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«Los viajes de Sullivan»: De las entrañas al corazón del séptimo arte

Años 40

«Los viajes de Sullivan»: De las entrañas al corazón del séptimo arte

Oculto por todos los grandes para quienes trabajó o cuyos éxitos se le cruzaron como referentes que enturbiaban sus propios logros, Preston Sturges pocas veces resuena al invocar los parabienes de la comedia clásica. Su nombre aparece cada vez más en las filmografías selectas y en las comparaciones del humor actual: entre elegante y popular, no fue un Lubitsch ni tampoco del todo un Wilder, como si quisiera apropiarse de un poco de ambos sin renunciar a ningún recurso efectivo, amando la comedia por encima de lo demás sin pretensión de escindirla del inevitable drama. Aunque es poseedor de algunas historias locas cercanas a la screwball, su espíritu benévolo le servía para raspar en algo menos amable, en la cara aburrida de la alta sociedad y en un sentido vital que el personaje de turno hallaba en lo que mejor sabía hacer, fuese igual o peor a lo deseado.

En el caso de «Los viajes de Sullivan» (1941), Sully (Joel McCrea) emprendía el lado oscuro de las odiseas por yermas tierras estadounidenses. Transportado a un mundo rural que nada tiene que ver con la solución rápida de las limusinas de la gran ciudad, este director de películas blanditas comienza a gastar suela… y alma. Sturges fabulaba con fina ironía y deliciosa melancolía acerca de la banalidad de su oficio y la prepotencia del narrador que, gracias a su supuesto don, se cree en el derecho de acceder a todas las realidades como su legítimo dueño. El esplendor de la industria hollywoodiense había ensuciado hasta ahora la mirada de un cineasta que sólo podía rodar desde la técnica y el manual de guionista. El proyecto que Sully lleva en mente sobre una película de los menos favorecidos —«O Brother, where art thou?», título que los hermanos Coen aprovecharían para su relectura del mito odiseico y del acto de narrar en sí, lo que, unida a Sturges, la hace el doble de rica e interesante–; dicha perspectiva de romper con un tema nuevo su propio estereotipo de director predecible le lleva a conocer el territorio transfronterizo de las cámaras y las pantallas, el dolor y la miseria que no habría reflejado correctamente en su obra sin haberlos experimentado antes.

Aunque realista, a Sturges no se le escapa que su tarea es un privilegio y que el sentido de las cosas podía encontrarse allá donde estuviese uno: Sully, adormecido y desesperado, acude a una sesión de cine donde, para su sorpresa, todos los campesinos que antes sufrían y malvivían empiezan a reírse, carcajadas a las que él termina sumándose para recuperar su identidad y su sueño. Bien es cierto que el director sólo abandonaba su status por un breve tiempo, pronto rescatado por sus productores y los cálidos brazos de Veronica Lake, pero el período suficiente para hacer del más breve trayecto el más largo viaje. La reconciliación con la pantalla y con uno mismo, pues, protagonistas o autores, cada uno termina aceptando que actuar y crear son actos bien parecidos, como lo son, a veces, la vida y el cine.

En las imágenes: Fotogramas de «Los viajes de Sullivan» – Copyright © 1941 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

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