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Las tragedias del “Pagafantas”

En su cortometraje “Éramos pocos” (2005), Borja Cobeaga restituía a la hoy peyorativa etiqueta de la tercera edad un puesto irrevocable en el tejido familiar como salida de la presión ejercida por una sociedad que cree no necesitar a los ancianos. El estreno del director en el largometraje muestra el envés de la teoría: el “Pagafantas” (2009), eterno amigo-comodín ante tardes colgadas y lloreras, es un peón móvil y ubicuo, un chico más o menos inmaduro que no consigue hacerse un puesto en un círculo íntimo, pero que, sin embargo, resulta altamente útil para las interrelaciones de la sociedad juvenil dispuesta entre el campus y el after. El triunfo de la cinta entre los espectadores veinteañeros durante el pasado Festival de Málaga, sumado a la cariñosa acogida dispensada por los críticos ya creciditos, confirma la vigencia del epítome del pagafantas, aunque su idiosincrasia de perdedor amoroso no deje claro si la desgracia se debe a unos profundos sentimientos unilaterales o a que todos continúen burlándose de la indiferencia de su mejor —y buenísima— amiga.

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Pagar todas las cuentas: “Perversidad” (Fritz Lang, 1945). Tan castizo mote responde a la usual presencia del pagafantas en los bares donde la cortesía le mueve a pagar todas las consumiciones de su amiga. Con un poco de suerte, ésta será abstemia; con un ángel de la guarda más descuidado, uno puede terminar pagándole las copas, la comida, la ropa y poniéndole un piso donde se encontrará con ella… para charlar. Tal es el patético caso de Chris Cross (Edward G. Robinson), enamorado hasta las trancas de una bellísima mujer (Joan Bennett) que, como casi todas las bellísimas del noir, esconde tantas burlas hacia su protector como secreta avaricia de su bolsillo. Podría decirse que Chris fue afortunado al carecer de dinero, pero a cambio poseía un don para la pintura que la femme fatale tampoco iba a dejar de agenciarse.

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Carecer de coche para impresionar a la vecina ideal: “Spider-Man” (Sam Raimi, 2002). La distancia insalvable sustenta, por no decir justifica, los romances platónicos: el espacio entre el pupitre de la primera fila y la última, el jardín de espinos que separa el colegio para niños y para niñas, la verja entre dos viviendas unifamiliares, la del empollón gafapasta y la de la tierna novia del matón de instituto. Peter Parker (Tobey Maguire) es capaz de cualquier cosa, hasta disfrazarse con retales de pijama y provocar la muerte de su tío, con tal de reunir los billetes necesarios para ese automóvil que le permitirá impresionar y acercar a clase a Mary Jane (Kirsten Dunst). Si al principio era la timidez, luego será la responsabilidad superheroica la que impida a Parker declarar a Mary Jane algo más que amistad mientras ella vuela de flor en flor y lamenta sobre su hombro los fracasos amorosos y profesionales.

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Bailar con la más fea: “Marty” (Delbert Mann, 1955). Marty (Ernest Borgnine) fue a los saraos rockabilly de los cincuenta lo que Gorka Otxoa a las discotecas de nuestros días: un representante de la clase media, entendida en términos sociales y estéticos, que no sólo pagaría en las taquillas por admirar a esos divos y divas en los que nunca se convertiría, sino también por acompañar en sus vivencias cotidianas, de punto amargo, a un carnicero que nunca sale a bailar los sábados por la noche porque ninguna chica accede nunca a sus peticiones. Al menos hasta que una trampa que se pretendía mofa lo empareje con otra desgraciada, Clara (Betsy Blair), quien por no lucir el gracejo de Liz Taylor o los contoneos de la Bacall bebía sola en una esquina. Todos recibían su ración de sueño americano y el pagafantas tenía derecho a una vida feliz con su media naranja.

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Aguantar suspiros amorosos hacia otros galanes: “Emma” (Douglas McGrath, 1996). Bien es sabido que el cotorreo servía de rodeo y escape en unas reuniones sociales donde nada debía rozar la explicitud, pero hasta los caballeros ideales de Jane Austen sufrían el límite de su apostura e intachables modales. Para muestra, el señor Knightley (Jeremy Northam), viejo amigo de la familia de Emma Woodhouse (Gwyneth Paltrow) y socorridas orejas sobre los que la joven vierte todas sus inquietudes acerca de sus tareas de casamentera del pueblo, mientras su interlocutor traga afecto y acepta que Emma prefiera imaginar un casamiento con algún mancebo recién llegado. El pagatés de la Regencia Inglesa no se creería que en el siglo XXI cualquier duda amorosa no fuese despejada por una proposición y un bodorrio a tiempo.

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Ser objeto de compasión femenina: “Esmeralda la zíngara” (William Dieterle, 1939). El pagafantas anhela una caricia, pero una muy específica, una que transmita amor carnal y confianza transmutada en encendida iniciativa. Los pellizcos en la mejilla, los besos castos y la mano consoladora sobre el cabello no hacen más que agravar el estado de coma del afectado, quien nunca alcanza a admitir el tipo de relación establecida con la mujer que ama. El empecinamiento no habla el lenguaje del conformismo, ni siquiera aunque el obstinado sea el jorobado más horripilante de París (Charles Laughton) compitiendo por la hermosa Esmeralda (Maureen O’Hara) con un perfecto capitán, Febo de Cháteaupers (Alan Marshal). La piedad natural que derrocha la gitana hacia cualquier alma herida es suficiente para que Quasimodo sienta avivarse un amor no correspondido, imposible, catártico en todas sus versiones cinematográficas y desesperadamente cruel e irónico en el desenlace de “Nuestra Señora de París”, la magna obra original de Victor Hugo.

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Acostarse solo: “Virgen a los 40” (Judd Apatow, 2005). O la suerte del principiante: atreverse por fin a una noche de farra y conquistar a una chica —eso sí, muy borracha— a la que poder arropar con sus frías sábanas, a veces estampadas con algún motivo infantil. El propósito de ciertos pagafantas no es tanto arrimarse victoriosos a la mujer de sus sueños como proclamar sin que tiemble la voz de mentiras que su lista de compañeras de cama no está tan vacía, según ha dado un giro de 180º el sentido de la castidad pública desde hace un siglo. Andy (Steve Carrell) cumplía la noche idílica de cualquier pagafantas decidido a romper con su mala suerte, aunque resulta tan difícil hallar el amor verdadero como llevar a buen puerto un ligue efímero, pues Andy no sólo le paga los daiquiris a la chica, sino que ella, tan abierta y espontánea, le permite probarlos… y no precisamente de su copa.

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Salvar a la amada (o ser salvado por ella) sin más recompensa que un abrazo: “Alias” (2001-2006). El chico Hollywood de moda, tanto por sus éxitos en la cartelera USA (“Resacón en Las Vegas”) como por un rumoreado romance con Jennifer Aniston, otrora llevó colgado el sambenito de pagafantas a lo largo de muchas temporadas de la serie J.J. “Alias”, en la que interpretaba al mejor amigo de una Sidney Bristow (Jennifer Garner) más preocupada por los acelerones de su corazón cuando Michael Vaughn (Michael Vartan) se encontraba cerca. Bradley Cooper, el entrañable y solícito Will Tippin, ni siquiera conocía la doble faceta como espía infiltrada de su amada, pero cuando empieza a sospecharla, a conocerla y a participar activamente en el arriesgado día a día de Sidney sus posibilidades románticas no irán tan en aumento como la creciente curva de mortalidad que los rodea. Pero es que Michael Vaughn era mucho agente de la CIA en competencia con un pobre reportero…

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En las imágenes: “Pagafantas” © 2009 Manga Films. Todos los derechos reservados. “Perversidad” © 1945 Fritz Lang Productions. Todos los derechos reservados. “Spider-Man 2” © 2004 Columbia TriStar Films. Todos los derechos reservados. “Marty” © 1955 Hill-Hecht-Lancaster Productions. Todos los derechos reservados. “Emma” © 1996 Miramax Films, Matchmaker Films y Haft Entertainment. Todos los derechos reservados. “Esmeralda la zíngara” © 1939 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados. “Virgen a los 40” © 2005 UIP. Todos los derechos reservados. “Alias” © 2001-2006 Touchstone Television y Bad Robot. Todos los derechos reservados.

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