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Los silencios de Kieslowski y de “Tres colores: Azul”

Escrito por el 12.01.08 a las 22:35
Archivado en: Años 90, Cine europeo, Drama

Son pocos los cineastas que han sabido trasmitir a la vez emoción y reflexión, sensibilidad y profundidad, respeto y denuncia. El polaco Krzysztof Kieslowski es uno de ellos, al llevar a la pantalla historias personales que esconden posturas vitales de carácter universal, en una búsqueda sincera por hallar la libertad y la paz interior, a la vez que la verdad y la justicia. Sus personajes se mueven siempre entre la necesidad de amar y de perdonar, entre las obligaciones de conciencia y el compromiso social. Es un cine plagado de sensaciones, presentimientos y temores, pero también de ideas y convicciones, de actitudes existenciales y problemas éticos. Kieslowski entendía el cine como un instrumento para ayudar al hombre a ser mejor, pero sólo planteando al espectador preguntas que le llevasen a la reflexión personal, no dirigiéndole como a una marioneta ciega ni inculcándole principios inmutables desde el objetivo de la cámara. De ahí el carácter ambiguo y abierto de sus historias, el absoluto respeto hacia sus personajes, la importancia concedida a sus silencios y a rostros que permitían bucear en un alma inquieta e insatisfecha.

Todo eso lo consigue Juliette Binoche en “Tres colores: Azul” al dar vida a Julie, una joven madre que pierde a su marido y a su hija en un accidente de tráfico, y que decide cortar con todo el pasado y no volver a amar. Es un alma que vive encadenada por el dolor de la pérdida, sin la libertad de quien se conoce a sí misma y a su entorno, sin la paz que le permita continuar el concierto inacabado por su esposo. Para alcanzar dicha felicidad y libertad interior tendrá que bajar a los infiernos y purificarse, conocer y aceptar la verdad de su marido, perdonar y volver a “exponerse” al amor y al sufrimiento. Porque si duras son las heridas exteriores, mayores son las que sangran por dentro. Por eso, Kieslowski —en varios momentos de especial crisis y angustia personal de Julie— suspende la imagen con prolongados fundidos en negro, con profundos silencios que parecen atormentarla desde el abismo del pasado. Son instantes fugaces que la joven viuda vive intensa y casi eternamente, sufriendo la oscuridad de una soledad y un recuerdo doloroso: el tiempo se ha parado en su cabeza para intentar huir de sí misma y anular todo sentimiento, para rechazar el pasado y el futuro…, pero eso no es posible porque supondría dejar de “ser persona”. Entonces, sólo el amor unido a la libertad pueden rescatar a la mujer herida e insuflarle nuevos alientos de vida.

Son momentos de silencio y oscuridad, de clímax dramático y emotivo —intensificado por la maravillosa banda sonora de Zbigniew Preisner— que también aprovecha Kieslowski para dejar al espectador sólo consigo mismo y empujarle a que sea valiente en su búsqueda de la verdad, para que se pregunte por el sentido de su vida y por lo que merece la pena, para que cuestione su grado de libertad interior y de amor desinteresado, su capacidad de perdonar y de aceptar la vida como viene. Es una llamada a su conciencia libre para que no se deje manipular y para que sepa entregarse una vez más al compromiso y al amor. En la oscuridad de la sala y con el silencio de Julie, el espectador experimenta profundos sentimientos de miedo, duda e inquietud, y con ella aprende a amar según el “Himno de la Caridad” que canta el coro al final de esta gran película.

En las imágenes: Juliette Binoche en “Tres colores: Azul” – Copyright © 1993 MK2, C.E.D. Productions, Canal Plus y Zespol Filmowy TOR. Distribuida en España por Wanda Films y Cameo Media. Todos los derechos reservados

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1 - Miguel Laviña Guallart - 10:36 - 25.01.08

No había podido leer hasta ahora tu excelente comentario, Julio, con el tiempo y dedicación que se merece. Me adhiero a tus palabras sobre la humanidad del cine de Kieslowski y a tu descripción de la bajada y salida de los infiernos de la protagonista, un recorrido con cantidad de momentos –con sus silencios!- difíciles de olvidar. La trilogía es infinita, cada vez se encuentran más conexiones y sentidos y, tal y como admirablemente expresas, plantea una tras otra las preguntas para invitar a la reflexión.

Al principio desandé la trilogía, la primera que vi fue “Rojo” y, desde una posición totalmente emocional, de la etapa final me quedo en especial con ésta última –las secuencias entre la protagonista y el juez…- y me fascina la parte polaca de “La doble vida de Verónica” –también por el trabajo y los increíbles planos de Irène Jacob-
Saludos!!



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