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“La proposición”: Hasta que el fraude los separe

Quienes se despierten entre sudores, aún demasiado próximos al rostro de una Sandra Bullock dispuesta a declararse en sueños, están de enhorabuena: “La proposición” es el biopic de todo espectador aquejado de la ya clínica fobia que provoca bruscos espasmos en la anatomía cinéfila ante cualquier carátula ilustrada con la susodicha actriz estadounidense. Ryan Reynolds, más esposo de (Scarlett Johansson) que protagonista de —por ejemplo, “Definitivamente, quizás” (Adam Brooks, 200)—, apechuga con la pesadilla de darle el sí a una diabólica Bullock y de aguantarla, materialmente, en cada uno de los fotogramas de casi dos horas de metraje. Pero, como fábula constructiva que bebe de las sesiones terapéuticas, la proximidad persigue vencer al miedo y al asco, y, a modo de psicóloga, la directora Anne Fletcher le demuestra a Reynolds y a todo sosias de butaca que el terror hacia la Bullock es infundado. Tanto como el amor que los acompaña al altar antes de que el fraude los descubra y de que el chick flick los reúna, tal es su eterno cometido, hasta que el the end dicte gloria.

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“En la luna” (Thornton Freeland, 1939). Jane (Merle Oberon) siempre quiso a Freddie (Rex Harrison), un humilde médico rural, pero los dieciocho millones de dólares heredados de su difunto y tacaño tío le imponen un nuevo remordimiento de conciencia: ninguna joven acaudalada debería negarse los placeres de las costas europeas, los carabinas colgados de pajaritas y copas de champán, los rítmicos viajes en vagones de primera y los casinos donde hacer tintinear la manicura francesa contra torretas de fichas doradas. El desenfreno dura lo que un fajo de libras en manos de los parásitos que la escoltan y Jane invita a Freddie a un viaje por Italia… con todas las dificultades que los rígidos años treinta suponen para un hombre y una mujer que viajan por su cuenta. Fingir un matrimonio, por otra parte perfecta excusa para que Jane pueda arrimarse a su reticente donjuán, resulta un escudo de inesperada credibilidad allí donde pisan, y las palabras mágicas viaggio di nozze (luna de miel) les consignan tantas sonrisas picaronas como inesperados descuentos que el rebosante bolsillo de Jane no necesita. Por desgracia, los viajes de novios en los canales y las siete colinas ya no salen tan baratos.

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“Medianoche” (Mitchell Leisen, 1939). Reyes del equívoco, cuando el equívoco poseía un sentido literal y no una litera donde se equivocan el humor fino y grueso para deleite de los más bajos sentidos, Charles Brackett y Billy Wilder le regalaron a Leisen el mejor de los guiones de su carrera como director. Cuando a una corista encubierta (Claudette Colbert) se le ocurre hacerse llamar baronesa Czerny, el apellido de un taxista parisiense (Don Ameche), no se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el barón hiciese acto de presencia. Los falsos aristócratas entremezclan sus iras privadas dentro del marmóreo teatro de las residencias de alto copete, a la vista la probabilidad de un dinero que les dé de comer y los vista de lujo, esos complementos que los flechazos no llevan de serie. El fingimiento entre marido y mujer alcanza su clímax durante una conversación teléfonica en la que se deja oír hasta el enfermo e imaginario bebé de la pareja, antes de que la superposición de farsas desemboque en los definitivos reproches que diluyen la línea de separación entre un estado civil y otro.

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“Sin amor” (Harold S. Bucquet, 1945). El título que encabezase la lista de colaboraciones entre Katharine Hepburn y Spencer Tracy habría de ser necesariamente irónico, rematado por el drama real que abrochó el cómputo de su vida —y filmografía— en común. A semejanza de un matrimonio Curie cerebral y despojado de sentimientos, Jamie (Hepburn) y Pat (Tracy) deciden intercambiar las alianzas y los sagrados votos con un objetivo más noble en mente: compartir la enorme casa de ella para que él pueda desarrollar su proyecto de máscaras de oxígeno destinadas al ejército británico combatiente en la Segunda Guerra Mundial. La química hace el roce, y los experimentos que comparten estos esposos de palabra y papel firmado conducen a la dulzura de la rutina compartida y a que ese compromiso sin amor rime un símil con la victoria de los aliados en el conflicto internacional.

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“El banquete de boda” (Ang Lee, 1993). El cineasta taiwanés predice salida hollywoodiense al romance imposible del chino Wong Kar Wai en “Fallen angels” (1995). Dos gays (Mitchell Lichtenstein y Winston Chao) creen que la mejor opción para resolver su mal vista convivencia —a costa de los pétreos mandamientos familiares y de una ley que aún no contempla el matrimonio homosexual— pasa por la boda de uno de ellos con otra joven taiwanesa (May Chin) que necesita el documento matrimonial para asentarse definitivamente en los Estados Unidos. Los orgullosos padres desconocen el entramado y la fiesta se alarga para sufrimiento de unos contrayentes que no habían mentido tanto desde “Yentl” (Barbra Streisand, 1983) y la no consumada noche de bodas entre la novia y la cantante de “People”.

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“La novia cadáver” (Tim Burton, 2005). Aún más complicado que darle el ‘no’ a una Sandra Bullock encaramada a su rol de jefaza inclemente es explicarle a una muerta de piel cerúlea que el anillo incrustado en su dedo carece de las intenciones que un mancebo suele imprimir en tan arriesgado gesto. El mozo podría haber sido doblado por el enclenque de Ryan Reynolds, aunque la tarea correspondió a un Johnny Depp que repetía los tartamudeos de “Sleepy Hollow” (Burton, 1999) en este cuentecillo gótico que Washington Irving no habría aprobado del todo, pero que sobresalía en su original acercamiento al terror de los reacios al compromiso. Que Christopher Lee oficie la boda y una panda de esqueletos fosforescentes y amputados pueblerinos muestren la misma euforia que la novia no le facilitan a Victor un platillo final de perdices, aunque el enlace no posea validez, en el inframundo o en el primer piso mortal, si el novio no está tan cadáver como su prometida… ¿Qué disminuye las agallas del valiente emperrado en la negativa, la proposición de una jovencita ilusa y engañada que ya no merece sufrir más o la exigencia de Helena Bonham Carter?

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“El día de la boda” (Clare Kilner, 2005). El colmo de la era Meetic; la urgencia de lucir pareja se extiende más allá del altar, y los convidados al festejo se prestan a la caza del maniquí ideal como si fuesen ellos mismos los protagonistas del ‘sí quiero’. La desesperada estrategia tuvo, para desgracia de un lustre ya de por sí precario, una lectura doble para Debra Messing, la chica anclada en “Will y Grace” (1998-2006), y Dermot Mulroney, el chico anclado en “La boda de mi mejor amigo” (P.J. Hogan, 1997), donde alguien le impuso el sambenito de galán que desde entonces viene pisándose. Ella era la hermana de la novia, una soltera que considera un signo de deshonor sentarse a la mesa principal sin un apuesto acompañante, para lo cual contrata a un gigoló muy poco profesional o de dudosa experiencia, pues el poco tiempo que requiere la celebración de un enlace a él le basta para cruzar la línea con su clienta, arrepentirse y dimitir de su oficio. ¿Aviso de siglo XXI? La versión positiva es que las farsas —los cuentos de hadas— pueden solidificarse en algo real; la versión negativa, y más plausible, dicta que ya sólo ligará en las bodas quien pueda costearse una pareja de pega.

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“Os declaro marido y marido” (Dennis Dugan, 2007). Todo derecho termina deslavazando de su carácter esencial una interpretación práctica: Chuck (Adam Sandler) y Larry (Kevin James) no son gays ni desean mofarse de las bodas homosexuales, pero a esta alternativa se aferran para resolver los problemas de Larry con la compañía de seguros que lo cubre en caso de que le sucediera algo y sus dos hijos quedasen huérfanos. Llámese falta de luces o defecto de guionista, en todo caso los dos amigos que, para colmo de males, pertenecen a un varonil y hormonado cuerpo de bomberos, se casan en las paradisíacas cataratas del Niágara y emprenden una (fingida) vida en común bajo la vigilancia de agentes suspicaces. No recabaron en que el espectador posee mayor coeficiente intelectual que el villano y que algunos fraudes, por tópicos y caraduras, merecerían el más express de los divorcios.

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En las imágenes: “La proposición” © 2009 Buena Vista International Spain. Todos los derechos reservados. “En la luna” © 1939 London Film Productions. Todos los derechos reservados. “Medianoche” © 1939 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “Sin amor” © 1945 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. “El banquete de boda” © 1993 Central Motion Pictures Corporation y Good Machine. Todos los derechos reservados. “La Novia Cadáver de Tim Burton” © 2005 Warner Sogefilms. Todos los derechos reservados. “El día de la boda” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. “Os declaro marido y marido” © 2007 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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