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Michael Haneke: El cordero con tripas de lobo

Años 90

Michael Haneke: El cordero con tripas de lobo

Lo más obvio que podría afirmarse respecto de Michael Haneke a estas alturas es que desagrada y perturba. El error que se comete al dejar caer tranquilamente —o con horror mal disimulado, cosa que sin embargo a él le haría mucha gracia— dicha aseveración fundamenta las sospechas que han alimentado la filmografía de este director autriaco. El desagrado y la perturbación las extrapolan espectadores acomodados a las películas que tienen enfrente o al autor que las ideó inspirándose, sin duda, en las fobias y alergias sociales que padece ese mismo público, entrenado en las pistas de la hipocresía. También constituiría una falacia señalar que Haneke es el único director contemporáneo, al menos europeo, capaz de mostrar la realidad más hiriente desde una pantalla desnuda. Con un poco de memoria o simple repaso de la cartelera reciente veríamos que el consumo de imágenes horripilantes extraídas de la realidad —o tamizadas por la hipérbole, lo cual reafirma aún más nuestra capacidad de aguante visual— no es algo infrecuente.

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Más bien al contrario: se paga con dinero y tiempo de esos cortos y preciosos fines de semana para conocer con pelos y señales secuestros, maltratos, injusticias callejeras, puñaladas, violaciones, diálogos banales, amputaciones, torturas, deformaciones físicas. Entonces Haneke —sin insinuar con esto que haya sido y sea el único en hacerlo— voltea la diana y muestra al monstruo latente tras esa máscara de repulsión que, a la par, disfruta con ella. Tal vez sea el castigo por nuestra apacible vida, otra obviedad en la que no conviene insistir. Los personajes de su cine, burgueses y anónimos, odiosamente normales y normalmente odiosos, también viven secuestros, torturas, amputaciones, maltratos, diálogos banales. Y ese ataque satírico, que marca con la pausa impedida por el medio televisivo —y a veces favorecida por él mismo, como es el caso del rewind de «Funny games» (1997)—, despierta la incomodidad de un espectador acostumbrado a los puñetazos en el estómago, pero no a la acidez.

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Por ese motivo, pienso, he visto a algunas personas abandonar a media proyección la sala, discutir azoradas a la salida, gritar de espanto como no lo habrían hecho ante cualquier psicópata de hacha y machete. O quizá han comprendido el estúpido gasto de dinero y tiempo que les ha ocasionado una broma de tan mal gusto y de textura impenetrable. Tampoco le faltaría razón a esta tesis, pues Michael Haneke esconde a un bromista nato bajo esa apariencia de diseñador de alta costura, mirada dobla-cucharas, líder sectario y cineasta intelectual. Antes de arracimarse a esta última categoría, en la más pura línea de Antonioni, Buñuel, Tarkovsky o Bresson, Haneke cultivó su melomanía —demostrada ampliamente en la ambientación de sus películas— como director de orquesta en la ópera, además de hacer honor a sus raíces familiares —su padre, Fritz Haneke, fue director y actor televisivo, al igual que su madre, Beatrix Degenschild— estudiando teatro en la Universidad de Viena, junto a la filosofía y la psicología que explican, en parte, su analítico y ambicioso estilo.

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En el futuro no se desentendería del todo de esta faceta académica, pues ha impartido clases magistrales en la capital austriaca sobre ese séptimo arte al que llegó ¿demasiado? tarde. Fiel a su formación, Haneke se estrenó en el mundo teatral como libretista y director que, por razones pecuniarias, pronto tuvo que venderse a la televisión de los setenta. De adaptar a Goethe sobre las tablas a filmar miniseries que, en nuestro país, pondrían los pelos de punta de cualquier cadena con hambre de share. En estas tv movies ya apunta su interés por la soledad como causa y fin de todos sus demás leitmotiv, hasta que brota su primer esqueje cinematográfico: «El séptimo continente» (1989). Con esta abrupta historia real de suicidio colectivo empieza la trilogía de la «glaciación emocional», en palabras del director.

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«El vídeo de Benny» (1992) y «71 fragmentos de una cronología del azar» (1994) enredarían aún más la madeja en plena efervescencia de credibilidad audiovisual, poderío informativo y control impuesto por cámaras, de vigilancia o caseras, que poco a poco otorgan al individuo corriente el mando sobre el contenido de las películas… y la realidad. ¿»El vídeo de Benny» refleja la inestabilidad de jóvenes sedados por la violencia o han surgido nuevos Benny a raíz de películas-denuncia superfluas? Haneke no lanza las preguntas, sino las imágenes y las conexiones variables entre ellas, que después marcarían a «Código desconocido» (2000) —copiada por directores modernetes como Iñárritu—. Frente al montaje despiadado, la tensión del encuadre inamovible, de lo que nunca cambia y se ha sometido a las reglas de ese estrecho rectángulo, como en «Funny games» y «Caché (Escondido)» (2005). Las intenciones críticas de su cine quedaron bien claras con la adaptación de «El castillo» (1997), de Kafka, la obra representativa del hombre atrapado en los sistemas autoritarios a cuya creación él mismo contribuye.

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La pescadilla que se muerde la cola, como el director que arquea la ceja ante la industria, pero recibe honores bañados en oro —el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes por «La pianista» (2001), la cinta que creó la leyenda de los desmayos y los abortos espontáneos—. A partir de ese momento Haneke comenzó un cuestionamiento de sí mismo que, contradictoriamente y al mismo tiempo, afianzó su prestigio entre los críticos y su rechazo entre la audiencia. «El tiempo del lobo» (2003) relee en clave inversa «Funny games», película que ahora revisa desde una óptica extranjera: el dominio estadounidense por antonomasia de las historias acusadas de huecas y violentas. «Caché», con su juego de flashbacks y ubicaciones de cámara, trazó un gran guignol brechtiano con el que Haneke se reía de su propia frase, «el cine es 24 mentiras por segundo al servicio de la verdad». Ahora, después de una temporada de rodajes franceses, el director visita su país vecino, Alemania, con «Das weiße band», todavía en fase de producción, para ahondar en la herida del aprendizaje totalitario previo a la Gran Guerra, donde no podrá contar con su actor fetiche, Ulrich Mühe, fallecido el pasado verano. Los profesores estrictos nunca se amoldan a las convenciones sociales: Haneke continuará repartiendo reglazos en los nudillos a destajo.

En las imágenes: Detalle del cartel promocional de «Funny games» – Copyright © 2007 Halcyon Pictures, Tartan Films, Celluloid Dreams, X Filme International, Lucky Red, Belladonna y Kinematograf. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. Fotograma de «Funny games» – Copyright © 1997 Wega Film. Todos los derechos reservados. Fotograma de «Caché (Escondido)» – Copyright © 2005 Les Films du Losange, Wega Film, Bavaria Film y BIM Distribuzione. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados. Fotograma de «Código desconocido» – Copyright © 2000 Cinemien, MK2 Diffusion y Prokino Filmverleih. Todos los derechos reservados. Fotograma de «El tiempo del lobo» – Copyright © 2003 Les Films du Losange, Wega Film, Bavaria Film, France 3 Cinéma y arte France Cinéma. Distribuida en España por Pirámide Films. Todos los derechos reservados.

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