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«Los mundos de Coraline»: Historias para niños que asustan a los padres

Acción

«Los mundos de Coraline»: Historias para niños que asustan a los padres

Uno es adulto, va sobre aviso y aunque no haya leído demasiado sobre la película en cuestión puede hacerse una idea acerca de por dónde irán los tiros. Entonces entra en la sala un padre o una madre, o los dos, lo cual tiene más delito, con sus retoños balbuceantes en una mano y los asientos elevadores en la otra, contentos por compartir una tarde familiar con una aparentemente cinta infantil, y la incomodidad se va adueñando de la escena, uno debe frenar el impulso de tocarles el hombro y recomendarles que cambien de sala, que se van a enfadar porque no todos los relatos camuflan las amenazas como Pixar. Seguramente al nene le guste, pero sus sobreprotectores progenitores terminarán escandalizados sin motivo: en España se hace caso omiso de las clasificaciones por edad y, en contra del sistema norteamericano, suele ser fácil colar a un niño en una slasher brutal.

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Pero éste no es el caso, no hay malicia en la elección y sí un poco de desinformación o de frustrante factor sorpresa. El colorista cartel español de la excepcional «Los mundos de Coraline» (2009) puede conducir a error de quienes recuerden al Henry Selick musical unido al más benévolo Roald Dahl en «James y el melocotón gigante» (1996), y se equivocarán aún más si se aferran a Tim Burton y su generosa esperanza disfrazada con trajes sombríos. Al lado de «Coraline», «Stardust» (Matthew Vaughn, 2007), otra película basada en una novela de Neil Gaiman, es un cuento blando para preescolares, un estallido de hadas y brujas hermosas en oposición a la decadencia de la realidad de Coraline y la sensación de peligro que recorre el mundo descubierto tras una diminuta puerta y un túnel. Si usted nunca le leería a sus hijos un capítulo de Lewis Carroll, si cree que el susto, el abandono, las tormentas, las heridas y los objetos punzantes deben desterrarse de su imaginario, entonces tome nota de las trampas que habitan en su videoteca.

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«Fantasía» (VVAA, 1940): Disney supo repartir los tempos de los distintos segmentos rodados para una película tan larga —dos horas, demasiado para el público infantil— que difícilmente los pequeños llegarían a asustarse del tramo final. Al menos con la llegada del vídeo, cuando cada cual se encontró capacitado para detener la cinta tras el baile de los cardos cosacos, la pastoral mitológica, el ballet de hipopótamos o el insigne cuento de aprendiz de brujo. Hasta ese momento quizá los niños pedían a sus acompañantes abandonar el cine, quizá absorbían con mayor facilidad que la música clásica el episodio de «Noche en el Monte Pelado», con escalofriante partitura de Modeste Moussorgsky y dibujos a caballo (esquelético) entre lo goyesco, Borges y las veladuras de los primeros efectos especiales del mudo («La carreta fantasma», Victor Sjöström 1920). No importan las pesadillas de peaje, hechizan los círculos que un gigantesco Belcebú traza con sus uñas negras en esos torbellinos de ectoplasma cadavérico y que el tañido de las campanas aplacan como a un cachorro travieso. Aunque el remedio es peor que la enfermedad: daba tanto o más miedo esa procesión de velas informes al son de un Ave María que anuncia la muerte de una película extraña, ecléctica y de transiciones escurridizas, como los sueños pastosos que a la noche brindan a sus diminutos espectadores.

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«Pesadilla antes de Navidad» (Selick, 1993): La stop motion no era una novedad, pero sí una técnica en vías de perfeccionamiento y reconciliada con el público prejuicioso hacia los muñequitos de Harryhausen gracias a la campaña publicitaria que chasquea un apellido: Burton. Las salas se llenaron atraídas por el colorido y las alegres canciones de Danny Elfman, pensando que el director de «Eduardo Manostijeras» (1990) mantendría su mensaje amoroso y apartaría para los infantes cualquier mención a personajes siniestros y cortes sangrientos. Lo primero se cumplió, en lo segundo intervino Selick inyectando una mala leche que los pequeños adoran y a los padres les hace revolverse en la butaca más que unas hemorroides. ¿Cómo pueden sus adorables hijos divertirse con un pueblo infestado de parias del cine y la literatura de terror, hombres lobo, vampiros, chiquillos de caretas demoníacas, un hombre del saco relleno de bichos, doctores repugnantes que se rascan el cerebro y chicas que van por ahí perdiendo las extremidades? Jack Skellington demostró que no es necesario poseer los atributos normales para resultar expresivo y atrayente, aunque muchos padres molestos prohibiesen a sus retoños rever la película, no fuesen a hipnotizarse con el juego de espirales que salpica las imágenes y a convertirse en anticipos de adolescencia gótica…

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«Gremlins» (Joe Dante, 1984): Qué lista de Reyes Magos no ha incluido un Gizmo, a poder ser real como el que recibe Billy (Zach Galligan), en su defecto de peluche para que puedan lavársele las manchas de suciedad sin riesgo de que las pelotillas de pelusa se transformen en lagartos de retorcida cinefilia y desenfrenados hábitos nocturnos. A los padres se les escapa el mismo ohhh enternecido ante la criaturita de cuerpo mullido, ojos inocentes y chistosos pabellones auditivos, pero las muecas que más tarde se les pintan en la cara, como si la metamorfosis les afectase a ellos, anuncian que el sistema censor se ha puesto en marcha y detecta que el argumento no trata de una amistad interracial a lo «E.T» (Steven Spielberg, 1982). Y, sin embargo, los monstruos que surgen de la piel de un Gizmo mojado, expuesto a la luz y satisfecho de comida tras la medianoche para aterrorizarle componían una efectiva advertencia: en los juguetes que destilan dulzura y buenos valores puede dormitar el terror de una perfección engañosa y hueca. Su proyección debería ser obligada a los progenitores proclives a regalar muñecos bien a su prole —cada uno con sus respectivas adaptaciones cinematográficas o televisivas, a cada cual más horripilante—, esas Barbies, Bratz, Lunnis, Teletubbies…

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«Fantástica aventura» (Charles Swenson y Fred Wolf, 1977): Hoy pocos niños habrán tenido oportunidad de verla, pero en su época esta película, con participación estadounidense y japonesa, comenzó a desbrozar las sendas de una animación con planteamientos de mayor calado filosófico que el decadente imperio disneyano. Basado en una popular novela de Russell Hoban, el relato de un pequeño juguete de hojalata, formado por dos ratones padre e hijo, y cuyo mecanismo sólo se activa dándole cuerda mediante una mariposa situada en su espalda traía reminiscencias de los agrios cuentecillos de Oscar Wilde. El destino de la pareja roedora, desechada como un trasto roto, se aproximaba a las atmósferas fatídicas del soldadito de plomo de Andersen o el cascanueces de Hoffman, de modo que cierto boca-oreja vetó a la película como un relato triste poco recomendable para escolares sensibles. Contradictoriamente, a mediados de la misma década comenzaron a estrenarse otros productos de trazado nipón que sí contaban con entusiastas recomendaciones, a pesar de traumatizar a media generación, como «Heidi» (1974) y «Marco» (1976). Condenados a equivocarse, algunos padres sí quisieron acercar a sus hijos a las profundidades intelectuales del dibujo animado con «Persépolis» (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007) y se quedaron con la boca abierta y tapando los oídos de los críos al escuchar la colección de improperios que la protagonista de dulces rasgos almacenaba en su lengua.

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«Cristal oscuro» (Jim Henson y Frank Oz, 1982): ¿A quién puede asustarle las marionetas Jim Henson? Mucho más imaginativas y personales que Gustavo, Peggy y Gonzo perdidos en la isla del tesoro o cuento de Navidad, las incursiones del director fuera de Barrio Sésamo se granjearon la incomprensión de una franja de público a la que quizá no estaban destinadas. La belleza sombría de «Cristal oscuro», anticipándose a «Dentro del laberinto» (1986) y la serie «El cuentacuentos» (1988), compaginaba la lentitud recreativa de lo artesanal con las mitologías épicas que, al fin y al cabo, sí habían triunfado en el Dagobah donde Yoda entrenaba a Luke Skywalker. Pocos aprobaron que el único colorido de una historia pantanosa y gris procediera de la piedra en cuestión, epicentro intermitente del film, y que sus héroes no distasen en extrañeza física de los villanos de la función. ¿Por qué no se percataron más tarde de que en la exitosa «Fraggle Rock» (1983-1987) los personajes lucían orgullosos su diferencia y vivían en un mundo cavernoso, rodeados por la coacción de criaturas enemigas? Estos papás que se comportan como insensatos fraggles, escudándose tras temores exagerados…

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«Dumbo» (Ben Sharpsteen, 1941): ¿Puede suponer algún peligro la cinta favorita del tío Walt y John Lasseter? En cierta medida, las desventuras del elefantito mudo son peores que las de Bambi o Simba: desde su nacimiento ha sufrido las mofas de cualquier humano o animal por sus desproporcionadas orejas, lo han separado de su madre, la ha visto encadenada, ha crecido ensayando números circenses y no en marcha militar con el coronel Hathi, y ha sido el hazmerreír de los payasos… y de sus espiritosas bebidas. La incorrección política de la cogorza que Dumbo se coge sin querer, y a pesar de que en su sombrero grite la conciencia en forma de ratoncito, dio lugar a una de las escenas más lisérgicas y valiosas del universo Disney: elefantes rosas en conga que retuercen sus miembros como instrumentos musicales antes de explotar, diluirse, fusionarse y amplificar sus cuencas negras como un paquidermo de Dalí. Que algún personaje bebiese o fumase para un gag era bastante común en la factoría hasta los noventa, cuando los vicios desaparecieron o se insinuaron débilmente para subrayar la vileza de los bellacos. «Free Jimmy» (Christopher Nielsen, 2006), una cinta noruega en 3D, representó el paroximo la animación elefantiásica con la historia de un paquidermo yonqui que esconde una valija en su trompa. Por suerte no era una secuela inconfesa sobre la adultez del inocente Dumbo…

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«Howard… un nuevo héroe» (Willard Huyck, 1986): No era para niños, ni la primera producción de personaje infantiloide con intenciones clasificadas X —ya había levantado ampollas el estreno de «El gato caliente» (Ralph Bakshi, 1972)—, pero en el póster sólo se veía un huevo roto por un pico con un puro —y de algunos carteles desapareció—, un título con letras parecidas a «Regreso al futuro» (1985) y hasta un par de adolescentes a la moda. ¿Qué daño podía intuirse de un vistazo? Desgraciadamente para algunas familias, no el auténtico: Howard era un pato extraterrestre macarra, lenguaraz y salido, que bebía cerveza y fumaba como una chimenea, le gustaban las titis y venía de un planeta donde existen especímenes con pechos —de plumas— y hábitos de aseo tan superfluos como los del pato Donald. El cóctel fue un despropósito que descolocaba más de lo mucho que parecían haberse colocado sus guionistas en el proceso.

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«Beowulf» (Robert Zemeckis, 2007): Aún menos recomendable para menores, aunque en su contra jugaba la asociación entre Zemeckis, animación y la familiar «Polar express» (2004), y el calado de literatura fantástica que desde «El señor de los anillos» atrae a no pocos párvulos a las salas. Tras el guión, el Gaiman de «Coraline» se prodigaba en detalles truculentos y maldiciones agoreras para cubrir de sombra y decrepitud a todos los bandos de la lucha, en especial al musculado paladín. Un guerrero, una reina hermosa y una bruja dotada de la fisonomía de Angelina Jolie no auguraban las juergas medievales amenizadas con canciones verduscas que estarían prohibidas hasta en la taberna de la hermana fea de «Shrek 2», la viscosidad de un Grendel que mastica cráneos como nueces y las coreografías de iluminación discotequera y órganos expuestos con que Zemeckis dota de madurez a la motion capture. Tampoco parecía muy recomendable para adultos, pero el tándem de creativos tras el proyecto consiguió sorprender más de lo esperable con esta diálisis de la falsa nostalgia que rodea a los cantos arcaicos. Y aunque la técnica animada de momento sólo sirva para operar los defectos de los actores, ahorrarse decorados y vestuario de época, permitirse virguerías de cámara y confundir al respetable en una tarde de cine con niños.

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«El secreto de los hermanos Grimm» (Terry Gilliam, 2005): El origen de lo adecuado, los culpables de que la perturbación se adentrase en los dominios de la infancia y de que el cine y las ediciones ilustradas intentasen corregir sus desvíos. Los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm se recorrieron los cantones germanos rastreando historietas tradicionales y no espíritus de pega como recrea Terry Gilliam en su decepcionante versión, trufada de menos golpes macabros de lo deseado, y aunque ver a un gatito blanco caer en una máquina despedazadora tras una cruel patada tenga suficientes bemoles como para amedrentar al niño más impávido. La locura de Gilliam, quien ya había incomodado al gremio conservador con «Los héroes del tiempo» (1981), se hacía notar en contadas perlas como ésa y su olfato para recrear las fábulas tal y como se concibieron: Caperucita atravesaba senderos de maleza y copas de árboles que apenas filtran la luz, los héroes caían bajo el embrujo de pérfidas mujeres y a las niñas se las enterraba vivas sin epitafios de recuerdo. Porque el terror es inherente al aprendizaje y los escalofríos reavivan la anatomía en desarrollo, porque no deben identificarse con una moraleja de mal sabor y porque la pedagogía que pretende mantener la infancia en una burbuja inmaculada se equivoca, salvo las señaladas excepciones ningún niño debería verse privado de estas fantasías ni de «Los mundos de Coraline». Y si los padres sienten miedo, que le den la mano a sus hijos para confortarse.

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En las imágenes: «Los mundos de Coraline» © 2009 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados. «Fantasia» © 1940 Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados. «Pesadilla antes de Navidad» © 1993 Skellington Productions Inc., Tim Burton Productions, Touchstone Pictures y Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados. «Gremlins» © 1984 Warner Bros. Pictures y Amblin Entertainment. Todos los derechos reservados. «Fantástica aventura» © 1977 Walt DeFaria Productions, Charles M. Schulz Creative Associates, Sanrio America y Murakami-Wolf Productions. Todos los derechos reservados. «Cristal oscuro» © 1982 Henson Associates (HA), Incorporated Television Company (ITC) y Jim Henson Productions. Todos los derechos reservados. «Dumbo» © 1941 Walt Disney Productions. Todos los derechos reservados. «Howard… un nuevo héroe» © 1986 Universal Pictures y Lucasfilm. Todos los derechos reservados. «Beowulf» © 2007 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. «El secreto de los hermanos Grimm» © 2005 DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.

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