heredera que para Olivia de Havilland sería su ácida respuesta a la entrañable Melanie de “Lo que el viento se llevó”. A pesar de la fotografía en blanco y negro, o gracias a ella, el observador debe imaginar el oprobio de una muchacha obligada a lucirse como una potranca en venta con vestidos que no favorecen su desagraciado físico. La capacidad demoledora de una sola frase cuando la hija muestra a su padre la elección para una fiesta —«El rojo le sentaba muy bien a tu madre. Era rubia»—, y los violentos contrastes de tonalidad en este enfermizo relato repleto de escaleras y luces de gas hacen del vestuario de Head un inteligente retrato psicológico y de “La heredera” un clásico imprescindible e inmarcesible.

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7. “Gigi” (Vincente Minnelli, 1958), diseñado por Cecil Beaton. Si Stephen Frears recupera a la escritora Colette con “Chéri”, en los cincuenta fue materia prima para uno de los musicales que solían salir victoriosos de la noche de gala y, con más o menos fortuna, también entre el público. No es el caso de “Gigi”, ni la mejor película de su director —antes podría escogerse “Cita en St. Louis” (1944) o “Un americano en París” (1951)—, ni el musical con pila de estatuillas mejor considerado por la cinefilia —que sería “My fair lady” (Cukor, 1964) o “Sonrisas y lágrimas” (Robert Wise, 1965)—. Aunque en 1949 ya había sido una comedia, respetando el tono original del libro, en una producción francesa, el incombustible y casi siempre infalible Arthur Freed decidió adquirir los derechos para un lujoso musical de época. Y con el empeño de colocar de protagonista a Leslie Caron, la debutante de “Un americano en París” que desde entonces sólo había aparecido en musicales menores. La decisión, aunque propicia para el personaje, no se compensó con secundarios de lujo ni rostros conocidos, lo que supuso una pérdida de interés para el público norteamericano, que habría amado con mayor efusividad a una Audrey Hepburn ideal para los moños altos y las suaves gasas de la moda parisiense. Aún así, el generoso vestuario a todo color de los paseantes a orillas del Sena y la transición de Caron, desde los sombreros de paja y las faldas a cuadros a los trajes de noche con cola y guantes largos, añadieron caché a una cuidada estética necesitada de una historia con algo más de humor.  

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8. “La edad de la inocencia” (Martin Scorsese, 1993), diseñado por Gabriella Pescucci. Scorsese, cinéfago donde los haya, sabía que Michelle Pfeiffer, Daniel Day-Lewis y Winona Ryder compondrían un triángulo de estilo sin escapatoria. La primera ya sabemos de dónde viene, los otros dos habían lucido los oscarizados trajes de “Una habitación con vistas” (James Ivory, 1985) y “Drácula de Bram Stoker” (Francis Ford Coppola, 1992). Para su recreación de la alta sociedad neyorquina descrita por Edith Warthon en su novela, el cineasta escogió a una modista famosa por trasladar patrones históricos a universos particulares —“El nombre de la rosa” (Jean-Jacques Annaud, 1986), “Las aventuras del barón Munchausen” (Terry Gilliam, 1988)—. Claustrofóbicos y mezquinos, los escenarios de esta Nueva York dominada por bailes, desayunos de boda e impertinentes en la ópera estuvieron poblados por criaturas de exquisitas hechuras y estudiados colores. Los descarados tonos de rojo y azul eléctrico que la condesa Olenska (Pfeiffer) emplea para las celebraciones públicas, en contraste con los cándidos blancos que dominan el armario de May (Ryder), trazan el debate emocional de Newland (Day-Lewis) entre la novedad y la convención, una balanza in extremis que estaba atravesando el país en su cambio de siglo. Esa minuciosa exuberancia no contribuyó a que los fans de Scorsese entendieran el experimento, un sobresaliente estreno en el registro de época que tiene en esa exagerada lentitud y ausencia de hechos la clave para la película más violenta del director, en sus propias palabras.

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9. “El gran Gatsby” (Jack Clayton, 1974), diseñado por Theoni V. Aldredge. Los fitzgeraldófilos se dividen entre quienes aman su faceta de cuentista —entiéndase narrador breve, aunque también derrochaba la otra acepción en su disipada vida real— y los devotos de sus novelas largas como “Suave es la noche” o la presente “El gran Gatsby”. Icono de una década de presunta felicidad y una confesión de escritor inspirado por sus propias ambiciones, nadie mejor que Clayton (“Suspense”, “A las nueve cada noche”) para embadurnar de thriller lo que podría haber sido un melodramático lío de faldas. Una iluminación a menudo natural y neutra favorece que los modelitos años veinte aparezcan como trajes de decadencia. Mia Farrow, ya de por sí desgarbada, consiguió imprimir toda la fragilidad de su Daisy gracias a los vestidos rectos y a los infantiles sombreros, lo opuesto a la intachable percha de Robert Redford en sus chaquetas blancas y sus gorras heredadas de “El golpe” (George Roy Hill, 1973), que también conseguiría el Oscar®. Ahora Baz Luhrmann intentará remozar el clásico y el vestuario del enigmático millonario en la nueva versión que viene preparando desde el estreno de “Australia” (2008), quizá atento a repetir la jugada del Oscar® al Mejor Vestuario que se agenció su “Moulin Rouge” (2001), años después de que John Huston consiguiera la misma estatuilla para su tocaya cinta de 1952. Paralelamente, nuestra duquesa Keira perpetúa el encasillamiento de época con un biopic de Fitzgerald dirigido por Nick Cassavetes, donde será la juerguista y sufrida esposa del literato.

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10. “Un hombre para la eternidad” (Fred Zinnemann, 1966), diseñado por Elizabeth Haffenden y Joan Bridge. Tras el arrollador acaparamiento de Zinnemann en los Oscar® de 1954 con “De aquí a la eternidad”, más de diez años después conseguía repetir éxito con esta biografía de Tomás Moro, teólogo y parlamentario en liza con Enrique VIII de Inglaterra. La sobriedad y dureza de la corte se insinuó mediante un vestuario inspirado por pinturas de la época, premiado por su fidelidad histórica antes que por su belleza, sacrificada en beneficio de los actores y sus largos parlamentos, que debían moverse por escena con la misma gracilidad que lo hubieran hecho en el teatro, según la obra de Robert Bolt. Como una nube de perpetua pesadumbre y luto, los personajes son manchas oscuras entre las que destaca el cardenal encarnado por Orson Welles, quien empleó algunos de los objetos reales de Wolsey. La película inició una fructífera moda historicista para las producciones de Hollywood y los Oscar® al Mejor Vestuario, en manos de “Romeo y Julieta” (Franco Zeffirelli, 1968), “Ana de los mil días” (Charles Jarrott, 1969), “Cromwell” (Ken Hughes, 1970), “Nicolás y Alejandra” (Franklin J. Schaffner, 1971) y la ya mencionada “Camelot”, mientras en la actualidad “Las hermanas Bolena” (Justin Chadwick, 2008) y sus llamativos vestidos no conseguían devolver al subgénero su antigua gloria.

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En las imágenes, fotogramas y fotografías promocionales de: “La duquesa” © 2008 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. “Cleopatra” © 1963 Twentieth Century-Fox Film Corporation, MCL Films S.A. y Walwa Films S.A. Todos los derechos reservados. “Las amistades peligrosas” © 1988 Lorimar Film Entertainment, NFH Productions y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “El rey y yo” © 1956 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. “Barry Lyndon” © 1975 Peregrine y Hawk Films. Todos los derechos reservados. “Camelot” © 1967 Warner Brothers/Seven Arts. Todos los derechos reservados. “La heredera” © 1949 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “Gigi” © 1958 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Arthur Freed Production. Todos los derechos reservados. “La edad de la inocencia” © 1993 Cappa Production y Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. “El gran Gatsby” © 1974 Paramount Pictures y Newdon Productions. Todos los derechos reservados. Y “Un hombre para la eternidad” © 1966 Highland Films. Todos los derechos reservados.

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