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Los rudos no bailan solos: La danza en John Ford

Escrito por el 04.01.08 a las 15:28
Archivado en: Años 40, Escenas, Hollywood, Western

Ni saloons destrozados por alguna bronca mañanera, ni estepas de indios que corren como búfalos, ni duelos de cinco segundos tras una espera inaguantable de diez minutos: el lugar de confluencia de todo western firmado por John Ford es el baile. Cita indispensable para asegurar la trama sentimental que, en ocasiones, resultaba más fuerte que la excusa-pueblo asediado –véase “Pasión de los fuertes” (1946)–, a la vez escena de descanso y fluidez visual, y acontecimiento estrella en las comunidades de colonos del Oeste decimonónico. Bailando se decidían filias y fobias, rangos militares y ojerizas entre bandas, robos materiales y hurtos emocionales, risas y puñaladas, familias y amores, que era lo que en el fondo le importaba al director del parche: el amor al hijo, al padre, a la tierra. Sin la suntuosidad narrada al estilo de crónica rosa, típica de películas de época, los saraos con los que Ford obsequia a sus personajes son más retablos particulares que sociales, tarimas o habitaciones –según el nivel económico de los lugareños– donde predomina el primer plano antes que la panorámica del que mira y bosteza hacia el espectáculo.

 

Así, un coronel de la talla de Henry Fonda –entrenando una mirada torcida que pocos, ni siquiera Ford, le explotarían–acababa bailando según su ley de vida: la marcha erguida y solemne; muy al contrario de unos tratantes de caballos que, como su género de venta, podían acelerar el desenfreno de una coreografía con tal de asombrar a la joven más buscada — “Caravana de paz” (1950) adelanta los cortejos musicales de “Siete novias para siete hermanos” (1954), una película muy fordiana de haberle gustado al director la frivolidad del musical, y que, más allá de las acusaciones machistas de las que suele ser objeto, resulta amena, divertida y encantadora aun con sus paisajes pintados a mano–. Cuando la banda arranca, ya nadie habla y el cineasta confía en la sugestión de los gestos, las invitaciones y las miradas que, en la estricta cuadratura de los pueblos y los fuertes, pueden al fin cruzarse sin miedo. Si se celebra un baile, habrá esperanza. Las historias más pesimistas de Ford carecían, precisamente, de él, bien porque el contexto no daba para juergas o porque algún maldito impedimento interrumpía dulces perspectivas. Que se lo digan a Wyatt y Clementine. Cuando el Oeste apenas lo poblaban cuatro gatos y cinco desalmados, acercarse entre sí era un lujo de danzarines. Y Ford, como en otras muchas cosas, repartió tesoros para contrarrestar la carestía.

En la imagen: Fotograma de “Fort Apache” – Copyright © 1948 Argosy Pictures. Todos los derechos reservados.

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