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Marc Webb y otros directores que se pasaron del cine indie al mainstream

Escrito por el 04.07.12 a las 12:46
Archivado en: Acción, Cine americano, Directores, Fantástico

El 10 de agosto de 2012 Spider-Man cumplirá sesenta años y Marvel, aliada con Sony Pictures, se decide a —démonos el gusto del chiste fácil— remozar las telarañas que cubren el traje del trepamuros; y mozo es el capitán escogido para conseguir que al superhéroe de Stan Lee y Steve Ditko no le destiña el rojo de las mallas a la vergüenza. Marc Webb, quien en 2009 diera el campanazo en Sundance, ese buque insignia de todo sleeper seguido por fanfarrias de hype, con la anti-comedia romántica “(500) días juntos”, le revisa el cutis a Peter Parker, en amago de opción descabellada. Y, sin embargo, no olvidemos que el de Sam Raimi tampoco fue un nombre fácil de digerir, el primer hacedor de un Spider-Man de fotogramas allá por 2002 —parece mucho desde que los vuelos del Duende Verde por Manhattan parecieran el súmmum de set piece superheroica, pero no hace tanto—.

Raimi, como Webb, se entrenó y se estrenó a sí mismo en el extrarradio de toda significancia marvelita, aunque en sus ratos de ocio la amara: el heroísmo del cineasta de recursos limitados y ambición sin patrones de corte no guarda demasiada relación con la de un adolescente huérfano que se presta como servicio público —¡y en los tiempos que corren, ya ni como complemento a su exiguo salario de becario en el Daily Bugle!— para limpiar de escoria los callejones, y no de la que se recoge con escoba. O sí, por qué no: la teoría del pequeño entusiasta de las Super 8 que acumula en su historial rollos de cinta barata, en todos los sentidos, hasta que alguien las ojea, les descubre y potencial y, ¡oh, al fin!, la atención mediática, el reconocimiento, el sustituto del amor incondicional de esos padres que una noche salieron por la puerta y no le aplaudieron los triunfos.

Pero eso implicaría aplicar la psique de Parker a la de todo cineasta indie llamado de pronto por la bat-señal de Hollywood: recordemos que hay veces en que el héroe la distingue en la lejanía, apelándole, pero que está harto y cansado de esperarla o, también, de seguirla. Sam Raimi era un hombre libre hasta que Spider-Man entró en su vida; al menos ése es el argumento más extendido para explicar las fallas y faltas que muchos fans decepcionados encuentran en sus tres entregas del joven arácnido. Podríamos fantasear con un Spider-Man surgido del lodo con la plena libertad de una “Posesión infernal” (1981), pero no procede: cuando el director independiente acepta el tiquet de una gran productora, sabe que parte de su alma se ha rasgado con la misma irreversibilidad que ese trocito de papel. Aparte de que al final del viaje, cargado de loops, habrá tanta adrenalina como vomitonas sin sentido.

¿Qué puede convencer, entonces, a alguien como Marc Webb para apuntarse al reboot de Spider-Man, tras hablar en su debut en el largometraje de ex novias maquiavélicas, epifanías en salas de cine que mezclan a Bergman y a Simon y Garfunkel, y musicales post-coitales? Enfoquemos de nuevo la pregunta: ¿qué insufla a un sello tan poderoso como Marvel la confianza de que un primerizo comande la tarea de resucitar a uno de sus personajes más queridos? La noticia resultó chocante, si bien no es nueva, y siempre es más rentable para el gran estudio que un nombre nuevo se la juegue —y en más de un triste caso se la pegue—, además de la rebaja de salario que supone con respecto a la contratación de alguien de renombre, más curtido, pero cargado de ideas peligrosas. Y si algo no desea la grasa industrial es que venga un director a imponer dietas: concluyamos que Webb era el candidato ideal para hablar de la faceta emotiva, conflictiva y hormonada de un Peter Parker que contempla su metamorfosis superheroica como algo más cercano al terror que a la aventura. Algo así como lo que Tom experimentaba ante el monstruo Summer en “(500) días juntos”.

La cuestión es ¿y qué será ahora de Webb? Contemplemos algunos casos similares al suyo, y por no abandonar de modo brusco esta inestable cornisa temática mantengamos la mira en las adaptaciones de cómic. Tim Burton y Christopher Nolan, cada uno con su inequívoco y peculiar estilo, parecieron aparcar sus trayectorias de bajo presupuesto por encapucharse junto a Batman, el segundo con mayor fortuna que el primero. No obstante, tampoco puede decirse que Burton no supiera recuperarse del peso de trabajar para la Warner, ni que a pesar de sus siguientes aportaciones de creatividad autónoma no volviera a venderse, de equipo y de mente, incluso cuando más personales debieran haber sido sus proyectos, caso de esa Alicia disneyana. La clave que explica la supervivencia de Burton y Nolan estriba en su capacidad, conveniente para los estudios y muy elegantemente incluida por ambos, de aplicar sus improntas a universos ajenos, en lugar de dejar abducirse por lo externo.

Marc Webb quizá lo consiga o no con los institutos de Spider-Man; quien desde luego lo alcanzó en mucha menor medida fue Bryan Singer en la saga “X-Men”, eficaz y valiosa por sí misma, aunque absolutamente ajena a aquella opera prima del director (“Sospechosos habituales”, 1995) y a sus fracasados intentos por elaborar discursos ajenos a la franquicia Marvel. ¿Qué se necesita para que el trasvase de la periferia indie al exquisito centro comercial de las majors no se salde con la destrucción del pobre incauto, y que lo deje sin dinero para pagarse el peaje de regreso? Costará no imaginarse a la diosa Suerte con su péndulo Azar sobre estas consideraciones, o si no piénsese en la escasa repercusión de Justin Lin y John Singleton, quienes pasaron de obras iconoclastas y nerviosas como “Better luck tomorrow” (2002) y “Los chicos del barrio” (1991) a la costosa esfera —también nerviosa e iconoclasta— de la saga “Fast & Furious”. O el aún más extraordinario ejemplo de Gavin Hood, director sudafricano que gana un Oscar con “Tsotsi” (2005), un relato sobre bandas en Johannesburgo, y se pasa al spin off de “X-Men orígenes: Lobezno” (2009).

¿Más rarezas que desprenden un tufillo a desesperación comercial o a confusión sobre papel en los despachos de los productores? Burr Steers cambiando al Kieran Culkin de la muy alternativa “La gran caída de Igby” (2002) por Zac Efron en “17 otra vez” (2009); Karyn Kusama aprovechando su visión de una “Girlfight” (2000) para el anime de carne y hueso “Aeon Flux” (2005); Michel Gondry, autor de obras tan al margen de la tendencia como “La ciencia del sueño” (2006), convencido de que una versión de “The Green Hornet” (2011) con Seth Rogen es una buena idea; y Kevin Smith reciclando sus orígenes de trastienda en comedias románticas chuflas, Guillermo del Toro yendo de la Guerra Civil española al sanguinolento montaje de “Blade II” (2002), Tarsem Singh sustituyendo los rodajes de años de duración por la veloz maquinaria de “Immortals” (2011) o “Blancanieves (Mirror, mirror)” (2012)…

No todo esto implica, ojo, que las incursiones en el mainstream de estos espíritus independientes sean dignas de repudio. Lo que interesa, más que la calidad del resultado, es el proceso de escalada que, en ocasiones, parece responder más bien a un tironeo ejercido desde los sillones de altos mandatarios. Eso y, luego, el curioso comportamiento de cineastas consagrados y besuqueados por todos los palmarés del año y el globo que sufren accesos de Parkinson creativo e intercalan lo indie con extravagancias comerciales, a veces resultonas como el caso de Luc Besson o Spike Lee, a veces directamente provocadoras de facepalm en cadena, como Gus Van Sant, tan capaz de la maestría sin escuadras ni plantillas de guía de “Paranoid Park” (2007) como de la moñez inherente a “Descubriendo a Forrester” (2000). O qué le ocurrió a Wayne Wang contando un relato de hadas con Jennifer Lopez en “Sucedió en Manhattan” (2002), si antes había demostrado una fuerte inclinación por lo oriental, lo pausado, lo raruno… La misma enfermedad que un día se le coló por los oídos a Robert Altman y le susurró que debía aceptar ese proyecto sobre “Popeye” (1980), o a Neil LaBute persuadiéndolo de que un remake de “Wicker man” (2006) con Nicolas Cage relanzaría la carrera de todos los implicados… aunque en este último título los triunfos fueron sublimes, pero no en el la dirección que el estudio hubiera deseado.

No nos engañemos: algunos han hecho de esta oscilación entre los métodos de producción y mercado un oficio; léase Steven Soderbergh, tan impersonal —o capaz de lo íntimamente personal, según quien lo observe— en una saga Ocean’s como en experimentos outsider estilo “Bubble” (2005) o “The girlfriend experience” (2009). ¿Sinceras acomodaciones a los vaivenes de las necesidades industriales o mera pose? A algunos les ha acabado por sentar bien, como a Doug Liman y su paso de la comedia minoritaria al estoico panorama de Jason Bourne; unas cuantas franquicias, como ésta, se basan también en el señuelo de contraponer el envoltorio de un marketing muy bien estudiado que atrae a las mayorías y el inaudito apellido que han conseguido mediante una jugosa nómina o alguna cláusula —después revisable— de libertad creativa. Michael Apted o Sam Mendes para James Bond, por continuar en el ámbito de los espías; pero recuérdese a Alfonso Cuarón en unas coordenadas tan disímiles a “Y tu mamá también” (2001) como Harry Potter, saga para la que firmó una muy original y compacta tercera entrega.

Convendría, asimismo, desplazarse mucho más atrás en el tiempo: ¿no es la misma actitud que demostraron los jóvenes revolucionarios de los setenta, esos George Lucas, Steven Spielberg, Martin Scorsese que terminaron firmando auténticos blockbuster, a veces con bajo presupuesto? La disyuntiva aparece al definir las cualidades del mainstream que hacen ese salto desde el indie tan acusado: ¿es un presupuesto desorbitado, es la marca imborrable de una gran cadena o estudio, es la contratación de rostros más que populares y conocidos? Ni siquiera así, pues la fórmula se resquebraja en numerosas ocasiones: ¿fue Darren Aronofsky mainstream por utilizar de pareja central a Rachel Weisz y Hugh Jackman en “La fuente de la vida”  (2006), después de haber trabajo con desconocidos en “Pi, fe en el caos” (1998)? ¿Lo fueron Mark Jay Duplass en “Cyrus” (2010) por confiar en un cómico de la talla de John C. Reilly, aunque el tono mordaz de la película se mantuviera a distancias muy prudentes de lo aceptable y mediático en Hollywood? ¿Y qué pasa con esas jóvenes promesas que se desvirgan con una franquicia como “Alien” antes de empezar a desarrollar proyectos menos ruidosos durante su rodaje, y hablamos de David Fincher? ¿O las que imitan precisamente la apariencia de obscenos trucos comerciales en cintas que resultan ser todo lo contrario, y ahora le toca el turno a Robert Rodriguez?

Sea una cuestión del indie como pasaporte al mainstream, un breve paseo movido por la curiosidad, o el deseo del primerizo por olvidar los malos recuerdos y sinsabores de los rodajes al límite y las pagas exiguas, lo cierto es que no se trata de un fenómeno unidireccional, ni retroactivo, ni clasificable en un único patrón de conducta. No hay mejor nombre para cerrar esta discusión abierta que uno de los mencionados más arriba, ese Luc Besson que ha hecho de lo francés, quizá la etiqueta más prostituida entre el caché y lo espurio, un punto de encuentro entre la obra de género y la caligrafía privada, considerando la naturaleza de la obra como un ejercicio de punto de vista. Que ese salto de lo indie a lo mainstream sea observado desde la perspectiva de un director o de un productor, y Besson ha ejercido ambos cargos en su carrera, marca una diferencia sustancial en el tema.

¿Quién le iba a decir a él, o al director Pierre Morel —autor de un macarra videojuego por las calles de París en “Distrito 13” (2004)— que una película mainstream como “Taken” (2007) según los cánones europeos —por presupuesto, por clasificación genérica, por recurrir al peso estelar de Liam Neeson— sería una delicatesen indie en comparación con la brutalidad —de metraje, de recursos técnicos, de campaña promocional— que le habría impuesto Hollywood? Ahora, alguien que también empezó por lo ‘bajo’ como Olivier Megaton —tras demostrar su viabilidad para lo comercial con “Transporter 3” (2008)— adquiere la responsabilidad de hacer de “Taken 2” (2012) otra obra maestra a la altura. Y, aun así, su nivel de exigencias no es comparable al de Marc Webb y un Spider-Man. Aunque podríamos asegurar que Bryan Mills sería capaz de cortar las telarañas con una sola mirada de soslayo, lo cual hace que el triunfo no pertenezca exclusivamente a quién se coloca tras la cámara, sino a qué glorioso material se sitúa delante de ella.


En las imágenes: Marc Webb en la presentación en España y en un momento del rodaje de “The amazing Spider-Man” © 2012 Sony Pictures. Sam Raimi en el rodaje de “Spider-Man” © 2002 Columbia Pictures, Sony Pictures y Marvel Entertainment. Christopher Nolan en el rodaje de “Origen” © 2010 Warner Bros. Entertainment. Justin Lin en el rodaje de “Fast & furious 5” © 2011 Universal Studios. Tarsem Singh en el rodaje de “Immortals” © 2011 Universal Pictures. Neil LaBute en el rodaje de “Wicker man” © 2006 Alcon Entertainment, Millennium Films, Saturn Films, Emmett/Furla Films, Equity Pictures Medienfonds y Nu Images Entertainment. Sam Mendes en el rodaje de “007 Skyfall” © 2012 Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia Pictures, Eon Productions, Danjaq y United Artists. Darren Aronofsky en el rodaje de “Cisne negro” © 2010 Fox Searchlight Pictures, Cross Creek Pictures, Protozoa y Phoenix Pictures. David Fincher en el rodaje de “Alien 3″ © 1992 20th Century Fox y Brandywine Productions. Luc Besson en el rodaje de  “The lady” © 2011 Europa Corp, France 3 Cinéma y Left Bank Pictures. Todos los derechos reservados.

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1 - Fresa Salvaje - 4:50 - 12.07.12

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