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Los «Ojos negros» de una sala siempre abierta

Años 80

Los «Ojos negros» de una sala siempre abierta

En contadas ocasiones el cine se ha rendido al homenaje más evidente: el de las miles de miradas que cada día se posan sobre él, bajo forma de pantalla portátil o comercial, imagen fija o en movimiento. No se trata únicamente de voltear la cámara, como muchas películas han hecho, para reírse de los rostros hipnotizados o durmientes que descansan en las butacas o el sofá; esa retro-mirada debe explorar un reflejo abisal de imágenes empequeñecidas en unos iris que a su vez son los protagonistas de otros fotogramas mayores. De este sencillo modo las narraciones se extenderían al infinito, confundiéndose lo que en verdad vimos con lo que añadimos del cine, que no es sino la propia imaginación. Pues este referencial poema lo compuso Nikita Mikhalkov en una película pausada, aún así libre del candor decadente del cambio de siglo, portadora de un significativo título: «Ojos negros» (1987). De ellos, los de Tina (Marthe Keller), se enamora Romano (Marcello Mastroianni) en un balneario que reconstruye gracias a su memoria, envuelta en los filtros brillantes, cercanos al mal gusto de quien ama la opulencia, propios de una época y un episodio adornados.

Romano narra su historia, que conocemos por flashbacks, a un pasajero de barco lujoso también ruso, como la mujer del hechizo. El fondo de su relato ahonda en la mitología de los cruceros de finales del XIX- principios del XX, donde los camareros caracoleaban sobre las maderas con pulcritud, las matronas llevaban sombrilla y los hombres eran libres de abordar a jovencitas, la esposa a buen recaudo en la residencia estival correspondiente. La importancia de sus palabras se anula a sí misma dado el origen del cuento: ¿son los flashbacks recuerdos auténticos de Romano o se corresponden con las recreaciones de su interlocutor? ¿Se escuchan los ecos de un pasado real o el meridiano estéreo de un affaire cinematográfico? ¿Los ojos de Tina, en definitiva, parpadean en el instante de un encuentro real o se abren, infinitos, como la atención generosa de una espectadora que desea evadirse con una ficción, una película, calando cada rastro de luz hasta ahogarlo en el último fundido? ¿Por qué si no toda obra cinematográfica termina bajo ese lienzo opaco y fúnebre, como la despedida tácita de los colores? Romano contemplaba los ojos negros con toda la posibilidad y esperanza de una pantalla.

En las imágenes: El director Nikita Mikhalkov durante el rodaje de «Ojos negros» y fotograma de la misma película – Copyright © 1987 Excelsior Film-TV, Rai Uno Radiotelevisione Italiana, Adriana International Corporation y Sovinfilm. Todos los derechos reservados.

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