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Anécdotas y curiosidades

M. Night Shyamalan y los extraterrestres

El 12 de septiembre de 2001 el equipo de M. Night Shyamalan debía rodar una de las escenas cruciales de «Señales» (2002), el esperado regreso del director tras sus dos exitazos anteriores. Una prueba ardua, las dos, la de sobrevivir a las expectativas y a un nivel de autoexigencia bien marcado, y el no menor problema de encajar la película en un país, de repente, asolado por la paranoia. Dado que la concepción y el rodaje de la película precedieron a los atentados, no pueden lanzarse relaciones causales entre ambos acontecimientos como sí se hizo con la superproducción, también de tema extraterrestre, de Spielberg, el ídolo de Shyamalan, «La guerra de los mundos» (2004). Por una vez, parecía que el maestro podía haberse inspirado en el alumno aventajado: dos familias sin figura materna que deben huir y esconderse –en ambas, además, hay una pelea en fuera de campo– a causa de una invasión alienígena de la que nunca se explican razones claras. Y con una resolución de igual base científica, lo cual dejó bastante descolocados a quienes, de nuevo, esperaban el súmmum de las sorpresas finales.

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Hasta que volví a revisarla, me incluía en esa categoría de los damnificados por la decepción, por una película que se me antojaba capricho de género de un realizador con empacho de cinefilia. Sin embargo, he de reconocer que, ya olvidada la presión mediática del momento –resulta curioso que en nuestro país tuviese una fría acogida crítica y que en Estados Unidos sea la más valorada de Shyamalan–, «Señales» constituye un ejemplar ejercicio narrativo, en lo visual y sonoro, desde luego el más referencial de todos, y por ello el menos original en el enfoque. En la memoria del cineasta debían de circular decenas de títulos durante la redacción del guión y el diseño de los storyboards, empezando por la filmografía de Spielberg: «Poltergeist» (1982) –la televisión como un personaje más–, «E.T., el extraterrestre» (1982) y los campos de maíz que recorren Elliott (Henry Thomas) en ésta y Graham Hess (Mel Gibson) en «Señales» con una linterna por la noche, o «Encuentros en la tercera fase» (1977) y su atmósfera silenciosa, de espera ambigua para quienes no saben si los visitantes son pacíficos o agresivos.

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Pero antes de él adquieren crucial importancia los clásicos de los cincuenta y sesenta, de influencia decisiva para todo el género de ciencia ficción y terror, como la primera «La guerra de los mundos» (1953), «Ultimátum a la Tierra» (1951), «La invasión de los ladrones de cuerpos» (1956) –que también ha retomado para «El incidente» (2008)–, «La noche de los muertos vivientes» (1968) o «Los pájaros» (1963), películas claustrofóbicas, de escondrijos y peligros omnipresentes aunque no ocupen apenas planos. Y como ejemplo de ello basta recordar el forcejeo en el sótano de la casa, cuando Merrill (Joaquin Phoenix) rompe por error la única bombilla que ilumina el cuarto y el resto de la escena se desarrolla en una asfixiante oscuridad. ¿Qué querían los infectados, los zombies, los pajarracos? Su escasa importancia dramática provoca que el twist final sea menos contundente –bien es cierto que podría haber sido aún más ambiguo, como algunas cintas mencionadas arriba–, pero también que los personajes roten en torno a sus problemas personales.

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De nuevo, un accidente de tráfico y un matrimonio roto —dos constantes de Shyamalan–, unos niños cuyas certezas nadie escucha, y dos hombres que han perdido la fe y se enfrentan a una hecatombe de dimensiones bíblicas. La dialéctica interna de Graham, ex-sacerdote, y de su hermano Merrill, antigua promesa del fútbol que se plantea alistarse al ejército –antes de las películas que explotan el drama de los soldados en Iraq–, otorgan la fuerza que le habría faltado a una cinta provista sólo de dicha premisa argumental, típica en el género. Y para huir de lo típico Shyamalan recurrió a Mel Gibson con ganas de resquebrajar su imagen de tipo duro, como había hecho con Bruce Willis, aunque en principio el papel estaba destinado a un hombre de más edad, pero Paul Newman y Clint Eastwood rechazaron la idea. La estrategia funciona –casi más por la sabida confesión católica del actor–, aunque Joaquin Phoenix, especializado en roles torturados –venía de «Gladiator» (2000) y «Quills» (2000)–, parezca una elección más tópica. Se les ofreció este papel a Johnny Depp y Mark Ruffalo, quienes por distintas razones tuvieron que declinarlo.

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A lo que Shyamalan no iba a renunciar era a Philadelphia, donde una vez más se ubica la acción, tanto en el pueblecito de Newtown como en la granja escolar Delaware Valley, y al toque artesanal que redujese el número de efectos especiales al mínimo –las señales circulares de los campos de maíz, a lo Nazca, fueron hechas por máquinas, aunque apenas tienen importancia en la trama–. Tampoco los necesita la tendencia del director a insinuar el espacio en off mediante su cuidada edición de sonido y un score de James Newton Howard que fue compuesto, en contra de lo habitual, antes de rodarse la película. Quienes sí necesitaron el ordenador para pasearse por las imágenes fueron los extraterrestres, otra de las cuestiones delicadas que provocan que el film se desestabilice. Una vez que Shyamalan había demostrado su gusto y facilidad para trocar los lugares comunes y mostrar nuevas caras de criaturas familiares, resultó desconcertante su diseño convencional para las criaturas, uno de los menos logrados de la Industrial Light & Magic –a excepción del vídeo casero en un cumpleaños brasileño, tan desternillante como de terrorífico realismo–.

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Seres superinteligentes a los que nunca hemos visto –los más escépticos ni siquiera creemos en una posibilidad futura–, que desataron la imaginación de H. G. Wells hasta que el tema se encasilló en un hormigón pegadizo de muñequitos verdes. Parece que lo más fácil sería elucubrar con lo desconocido y no estilizar los divertidos diseños de «Los invasores de marte» (1953), «El enigma… de otro mundo» (1951), «Regreso a la Tierra» (1955) o «En los límites de la realidad». Pero Shyamalan dejó que ¡su hija pequeña! hiciese los dibujos que aparecen en el libro que el hijo de Graham hojea para hacerse una idea luego muy próxima a la verdad. Podríamos entenderlo, entonces, como un juego entre recuerdos de espectador infantil y tenebrismo de adulto, mucho menos amable que Spielberg, aunque éste también se haya endurecido –o eso dice– con los años. La opresión de la casa cerrada a cal y canto –con el truquito del niño enfermo– funciona mucho mejor que el misterio alienígena, la prueba de que en Shyamalan empezaban a escindirse las historias que de verdad quiere contar y las excusas de partida. Pero eso es un atrevimiento que el público sólo sigue dispuesto a perdonar a Hitchcock.

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En las imágenes: Fotogramas de «Señales» – Copyright © 2002 Touchstone Pictures. Distribuidora en España: Buena Vista International. Todos los derechos reservados.

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