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«Monstruos contra alienígenas» y dibus vs. actores

Actores y actrices

«Monstruos contra alienígenas» y dibus vs. actores

Es la nueva estrategia de las productoras para celebrar preestrenos con alfombras rojas y el motivo de que el gremio de dobladores profesionales se esté rasgando las vestiduras. «Monstruos contra alienígenas» (Rob Letterman y Conrad Vernon, 2009) ha sido la última en abducir a Reese Witherspoon, Hugh Laurie, Seth Rogen, Paul Rudd y Kiefer Sutherland. Pocas películas de animación tendrán un póster promocional sin nombres de celebrities impresos a gran escala, prácticamente eclipsando el contenido cinematográfico y los personajes que protagonizan la acción, a menos que el milagro digital les haya dotado de los mismos rasgos faciales que quienes les prestan voz. Mientras que ahora muchos de los dibus carecerían de significado popular sin su referente de carne y hueso, antaño algunos intérpretes debían esconderse en la animación bidimensional para rascar algún sueldo extra. Un fenómeno que Hollywood ha exportado en un abrir y cerrar de ojos al famoseo de cualquier país, con todas las ventajas y desventajas de la globalización: no todas las estrellas pueden garantizar un nivel de calidad óptimo con sus aptitudes de doblaje.

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La precisión de los actores estadounidenses al abordar estas tareas ha sido demostrada con creces desde el nacimiento de la moda, durante el regreso a principios de los noventa de las citas anuales con Disney. La explicación no deja en ridículo las cuerdas vocales de otras nacionalidades, sino que parte de una premisa básica: las producciones se amoldan desde su gestación a las necesidades del país de origen, de tal modo que un trabajo intenso y paciente con los actores desde el proceso de bocetado de los personajes asegura una correspondencia fluida entre dibujos animados e intérpretes reales. Los grandes estudios piensan con toda lógica en su mercado principal, el patrio, dejando en manos de la providencia y de unos distribuidores con más o menos ganas de llenar el bolsillo o respetar el producto lo que se haga fuera de las fronteras. Y esa aparente despreocupación parece deberse a un aprendizaje de campo antes que a una verdadera actitud negativa: nefasto fue el exceso de control que Kubrick impuso sobre los doblajes internacionales de «El resplandor» (1980) —Verónica Forqué gritando aquello de «¡Jack, Jack!»— o, de regreso al ámbito animado, las versiones que Phil Collins hizo de las canciones de «Tarzán» (Chris Buck y Kevin Lima, 1999) en castellano, francés, alemán e italiano, guiándose únicamente por imitación fonética.

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Sin embargo, quien arrojó la primera piedra ahora se queja de la yihad de actores arribistas. John Lasseter, mandamás del imperio Pixar y de la subdivisión digital Disney, ha defendido en numerosas ocasiones que su recurrencia a alguna cara famosa se debe exclusivamente a los requerimientos dramáticos del personaje y a la primacía de la historia sobre el reparto de voces, una lanza indirecta a otros estudios obsesionados con reunir a más famosos que espacio en el cartel. La teoría no brota de un inventor enrabietado porque otro le copió la idea magistral, pues si en una producción Pixar-Disney encontramos nombres reconocidos a cuentagotas, sabiamente elegidos —Tom Hanks, Tim Allen y Joan Cusack en la trilogía «Toy Story» o Judi Dench y Steve Buscemi en «Zafarrancho en el rancho» (Will Finn y John Sanford, 2004)—, un ejemplo de la competencia requiere de un párrafo completo y de un tráiler con créditos-gancho: «Bee Movie» (Steve Hickner y Simon J. Smith, 2007), de DreamWorks, tuvo a Jerry Seinfeld, Matthew Broderick, John Goodman, Kathy Bates, Ray Liotta, Barry Levinson y los presentadores televisivos Larry King y Oprah Winfrey. Lo que suscita otro intrusismo, el de los cameos de voces familiares para el norteamericano medio —y que en series como «Los Simpsons» es materia prima para el gag—, como los Soprano Michael Imperioli y Vincent Pastore para definir a los tiburones mafiosos de «El espantatiburones» (Vicky Jenson, Bibo Bergeron y Rob Letterman, 2004), o Jay Leno como Jay Limo —»limusina«— en «Cars» (Lasseter, 2006). En nuestro país ya se han colado Michael Robinson o Ana Rosa Quintana.

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De la práctica, a pesar de su corta edad, ya han surgido los primeros referentes y modelos imitativos, dicho sea, las estrellas que han cogido el gusto a embolsarse el mismo sueldo que en una película de acción real y sin los requisitos de memorizarse el guión o jugarse el pescuezo y la paciencia en escenas de riesgo físico o emocional. Del reparto de «Monstruos contra alienígenas» el más curtido sería Seth Rogen, a quien hemos podido escuchar, antes de que Apatow hiciese reconocible su rostro, en «Shrek Tercero» (Chris Miller, 2007), «Horton» (Jimmy Hayward y Steve Martino, 2008) y «Las crónicas de Spiderwick» (Mark Waters, 2008). Kiefer Sutherland se estrenó con la prescindible «Salvaje (The wild)» (Steve «Spaz» Williams, 2006) y Renée Zellweger, que en la nueva cinta DreamWorks tiene un pequeño papel, es otra veterana que ha conseguido más aplausos con su doblaje en «El espantatiburones» que con sus producciones post-Oscar®. Una enfermedad que ya se ha extendido a intocables como Cameron Díaz, Mike Myers y Eddie Murphy en «Shrek», David Schwimmer y Chris Rock en «Madagascar» o Demi Moore en «El jorobado de Notre Dame» (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1996). La mayoría de estas recurrentes gargantas aterrizaron con tanta facilidad en el género debido a sus antecedentes cómicos, si bien otras excepcionales voces del humor, y cuyo histrionismo casa como dos piezas de puzzle con la hiperbólica gestualidad animada, no se han prodigado tanto, caso de Jim Carrey, Steve Carell y Jack Black —los dos primeros en «Horton» y el último en «Ice Age: La edad de hielo» (Chris Wedge y Carlos Saldanha, 2002) y «Kung Fu Panda» (John Stevenson y Mark Osborne, 2008)—.

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Por contradictorio que parezca, la vida estelar en el mundo animado es mucho más breve que en el lado real de la industria, de tal modo que el estiramiento de sagas rentables despierta un ansioso beneficio no sólo para la productora, sino también ante las mandíbulas de actores encasillados que no van a encontrar personajes en otros proyectos. El hueso de la suerte se partió desfavorablemente para Matt Damon tras «Titán A.E.» (Don Bluth, 2000) y «Spirit: El corcel indomable» (Kelly Asbury y Lorna Cook, 2002), y para Mel Gibson después de haber destacado con «Pocahontas» (Mike Gabriel y Eric Goldberg, 1995) y «Chicken Run: Evasión en la granja» (Peter Lord y Nick Park, 2000). Ya no suponía una novedad escuchar sus notas graves en boca de algún animalejo gracioso: el reto para los estudios, después de unos años noventa de tímido entrenamiento, se encontraba en la búsqueda del imposible, de la voz única que hasta entonces nadie había pensado en asociar a un dibujo parlante. Las casas empezaron a presumir de adquisiciones como antaño los magnates anunciaban bajo el rótulo de «introducing» a jóvenes promesas rescatadas de algún show cabaretero o un teatro sindical. Medallas de un día que no han vuelto a repetir doblaje porque en su exclusividad reside el motivo del éxito: DreamWorks dio el campanazo al conseguir, mediante oscuras negociaciones que escapan a la coherencia del director, a Woody Allen para «Antz (Hormigaz)» (Eric Darnell y Tim Johnson, 1998). Tal vez fue la idea obsesiva de convertirse en un ser ínfimo del universo o el simple sueño verde de ligarse a Sharon Stone y Jennifer Lopez. O quizá Woody estaba pensando en Anne Bancroft.

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Casos similares refulgen en los expedientes de «El rey león» (Roger Allers y Rob Minkoff, 1994), con Jeremy Irons; «El planeta del tesoro» (Ron Clements y John Musker, 2002), con Emma Thompson; «El valiente Despereaux» (Sam Fell y Rob Stevenhagen, 2008), con Dustin Hoffman; «Bichos» (Lasseter, 1998), con Kevin Spacey; John Cusack y Meg Ryan en «Anastasia» (Bluth, 1997); «La bella y la bestia» (Wise y trousdale, 1991), con Angela Lansbury; el imprescindible «Bob Esponja», con Scarlett Johansson; «Ratatouille» (Brad Bird, 2007) y su crítico Peter O’Toole; «Hércules» (Clements y Musker, 1997), con Danny DeVito; «Robots» (Wedge y Saldanha, 2005) y Halle Berry; «Simbad: La leyenda de los siete mares» (Patrick Gilmore y Tim Johnson, 2003) con Brad Pitt y Catherine Zeta-Jones; «WALL·E» (Andrew Stanton, 2008) y el elegante ordenador Sigourney Weaver; «Vecinos invasores» (Tim Johnson y Karey Kirkpatrick, 2006) y los «Rugrats» con Bruce Willis; y «Cars» regalando al amante de las carreras Paul Newman la oportunidad de ser un flamante coche. Más dudoso parece el mérito, por otra parte tan de moda como la inclusión de voces de la pequeña pantalla, de contratar a algún cantante que de paso rellene la banda sonora con un aumento exponencial de las ventas y de los premios a mejor canción. Aquella fue la estrategia de Phil Collins en «Hermano Oso» (Aaron Blaise y Robert Walker, 2003) y «El libro de la selva 2» (Steve Trenbirth, 2003) —en la que prestaron respectivas voces Joaquin Phoenix y Haley Joel Osment— y Christina Aguilera en «El espantatiburones».

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Miley Cyrus, joven pero ambiciosa, desempeña ambos oficios en «Bolt» (Chris Williams y Byron Howard, 2008), aferrándose a un estrellato superventas que le facilita la empresa frente al inexperto, pero magnífico cast de opereta en «El príncipe de Egipto» (Brenda Chapman, Steve Hickner y Simon Wells, 1998) —encabezado por Val Kilmer, Ralph Fiennes, Michelle Pfeiffer y Helen Mirren, en un premonitorio papel de reina—; «La novia cadáver» (Tim Burton, 2005) —Johnny Depp no cantaba, al contrario de sus compañeros Helena Bonham Carter, Albert Finney o Danny Elfman, quien también se encargó de todas las canciones de Jack Skellington en «Pesadilla antes de Navidad» (Henry Selick, 1993)—. Otros miembros del cante se han limitado a parlamentar, como Elton John en «La ruta hacia El Dorado» (Eric Bibo Bergeron y Don Paul, 2000) tras el exitazo de sus melodías para «El rey león»; Sting en «Bee Movie», Justin Timberlake en «Shrek tercero», y Madonna y David Bowie en «Arthur y los Minimoys» (Luc Besson, 2006). Mezcla de animación y actores reales, esta cinta nos acerca al territorio híbrido que no ha dejado pasar la oportunidad de incluir doblajes de prestigio, con la salvedad de que suelen mantenerse en un segundo plano que favorezca la sorpresa y la escucha atenta del fan. Muchos despistados abandonaron «Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario» (Andrew Adamson, 2005) sin percatarse de que el león Aslan era Liam Neeson, o el zorro Rupert Everett; otros simpatizaron con el Pantalaimon de «La brújula dorada» (Chris Weitz, 2007) sin darse cuenta de que su voz pertenecía a Freddie Highmore; la mecánica osamenta del Megatron de «Transformers» (Michael Bay, 2007) escondía los gruñidos de Hugo Weaving, y otras tantas criaturas fantásticas encubrieron a Ben Kingsley, Robin Williams y Meryl Streep en «A.I. Inteligencia Artificial» (Steven Spielberg, 2001).

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Por desgracia, es en esa frontera donde se reproducen los ejemplos más flagrantes de doblaje y repartos conformados con escasas miras. Si Frank Oz será siempre el maestro Yoda y Bill Murray pudo contagiar a «Garfield» (Peter Hewitt, 2004) de un habla monótona, España sufre decisiones tan populistas como las norteamericanas, pero condenadas a muerte súbita. Carlos Latre destrozó al gato naranja que Murray pudo sobrellevar con dignidad en tan mediocre película, lo mismo que Fernando Tejero y Paco León, impuestos en personajes que, por fisonomía y carácter, pertenecen en exclusiva a Will Smith y Ben Stiller. Los dobladores habituales de ambos actores hubiesen sido una opción más rentable para los oídos, pero no para la publicidad y las aspiraciones de la industria española por presumir de un star system que no existe en nuestro país. Al César lo que es del César: si tan discutidas fueron las elecciones de Maribel Verdú para «Dinosaurio» (Eric Leighton y Ralph Zondag, 2000), Alfredo Landa en «¡Mira quién habla ahora!» (Tom Ropelewski, 1993) y de Paco Rabal para «Dragonheart» (Rob Cohen, 1996), alabanzas igual de sentidas se merecen los trabajos de Constantino Romero —nuestro James Earl Jones—, Gomaespuma, Antonio Banderas, José Mota —a pesar de que los traductores cuelguen algún chiste de Cruz y Raya—, Josema Yuste como el genio de «Aladdin» (Clements y Musker, 1992), Anabel Alonso y José Luis Gil en «Buscando a Nemo» (Stanton y Lee Unkrich, 2003) o Álex de la Iglesia imitando los cameos hollywoodienses en el final de «Los Increíbles» (Bird, 2004).

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Todos, tengan hijos o no, quieren estar en una cinta animada que los reconcilie con todos los públicos y con su oficio, especialmente ahora que el doblaje ha adquirido un prestigio del que carecía en décadas previas. No sólo porque trabajar para una cinta animada activaba la alarma de escasas ofertas serias para los intérpretes, sino porque a los estudios les bastaba el logotipo como anzuelo para las plateas. Los primeros largometrajes Disney ni siquiera acreditaban al plantel de dobladores —a España nos llegaban los del mexicano Edmundo Santos—, y hasta los ochenta no se ha agenciado ninguna voz conocida para reactivar el interés sobre su producción en declive. Mickey Rooney en «Tod y Toby» (Ted Berman y Richard Rich, 1981) y Vincent Price en «Basil, el ratón superdetective» (Clements y Burny Mattinson, 1986) fueron dos de las más brillantes estrellas vinculadas a esta etapa de decadencia animada, después de que el sello del ratón no quisiese acompañarse de más nombres afamados que unos pocos elegidos, como Peter Ustinov en «Robin Hood» (Wolfgang Reitherman, 1973), Shelley Winters en «Pedro y el dragón» (Don Chaffey, 1977) o la cantante Peggy Lee en varios papeles de «La dama y el vagabundo» (Clyde Geronimi y Wilfred Jackson, 1955). A día de hoy los antiguos locutores radiofónicos y las voces tan amadas por el pueblo estadounidense dejan indiferente a cualquiera, pero «El libro de la selva» (Reitherman, 1967) no habría sido lo mismo sin Phil Harris, o los maravillosos Looney Tunes sin June Foray, Mel Blanc, Arthur Q. Bryan, Star Freberg o Bea Benaderet. La paradoja de los tiempos: «Para lo que hemos quedado», pensó seguramente Don Ameche, el galán de los años treinta, viéndose doblar a un golden retriever en «De vuelta a casa: Un viaje increíble» (Duwayne Dunham, 1993).

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Por mucho que Lasseter alce el dedo y él y su equipo presten gratuitamente voces para pequeños roles de sus películas, ningún estudio va a frenar la contratación masiva de estrellas en alza y veteranos consagrados. La propia Pixar luce a Christopher Plummer —quien ya dobló «Fievel y el nuevo mundo» (Bluth, 1986)— en la inminente «Up» (2009), mientras Disney cuenta con James McAvoy para «Gnomeo and Juliet», Terence Howard para «The princess and the frog» y Kristin Chenoweth, de «Criando malvas» (2007-2009) en «Rapunzel». El último en apuntarse a la moda ha sido Wes Anderson, embarcado en su marciano proyecto de adaptar «Fantastic Mr. Fox», del genial y macabro Roald Dahl, con animación y cuerdas vocales de George Clooney, Cate Blanchett y Angelica Huston. Prometedores proyectos que despiertan una saludable expectativa y una incómoda pregunta: ¿es significativo que la película animada más taquillera de la Historia, «Pinocho» (Hamilton Luske y Ben Sharpsteen, 1940), no tuviese ninguna voz famosa en su reparto?

  • Más información sobre «Monstruos contra alienígenas»
  • Fotos de «Monstruos contra alienígenas» (10)
  • Teaser tráiler de «Monstruos contra alienígenas»
  • Notas sobre cómo se hizo «Monstruos contra alienígenas» 
  • Rueda de prensa de «Monstruos contra alienígenas» en Madrid
  • Vídeo-entrevista a Kiefer Sutherland, por J. Arce
  • Crítica (5/10): Insustancial espectáculo tridimensional, por J. Arce
  • En las imágenes: Seth Rogen, Reese Witherspoon y Hugh Laurie posan junto a sus monstruos en fotografías promocionales de «Monstruos contra alienígenas» © 2009 Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados. Fotografía de Phil Collins en el estudio de grabacion y fotograma de «Tarzán» © 1999 Edgar Rice Burroughs Inc., Walt Disney Feature Animation y Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados. Jerry Seinfeld junto a su personaje Barry B. y en el estudio de grabación de «Bee movie» © 2007 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados. Steve Carell y Jim Carrey junto a su personajes y en el estudio de grabación de «Horton» © 2008 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Mel Gibson en el estudio de grabación de «Chicken Run» © 2000 DreamWorks SKG, Pathé Pictures International, Aardman Animations y Allied Filmmakers. Todos los derechos reservados. Matt Damon en el estudio de grabación de «Spirit: El corcel indomable» © 2002 UIP. Todos los derechos reservados. Catherine Zeta-Jones y Brad Pitt en el estudio de grabación de «Simbad: La leyenda de los siete mares» © 2003 DreamWorks Animation, DreamWorks Pictures, DreamWorks SKG y Stardust Pictures. Todos los derechos reservados. Ben Stiller junto a su personaje Alex en una fotografía promocional de «Madagascar 2» © 2008 Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados. Peggy Lee en una fotografía promocional © 1978 Capital Records. Todos los derechos reservados. La perrita Peg en un fotograma de «La dama y el vagabundo» © 1955 Walt Disney Productions. Todos los derechos reservados. Fotograma promocional de «The princess and the frog» © 2009 Walt Disney Animation Studios y Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados. Y logotipo promocional de «Fantastic Mr. Fox» © 2009 American Empirical Pictures, Blue Sky Studios, Indian Paintbrush y Twentieth Century Fox Animation. Todos los derechos reservados.

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