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Anécdotas y curiosidades

«Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres»: Disección de un fenómeno

La urbe también comienza la operación biquini y por sus entrañas discurren las digestiones de una dieta escueta y homogénea: los miles de usuarios adultos de metro que se avergonzaban de leer Harry Potter forrándolo con papel de periódico, hace meses que sacan del bolso como un trofeo algún volumen de la trilogía «Millennium» de Stieg Larsson. Todas las cubiertas visten de negro y todos se tragan a empellones el tochazo, los puñados de verbos auxiliares, los informes informativos tan redundantes como ininteligibles, la levedad de una novela negra de baja calidad revestida del moderno aval de las sobrecubiertas de quita y pon con estratosféricas cifras de ventas, lectores y calorías impresas. Porque leyendo a Stieg Larson uno no engorda, uno pasa el trecho de estación a estación. Y si algún incauto nunca ha oído hablar del asunto, todas las miradas se elevarán hacia él con la intensidad de los villanos desquiciados, y empezará a pensar si no se ha equivocado de línea, si está en un error por entusiasmarse con la proximidad del verano y no con el perpetuo invierno sueco de ese milenio apocalíptico e informático.

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El autor: Haya intercedido o no su fatal destino en el volumen de recaudaciones de la saga «Millennium», lo cierto es que el repentino fallecimiento del escritor de un infarto, poco antes de que saliese a la luz la primera entrega, sólo favorece a los editores, que se ahorran los viajes de promoción internacional, las sesiones de fotos y la batalla por los porcentajes a cambio de apoyar las expectativas sobre el éxito del libro anterior. El filtro autobiográfico de las novelas —Larsson había trabajado durante años como reportero de investigación en «Expo»— se hace patente en el tono denuncia que sobrevuela las tramas y que encabeza cada capítulo de datos estadísticos; una narración superheroica acerca de un periodista concienciado con los abusos económicos y las lacras sociales de su avanzado país. En el nuestro ya se han editado las dos primeras partes, «Los hombres que no amaban a las mujeres» y «La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina», y en pocas semanas «La reina en el palacio de las corrientes de aire» cerrará el ciclo y alentará las apuestas acerca de la pervivencia de la fiebre Larsson, especialmente ante la imposibilidad de que se publiquen nuevas obras suyas.

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La obra: ¿Qué extraña bacteria salta de un estilo literario tan frío y expositivo para contagiar esa lectura apresurada que después se comenta como un logro? Tal vez «Los hombres que no amaban a las mujeres», y en contra de lo que pudiesen insinuar su número de páginas y su sobrecarga informativa, sea un libro para no-lectores, para regalos que sacan del apuro, para elecciones en la fiesta de Sant Jordi. Su autor la calificó, no sin cierto aire profético, de bombazo, pero la esencia del volumen inicial se confiesa entre sus líneas: en varias ocasiones se menciona el misterio de la habitación cerrada, es decir, ese mecanismo narrativo que consiste en provocar un crimen en un lugar sin salidas ni entradas al que asiste un número determinado de sospechosos. Agatha Christie —y similares autores suecos mencionados en la novela y que al español no especialista le sonarán a chino— sin motivaciones pasionales, «Diez negritos» en una isla donde se celebra la multitudinaria reunión familiar de los Vangler, de repente cercados por un accidente de tráfico y por una tragedia que pone colofón a la jornada: Harriet Vanger (Ewa Fröling), de diecisiete años, se esfuma para siempre. El libro completo es en sí mismo un truco de Houdini, un seductor movimiento de manos que distrae la mirada antes de propinar la colleja. Y, entretanto, desliza en el oído críticas al ya desfasado imperio puntocom y a los machistas en esa sociedad del cálculo, el rendimiento, los horarios y la gelidez, cuyo odio hacia las mujeres resulta mensurable en informes que el gobierno oculta bajo la confortable cama de uno de los mejores niveles de vida del planeta.

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Lisbeth Salander: El relato desdoblado en dos narraciones omniscientes puede conducir a confusión, pero la protagonista absoluta para Larsson es esa hacker disfuncional que se protege mediante una fachada gótica, unos tatuajes a lo memento mori, un entrenado radar para hacer la cobra a cualquier atisbo sentimental y la distracción de espiar al resto, husmeando en sus carpetas escolares y sus discos duros desde la seguridad de su MacBook. Sin ella no existiría evolución emocional, ni el sentido de justicia que nace de las tripas y no de las leyes, ni el carácter pintoresco que decore la gris y mediocre existencia de los demás personajes. Los diálogos salpicados de circunloquios informáticos y someras descripciones sobre la forma de eludir un firewall o mover los hilos de ilegales transacciones bancarias son ese peaje actual que hoy fascina y mañana engrosará los anales costumbristas. Las lupas, los interrogatorios y el Quiminova se van a la papelera de reciclaje de esos portátiles que aligeran el equipaje del detective y que provocan más miedo que un psicokiller suelto: su sencilla anatomía alberga todas las herramientas para el bien y el mal, para saberlo y verlo todo sin salir de un cuarto. Para husmear en la vida privada del culpable y para cazar al inocente que trata de escapar. El milagro y el apocalipsis en manos de Apple y Microsoft.

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Mikael Blomkvist: Protagonista desplazado por su compañera, aunque no crucen caminos hasta la mitad de las páginas y entre ellos chispee algo más profundo que esos affaires en los que se prodiga el periodista. Cabeza pensante de la revista «Millennium», a la que sume en la bancarrota por un reportaje que pretendía denunciar los fraudes financieros del empresario Wennerström (Stefan Sauk) y que agrega unos meses de cárcel a su currículo. Aceptar la propuesta del viejales y ex emperador comercial Henrik Vanger (Sven-Bertil Taube) de resolver el misterio que asoló a la isla de Hedeby décadas atrás puede salvar a «Millenium» y dificultar aún más las vidas de Lisbeth, Mikael y su colega y amante Erika Berger (Lena Endre). La dejadez inicial va cediendo paso al entusiasmo de nuevos descubrimientos, partiendo de detalles que todas las investigaciones policiales habían obviado —y, como suele definir al género, bastante increíbles y traídos por los pelos—, hasta que el asunto adquiere tintes personales y el investigador se adjudica el temerario rol de justiciero.

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El asesino: No existe misterio sin carnicero, ya no es tiempo para que los lectores cierren el libro sin tener clara la identidad del culpable, libertad que sí puede tomarse un ejemplo de alta literatura, como Wilkie Collins. «Los hombres que no amaban a las mujeres», detrás de su título-denuncia, esconde una estructura de «Los cinco» para mayores de dieciocho años que resistan la tentación de hojear las últimas páginas. Lo que debería ser un MacGuffin acaba monopolizando la atención de la novela, transmutándose ésta en una reproducción en papel de los típicos thrillers cinematográficos con lobo de piel de cordero y riesgo en ritmo ascendente hasta una confrontación de eternos diálogos reveladores. Los psicópatas pésimos hablan más de la cuenta y se refugian en sótanos secretos y coartadas esotéricas y fanáticas que creíamos exclusivas de Dan Brown y la novela templaria. Parece que en esta era de crisis el terror literario a Jack el Destripador todavía no ha sido superado por los crímenes bancarios…

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La película: Best seller y taquillazo son dos palabras obligadas a acostarse juntas para ofrecer a editores y productores, esos padres de alquiler, una orgullosa prole con apellido de euro mejor que de dólar. Mientras Estados Unidos aún se resiste al fenómeno Larsson, Suecia se adelanta a las peticiones populares en su año cinematográfico: tras el boom de «Déjame entrar» (Tomas Alfredson, 2008), «Millenium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres» es la segunda adaptación literaria que nos llega de un país que usualmente apenas aporta nada a las carteleras. Su director, Niels Arden Oplev, es un completo desconocido más allá de sus fronteras, a pesar de que con «Drømmen» (2006) ganó el Oso de Cristal en la Berlinale. Noomi Rapace, que se metamorfosea hasta el límite en Lisbeth, ha adquirido una fama repentina entre el público sueco después de varios años dejándose ver por la televisión sin ningún mérito, y Michael Nyqvist se agencia a Blomkvist tras una década de tv movies, series y algún éxito como «Juntos» (Lukas Moodysson, 2000). Daniel Alfredson ha sido asignado para la dirección de las próximas entregas, aunque el suma y sigue de superventas habría sentado a otro Alfredson, Tomas, para redondear el triunfo de Suecia en Europa. Al menos a las playas de la Costa Azul y la Costa Brava ya emigra algo más que familias de sonrosados olmenses: ahora también toman el sol sobre las tumbonas las negras y congeladas al vacío novelas de Stieg Larsson.

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En las imágenes: «Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres» © 2009 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Fotografía del autor Stieg Larsson © Expressen, Britt-Marie Trensmar. Todos los derechos reservados.

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