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Max von Sydow, la aritmética emocional y la ecuación cinematográfica

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Max von Sydow, la aritmética emocional y la ecuación cinematográfica

«El espíritu está pronto, pero la carne es débil» será para siempre la frase más famosa declamada por Max von Sydow –si es que aún no tiene reservada alguna sorpresa–, el actor de origen sueco y familia humilde que retó a la Muerte a una partida de ajedrez en “El séptimo sello” (1957), como usual de Bergman que era –aparte de ésta, rodaron otras doce películas juntos, desde sus éxitos más extendidos como “Fresas salvajes” (1957) o “El manantial de la doncella” (1960) hasta sus piezas más crudas, como “Los comulgantes” (1962)–. Cabría preguntarse si el intérprete posee no el talento ni la disposición espiritual, sino la carne de la que se aquejaba: la elevada estatura, la nariz recta y los ojos duros le imprimen una apariencia de estatua gótica que acaba de cobrar vida en alguna fachada catedralicia. Un físico que le ha ofrecido una ventaja mayúscula a la hora de apropiarse de todos los papeles de carácter omnipotente o imponente. Que fuese Jesucristo en “La historia más grande jamás contada” (1965) lo dice todo.

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Su voz cavernosa, representante de los ecos nórdicos que tanto inquietan a los estadounidenses, retumbó contra la meca del cine en cuestión de pocos años. La proyección internacional de la filmografía de Bergman también contribuyó a que George Stevens lo contratase para la superproducción bíblica antes mencionada, de modo que un curtido estudiante de teatro pasó a ser habitual de los platós más selectos en las grandes majors. Aunque la elección de Stevens pudiese resultar descabellada, principalmente por la perpetuación de tópicos visuales en la figura del Mesías, más dificil parece toparse con algún papel en su carrera que no aprovechase su anatomía nórdica. Mantuvo su relación profesional estrecha con Bergman a la espera de alguna oferta sustanciosa, que finalmente se produjo cuando John Huston lo reclutó para “La carta del Kremlin” (1970). La tradición del thriller con soviéticos siempre ha necesitado figuras identificables, encasillamiento del que Sydow se libró al fin en la revolucionaria “El exorcista” (1973). El impacto de su estreno simultáneo en Estados Unidos y la aureola mítica que empezaría a rodear al padre Merrin, un Sydow retado de nuevo por una muerte inhóspita y turbadora, fueron suficiente certificación de que Hollywood, por entonces decadente, necesitaba aires de otros continentes.

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Llegaron así ofertas relucientes: “Los tres días del cóndor” (1975) o “El viaje de los malditos” (1976), junto a propuestas más arriesgadas como “La muerte en directo” (1980), de Tavernier. Su apariencia firme no lo ha librado de ciertas asociaciones tópicas al mundo de la villanía –le fue ofrecido encarnar al doctor No en la primera aventura de James Bond, aunque finalmente participó en la extra-oficial “Nunca digas nunca jamás” (1983)– o los reinados mitológicos —“Flash Gordon” (1980) o “Conan, el bárbaro” (198) o “Dune” (1984)–. Su dedicación al cine norteamericano, con ciertas incursiones europeas, le valió la nominación al Oscar® por “Pelle, el conquistador” (1987), a pesar de que durante toda la película no pronunciaba una palabra de inglés, y pronto comenzó su incursión en cintas más intimistas, también por razones de edad que empezaban a apartarlo de los tintes épicos. Woody Allen, irredento de Bergman, no pudo resistirse a él en “Hannah y sus hermanas” (1986), y a partir de ese momento se convirtió en un invitado de lujo para “Despertares” (1990), “Juez Dredd” (1995) o “Europa” (1991), de Lars von Trier, cuya voz en off aún resuena por aquel «deeper and deeper and deeper…»

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Por cierto que asumió el rol de Sigmund Freud en un capítulo de “Las aventuras del joven Indiana Jones”, tan candente ahora. Por desgracia, su presencia es más frecuente en el medio televisivo –en relatos fantásticos, históricos o… ¡como el abuelito de Heidi!– que en la gran pantalla, y en los últimos años nos hemos conformado con verlo brevemente en “Mientras nieva sobre los cedros” (1999), “Minority report” (2002), donde componía un perfecto ejemplo de cálculo expresivo y un escalofriante clímax, amén de un no menos emotivo papel en “La escafandra y la mariposa” (2007). El estreno esta semana de “Aritmética emocional” (2007), donde comparte escenas junto a Susan Sarandon, nos devuelve al Max von Sydow más humano, el que antes de encarnar a todos los crueles e impasibles coroneles y mandamases del mundo fue vencido por el miedo a la muerte. O no: esperemos celebrar el año próximo sus ochenta y estupendos años.

En las imágenes: Fotograma de “Aritmética emocional” © 2007 Golem. Todos los derechos reservados. Fotograma de “El manantial de la doncella” © 1960 Svensk Filmindustri (SF). Todos los derechos reservados. Fotograma de “La escafandra y la mariposa” © 2007 Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

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