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M. Night Shyamalan y los fantasmas

Años 90

M. Night Shyamalan y los fantasmas

M. Night Shyamalan, hasta la fecha, no ha repetido subgénero, y a pesar de que el impactante éxito de «El sexto sentido» (1999) pudiese haberlo especializado en cintas de terror sobrenatural. Los espectadores fruncían el ceño al oír su nombre, pocos especialistas recordaban «Los primeros amigos» (1998) más que como un título olvidable, pero ambos grupos se empezaban a preguntar quién era ese joven indio capaz de revolucionar las salas de medio mundo. De la nada absoluta a las reverencias de la crítica, las seis nominaciones al Oscar® –no se llevó ninguno, pero sí el mérito de ser la tercera producción de horror, tras «El exorcista» (1973) y «Tiburón» (1975), en competir por el premio a la Mejor Película–, y, especialmente, el agradecimiento de los fans que veían revitalizarse al género. Y de qué forma: desde ese momento, pocas historias de suspense fabricadas en Hollywood –y fuera de él– han prescindido del famoso twist final, muleta que a estas alturas sostiene a relatos de cojera curada de disimulo.

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Sólo hay que comprobar cómo la promoción de «Los Otros» (2001) en Estados Unidos se vio resentida por los enormes parecidos con el taquillazo de Shyamalan. Pero todo ídolo de barro presenta las huellas de quienes lo fueron moldeando. Los referentes del director a la hora de concebir «El sexto sentido» fueron asimilados mediante un lenguaje elegante y moderno, un estilo que se transformaría en marca de la casa junto a sus obsesiones ya comentadas. La peor, en sentido práctico, de todas ellas: el giro que impone una relectura de los acontecimientos, una sucesión de fogonazos-flashback en la mente de protagonista y espectador que convierten el primer visionado en una experiencia única y los siguientes en un juego donde se conoce la trampa. Eso con suerte y si nadie ha revelado de antemano la tecla de la discordia: yo, como tantos otros, fui una de las perjudicadas por el fenómeno boca-oreja revienta-argumento de «El sexto sentido», de modo que esa sensación la perdí para siempre –y sin ánimo de sonar fatalista…–.

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Tanto como las nuevas generaciones, expuestas a la popularidad del secreto y a que en cualquier publicación o, incluso, película —«50 primeras citas» (2004)– se ventile lo que Shyamalan guarda con celo durante las promociones. Como no hay mal que por bien no venga, ese conocimiento extra me enseñó a disfrutar de la película desde una óptica diferente, hasta el punto de que no considero los esperadísimos finales como piezas clave en sus obras. Tal vez porque «El sexto sentido» no es una película de terror y sí un thriller televisivo dotado de una narración excelente, a caballo entre «El exorcista» y «Gente corriente» (1980), tal como la definió su autor. ¿Qué era más importante? ¿Los muertos que puede ver el pequeño Cole —Haley Joel Osment, antes de presumir de originalidad y estrellar coches por Los Ángeles– o la incomunicación con su madre (Toni Colette)? El drama humano puesto a prueba por visitas inexplicables que pretenden reconocer la fragilidad del individuo y la única fortaleza de los lazos que lo unen a otros.

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Ese toque existencialista es lo que añade Shyamalan a la premisa básica de un episodio de la serie juvenil «El club de medianoche» (1991-1996), titulado «The tale of the dream girl». Este pequeño corto demuestra que la genialidad del realizador no tiene nada que ver con las sorpresas del guión, nutrido de los tradicionales motivos terroríficos con un tratamiento más realista y familiar. Los invitados del Más Allá en casa han sido habituales indeseados desde la comedia clásica —«El espíritu burlón» (1945), «El fantasma y la señora Muir» (1947), «Dulce evocación» (1940)– hasta las primeras haunted house«Los intrusos» (1944), «La casa encantada» (1959)–.  No faltan las conexiones argumentales, con cintas como «Una pareja invisible» (1937), «Jennie» (1948), «Amenaza en la sombra» (1973) y «El carnaval de las almas» (1962), aparte de las referencias a niños icónicos en el cine de terror, como Danny Torrance y sus visiones en el hotel de «El resplandor» (1980).

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La escalofriante candidez de los hermanos de «Suspense» (1961), la pequeña Carol Anne de «Poltergeist» (1982) o el Damien de «La profecía» (1976), de quien Cole sería su reverso benévolo, o su némesis sobre la Tierra, en términos de «El protegido» (2000). Y, ¿por qué no? vista la admiración de Shyamalan por Spielberg, resulta plausible que el personaje de Bruce Willis estuviese directamente inspirado por el de Richard Dreyfuss en «Always (Para siempre)» (1989). De su propia cosecha son las evocaciones fantasmagóricas fugaces y violentas, la mayor parte de las veces elípticas y, aún así, transmisoras de una tensión psicológica mayor que cualquier zarandeo explícito. La crueldad que rodea al personaje de Cole alcanza su clímax en una conversación propiciada por un accidente de tráfico, uno de los rasgos dramáticos recurrentes en el director, siempre asociados a declaraciones o descubrimientos de naturaleza inédita. De forma similar anuncia su inclinación por las imágenes reflejadas, aunque en esta película no ofrezcan el papel de dobles miradas y significados metafóricos de algunos ejemplos posteriores.

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Las pistas que deposita a lo largo del relato, lo cual revierte la teoría de la búsqueda del impacto último, en «El sexto sentido» adquieren el color rojo, símbolo del vínculo entre lo terrenal y lo espiritual. Antes de que se produzca alguno de estos encuentros, desgarradores o benévolos, Shyamalan incluye algún objeto de atrezzo rojizo, tonalidad típica y al mismo tiempo contrapunto de una puesta en escena triste y plúmbea. El detallismo del director no escapa a ese retrato cotidiano, de clase media, en una Philadelphia que, como en «El exorcista» que citaba, pesa una amenaza más inquietante que la materialización del horror, a lo que contribuye el equilibrado score de James Newton Howard. Incluso en los espacios sagrados, como la iglesia en la que se refugia Cole y que sirve a Shyamalan para introducir el debate entre fe y realismo al que aún no ha encontrado respuesta férrea. Que la película se rodase en orden secuencial, al igual que «El incidente» (2008), anima y otorga credibilidad a la relación entre los personajes, escasos y suficientes para expresar el desconocimiento mutuo en el que viven. Historia romántica hasta la médula o motivo para dejar de ir al baño por las noches, el aura mítica de «El sexto sentido» la precede como señal negativa de los productos destinados a marcar época antes que recuerdos cinéfilos no influidos por los medios de comunicación. El pulso de Shyamalan contra su propia fama había empezado.

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En las imágenes: Fotogramas y detalles de fotogramas de «El sexto sentido» – Copyright  © 1999 Barry Mendel Productions, Hollywood Pictures, The Kennedy/Marshall Company y Spyglass Entertainment. Todos los derechos reservados.

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