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«La gata sobre el tejado de zinc»: Medio siglo quemándose las patas

Aniversarios

«La gata sobre el tejado de zinc»: Medio siglo quemándose las patas

La cita suena insorteable: cómo evadir del calendario la celebración de cincuenta años de la obra maestra de Richard Brooks, «La gata sobre el tejado de zinc» (1958), basada, demasiado libremente para juicio de muchos, en la pieza teatral de Tennessee Williams, dramaturgo que parece haber aportado más a los iconos del cine que a las tablas, tanto como han llegado a serlo Elizabeth Taylor y Paul Newman, protagonistas de la cinta y ambos todavía increíblemente vivos —a pesar de las malas noticias en las que se congratulan los dudosos fans de la cuenta atrás—. Parece inevitable una fecha así en la agenda, marcada y repasada en tinta negra, rodeada con círculo rojo, pero, en lugar de ello, en Estados Unidos prefieren darle bombo a otro aniversario: los veinticinco años de «Risky Business» (1983), con edición en dvd de lujo inclusive y otras tontunas, aunque de ella sólo hayan quedado para reciclaje de los más jóvenes el guitarreo de la escoba y el modelo Wayfarer de Ray Ban. ¿Dónde está la vuelta a la moda de los finísimos camisones y los vestidos blancos de vuelo de la Taylor o el pijama azul de Newman para borrachuzos sin ganas de salir de casa? Pues en la memoria, y desde luego no en la de los organizadores de justos homenajes cinematográficos.

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En cambio, si su protagonista —nadie lo quiera— muriese pasado mañana, enseguida todos se acordarían del minino que lleva cincuenta años con el culo al rojo vivo sobre el tejado de las pantallas que los más suertudos recordarán de aquel 20 de septiembre de 1958 en que tuvo lugar su estreno norteamericano. Mucho más tarde, en España, la versión en celuloide de la controvertida historia, de esencia verbal y gestual como la mayor parte de los calustrofóbicos zoos de cristal de Williams, se ablandaría un paso más con la omisión del título de ‘hot’ —el título original, «Cat on a hot tin roof»—, por considerarlo el régimen censor franquista demasiado insinuante. A mí me lo parecen más las miradas de todos los actores y nadie les puso una banda negra bajo las cejas, pero mentes enrevesadas hay en todas partes y debieron de pensar que más valdría prevenir posibles escozores lingüísticos que condujeran a quemaduras de fantasías sexuales…

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La temperatura de la película resulta de innegable sofoco —a lo que contribuye el technicolor que sustituyó a la inicial fotografía en blanco y negro—, a pesar de la gelidez de Brick Pollitt (Newman), en su origen teatral asociada a la homosexualidad del personaje que lo derrota frente a la indomable carnalidad de su mujer Maggie —Taylor, que venció a Lana Turner y ¡Grace Kelly! en el casting—, pero que los ejecutivos de la Metro consideraron más interesante si se resolvía con una trifulca de arañazos entre amantes heterosexuales con deudas pendientes del pasado —decisión envuelta de notorio respeto hacia el estricto código Hays vigente desde la década de los treinta—. Quizá en manos de Elia Kazan, adaptador de otras dos obras del dramaturgo, «Un tranvía llamado deseo» (1951) y «Baby Doll» (1956), las restricciones habrían tomado un cariz ambiguo en lugar de la simple suplantación argumental —algo que condujo a otros directores, como George Cukor, de reconocida homosexualidad, a declinar la dirección del film, y que también molestó a Paul Newman, aunque ya estaba sujeto por contrato a la producción—. Este principal escollo, beneficio para los gobiernos de la época, no consiguió eclipsar la madurez de las ideas latentes, de los intérpretes en horas altas, de los espacios soleados que se refugian en la penumbra como los personajes huidizos, que rehúyen la magistral pregunta de que todos estamos preparados para morir, pero, ¿tenemos valor para vivir?

En las imágenes: Fotogramas de «La gata sobre el tejado de zinc» – Copyright © 1958 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Avon Productions. Todos los derechos reservados.

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