Síguenos

«Noche en el museo 2»: 12 piezas históricas para una nueva aventura

Actores y actrices

«Noche en el museo 2»: 12 piezas históricas para una nueva aventura

Ben Stiller vuelve a desenfundar la linterna, esta vez como celador nocturno del complejo museístico más grande del mundo: el Instituto Smithsoniano de Washington D.C., una institución fundada en el siglo XIX que presume de un ingente catálogo histórico abierto a la curiosidad de cualquier ciudadano norteamericano, primera enmienda en ristre. De Nueva York a la capital política del país, Stiller se acompaña de litros de cafeína y de sus antiguos compadres de «Noche en el museo» (Shawn Levy, 2006) para aguantar la sacrificada tarea de llevar el orden a otra de esas pinacotecas que tanto gustan en Estados Unidos, escaparates de figuras de cera y cartón piedra que viven a horas intempestivas lo que de día contemplan desde sus peanas sin gloria. Una resurrección que también posee mucho de cinematográfico y de iconos que, vigile Stiller o no, merecerían un museo para ellos solos.

piezas-de-museo-1b.jpg

El esqueleto de dinosaurio: «La fiera de mi niña» (Howard Hawks, 1938). David Huxley (Cary Grant) no era perseguido por un tiranosaurio fosilizado con peor despertar que un carnívoro en «Parque Jurásico» (Steven Spielberg, 1993) a dieta caprina, pero el volante para el cardiólogo lo tenía asegurado con la irrupción de Susan Vance (Katharine Hepburn) en sus hasta el momento ordenadas vida… y ristra de huesos de brontosaurio. Si un vago de Brooklyn como Larry Daley (Stiller) no está acostumbrado a correr mil metros lisos en su primera noche de trabajo, un paleontólogo con el espíritu aventurero de un patoaventuras en blanco y negro se merece las sacudidas del genio de Howard Hawks, las dentelladas de un leopardo tan felino como su dueña y los temblores de un esqueleto que se viene abajo en una metáfora de su artítrica rutina. Desoyó el aviso: no arrancar costillas antes de la medianoche.

piezas-de-museo-2.jpg

Bonaparte: «Mi Napoleón» (Alan Taylor, 2001). Durante su estancia en el Museo de Historia Natural neoyorquino, los maquiavélicos planes en contra de Larry correspondían a tres watchmen confabulados en abuso de poder y lozanía, pero en el Smithsoniano el mal nace de las vitrinas y, cual simulacro de huida de la isla de Elba, el emperador francés de pega se levanta en armas cada noche como lo hacía Ian Holm en este biopic bufo de la Historia gala. Más conocida es la versión que Abel Gance dirigió en 1927, pero quien no tenga las ganas y/o el aguante necesario para contemplar sus casi cuatro horas de espectáculo silente, bien puede contrastar al Napoleón inglés —Holm ya se había embutido al personaje en «Los héroes del tiempo» (Terry Gilliam, 1981)— con sus dobles franceses, entre ellos Alain Chabat en el nuevo film de Levy, Patrice Chéreau en «Adiós Bonaparte» (Youssef Chahine, 1985) o Daniel Auteuil en «Yo y Napoleón» (Paolo Virzì, 2006); o bien rastrear apariciones más o menos anecdóticas en «Scaramouche» (George Sidney, 1952), «Pan Tadeusz» (Andrzej Wajda, Jan Nowina Zarzycki y Piotr Weresniak, 1999), «Guerra y paz» (King Vidor, 1956), «El conde Montecristo» (Rowland V. Lee, 1932) o «La última noche de Boris Grushenko» (Woody Allen, 1975). Por fortuna ya sólo quedan regentes bajitos e iracundos en los moldes del museo de cera. O eso queremos creer.

piezas-de-museo-3.jpg

El faraón egipcio: «La momia» (Karl Freund, 1932). Lección para Larry: si al comienzo de «Noche en el museo» el listado de reglas de superviviencia noctámbula volaba en trizas por la jugarreta de un mono capuchino, el segundo villano de esta secuela confirma a todos los vigilantes del mundo que nunca deben otorgar poderes de panacea a una solución temporal. Así, la momia liberada de su encierro de oropel y estuco en la primera entrega, un Ahkmenrah (Rami Malek) amable y conciliador, nada tiene que ver con el Kahmunrah (Hank Azaria) tan sediento de dominar mortales y cumplir sus seculares propósitos como el sacerdote Himhotep que Boris Karloff inculcó en la memoria popular sin vendas polvorientas y sí con bonete egipcio y dermis de papiro, a punto de volatilizarse con los ecuánimes vientos del desierto. Tarea difícil la de una momia que quiere ser tomada en serio o amedrentar espectadores que ya poco encontrarán de expresionista en criaturas renovadas —«The Mummy (La momia)» (Stephen Sommers, 1999)— frente al festejo del lamé y el azulón que tanto invoca a los faraones de «Sinué, el egipcio» (Michael Curtiz, 1954).

piezas-de-museo-4.jpg

El capo de la mafia: «Al Capone» (Richard Wilson, 1959). Quien cierra el último vértice de la tríada del mal que debe combatir Larry durante su ronda se ha sometido a ratos a un lavado de color que reduce su estampa a la tonalidad grisácea de los viejos clásicos del noir. Sin embargo, poco del gángster más famoso entre los contribuyentes se encontrará en los anales del blanco y negro, por mucho que Tony Camonte hiciera las veces de sosias en «Scarface, el terror del hampa» (Hawks, 1932) y que Rod Steiger intentase inmortalizar su rostro tras los accesorios del personaje en esta biografía, bandeja para auténticos ejercicios de prestidigitación actoral: los muy coloridos Jason Robards en «La matanza del día de San Valentín» (Roger Corman, 1967), Ben Gazzara en «Capone» (Steve Carver, 1975) y Robert De Niro en «Los intocables de Eliot Ness» (Brian De Palma, 1987), a la espera de la precuela de esta última que confirme —ya sabemos que no a Nicolas Cage— un rostro definitivo para el insigne mafioso. Ya no quedan Cagneys.

piezas-de-museo-5.jpg

La aviadora: «Encuentro en el Pacífico» (Lothar Mendes, 1943). Amelia Earhart fue una mujer que quería volar cuando los biplanos sólo eran bien vistos como montura masculina. Superar diversas marcas de aviación le reportó una colección de medallas que para ella sólo la aproximaban a su sueño, uno con reverberaciones literarias: dar la vuelta al mundo. Poco antes de cumplir los cuarenta y en plena travesía, su avión Electra se esfumó sobre algún punto del océano. Antes de que Mira Nair reinvente su leyenda con Hilary Swank al frente de un portentoso reparto, la preciosa Amy Adams se agencia el rol de mujer de riesgo y diana amorosa del protagonista en «Noche en el museo 2», pelirroja heredera del espíritu ligero como una melena garçon y de la figura hecha a la medida de los pantalones diplomáticos de Katharine Hepburn o Rosalind Russell, quien llevó a la gran pantalla el primer biopic no oficial de la piloto desaparecida. Bajo el pseudónimo de Tonie Carter, la película recreaba el vuelo transoceánico de Amelia y ofrecía una conclusión de escasas miras poéticas donde el interés político asomaba la patita. ¿Resucitará también Fred MacMurray, el aguerrido piloto que servía de pasatiempo a Russell en tierra, para competir con Stiller por el bravo corazón de la aviadora?

piezas-de-museo-6.jpg

El general Custer: «Murieron con las botas puestas» (Michael Curtiz, 1941). El piloso oficial de mejillas chupadas habría estallado en palmas de alegría al saber que Errol Flynn es su rostro más popular en la gran pantalla, aunque el bigotito del actor calavera esté tan deshinchado con respecto al original como infladas de honor e importancia las glorias del personaje histórico. El menosprecio del erudito hacia los biopics de Custer se fundamenta en una rigurosidad de libro que no resulta interesante a Hollywood, ni al experto en aventuras Curtiz, ni al público que prefiere beberse un sucedáneo sabroso y resplandeciente de su pasado, pues Flynn y Olivia de Havilland siempre fueron píldoras fáciles de tragar. Las peripecias del general durante la Guerra de Secesión, en el bando nordista, y su virulento cara a cara con los indios en el testamento de Little Big Horn han alimentado la leyenda cinematográfica desde la nimiedad de «El grito de la batalla» (Edward Sedgwick, 1926) hasta locas asociaciones como los rasgos de Ronald Reagan —en «Camino de Santa Fe» (1940), también de Curtiz—, Marcello Mastroianni en «No tocar a la mujer blanca» (Marco Ferreri, 1974) o Robert Shaw en esa orgía para adeptos a la caballería al son del tamboril que es «La última aventura del general Custer» (Robert Siodmak, 1966). Christopher Atkins será el próximo en aprender a recortarse las patillas con el rodaje de «The hard ride» (Thadd Turner, 2010), donde Custer se pasea por el pueblo de Deadwood después de que la HBO firmase la maravilla homónima de tres temporadas.

piezas-de-museo-7.jpg

La estatua de Abraham Lincoln: «El joven Lincoln» (John Ford, 1939). La acumulación de sonoros nombres con quienes Larry hará migas en una sola noche conduce a los guionistas a limitar el mayor de los honores para un estadounidense de pura cepa: charlar con el presidente número dieciséis en persona. Ni de carne ni de cera, pues es la estatua del Lincoln Memorial la encargada de escuchar la vocecita de Stiller en la misma actitud que un Zeus criselefantino ante un devoto con súplicas paganas. Este monumento de celebración del religioso fervor democrático ya ha sido parada de desahogo y encuentros relevantes en «Caballero sin espada» (Frank Capra, 1939), «Forrest Gump» (Robert Zemeckis, 1994) o «Ultimátum a la Tierra» (Robert Wise, 1951) y puntal para cualquier aventura fantasiosa sita en Washington («La búsqueda», John Turteltaub 2004) o en sus versiones futuristas —aquel Lincoln simiesco de «El planeta de los simios» (Tim Burton, 2001)—. Para conocer al hombre tras la estatua, nada más emotivo que el retrato de juventud pincelado por John Ford sobre un tímido Henry Fonda, y complementarlo con sus orígenes en «El nacimiento de una nación» (D.W. Griffith, 1915), la precisa recreación de su estampa en, atención, una cinta de Shirley Temple con increíble título, «Rebelde» (David Butler, 1935) —Frank McGlynn Sr. sería uno de los intérpretes más agradecidos con Lincoln, a quien dio vida en otras once ocasiones—; y recabar todas las nuevas posibles en torno al proyecto de Scorsese que debería protagonizar Liam Neeson para 2011.

piezas-de-museo-8.jpg

El presidente Theodore Roosevelt: «El viento y el león» (John Milius, 1975). Ocupa un puesto en la Casa Blanca muy posterior al de Lincoln —el veintiséis— y tiene la desgracia de que un tocayo de nombre Franklin le ganase en notoriedad con su mandato durante las legislaturas del crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial. Pero este Teddy Roosevelt ya tiene una aventura de museo a sus espaldas, el amor de una india y los movimientos de un actor cómico tan notorio como Robin Williams, quien repite uniformado a lomos de un caballo que facilita las comunicaciones de punta a punta del Smithsoniano. Scorsese quizá sea fan inconfeso de «Noche en el museo», pues en su cartera también aguarda el proyecto sobre Roosevelt que reunirá de nuevo al cineasta con Leonardo DiCaprio; pero antes de tan caucásico rostro otros han pisado el mismo escalón presidencial, como Brian Keith en «El viento y el león», clásico de aventuras en el desierto con Sean Connery y John Huston; Thomas A. Curran en «Ciudadano Kane» (Orson Welles, 1941), Robert Boyd en «Ragtime» (Milos Forman, 1981) o Sidney Blackmer, el más prolífico en el papel («La contraseña», «En el viejo Oklahoma»).

piezas-de-museo-9.jpg

La india Sacagawea: «Horizontes azules» (Rudolph Maté, 1955). La bella de impronunciable nombre que languidece tras el cristal, mientras los exploradores Lewis y Clark discuten la ruta y se agencian la gloria. Pocahontas se convirtió en cabecilla de su pueblo entre el vocabulario común, sobre todo tras la película de Disney y el chill out de Terrence Malick en «El nuevo mundo» (2005), pero Sacagawea revivió bajo las formas de Donna Reed para conducir a Charlton Heston y Fred MacMurray en la travesía Este-Oeste de unos todavía indómitos Estados Unidos.

piezas-de-museo-10.jpg

El zar Iván IV: «Iván el terrible» (Sergei M. Eisenstein, 1944). Se necesitan agallas para dilucidar el verdadero mérito de un epíteto histórico, mayores si el vocablo es «terrible» y si el hombre con fama y pasado de locura y ambición política se yergue frente a un Larry harto de lidiar con tribus de lengua incomprensible y otro puñado de líderes megalómanos. El irascible monarca ruso podría inspirar un repertorio de canciones de cuna para asustar a niños atrapados en los oscuros pasillos del museo, pues esa imagen colosal, envuelta en engañosas capas de pieles mullidas y coronadas por el accidente de un ceño siempre arrugado y psicótico, ha inspirado cintas de terror más que de lección historiográfica en el doblete de Eisenstein —la segunda parte fue «La conjura de los boyardos» (1958)— y en otro par de galerías, donde bien se podía rezar para que nadie donase una tabla egipcia con el poder de revivir lo inerte: «El hombre de las figuras de cera» (Leo Birinsky y Paul Leni, 1924), en la que Iván engrosó el repertorio del maestro del disfraz Conrad Veidt; y «Terror en el Museo de Cera» (Georg Fenady, 1973), que es como podría haberse titulado «Noche en el museo» si no apareciesen monitos prestos a la tollina y si al director de casting se le hubiese ocurrido contratar a Paris Hilton para el papel de Sacagawea. O de dinosauria buscona.

piezas-de-museo-11.jpg

Albert Einstein: «El genio del amor» (Fred Schepisi, 1994). Unos diminutos souvenirs de cabezas bailonas pretenden instruir a Larry en los misterios del vasto y oscuro universo Smithsoniano; en cualquier caso, no resulta recomendable seguir unos consejos en apariencia brillantes que más adelante podrían explotar frente a las aterrorizadas narices del entusiasta. El genio del premio Nobel aparece representado de forma lúdica en los muñecos de «Noche en el museo 2», si bien muchos ejemplos cinematográficos han filtrado un deje de locura en el Einstein ficticio, entre ellos el de ese Walter Matthau que para unir en santo romance a Tim Robbins y Meg Ryan hubiese necesitado más estómago que cerebro. Al físico no le han faltado biografías de cuchufleta («El jovencito Einstein») y resúmenes de ánimo didáctico como «¿Principio o fin?» (Norman Taurog, 1947), docudrama sobre la creación de la bomba atómica. ¿Tendrá Larry paciencia suficiente como para evitar la tentación de copiar la fórmula y acallar a lo grande todas las disensiones del museo?

piezas-de-museo-12.jpg

Atila el Huno: «Hombre o demonio» (Pietro Francisci, 1954). Una mole vociferante, seguida de una legión fiel de gritos rodadores, que chilla improperios antediluvianos y siente debilidad por la magia y los abrazos parece extraída de un sketch de Martes y Trece, aunque las hazañas del emperador de los hunos hiciesen temblar hasta al más peripuesto rey de Roma. Larry tiene una poderosa arma secreta en este amigo/enemigo cosechado en la primera entrega, y que ahora regresa con una anatomía muy tribal que poco tiene que ver con la ridícula occidentalización de Atila en manos del rey de las chancletas Gerald Butler. El prolífico Anthony Quinn encabezó el biopic más conocido del caudillo el mismo año en que Hollywood estrenaba «Atila, rey de los hunos» con la musculatura de Jack Palance y la batuta de… ¡Douglas Sirk! Curiosamente, Stiller parodió al personaje en «Autopista al infierno» (Ate de Jong, 1991), de modo que si el bombazo atómico no funciona, ya sabe cómo disfrazarse de huno para espantar a las nuevas figuras de cera que amenazan con imponerle unas horas extra no retribuidas.

piezas-de-museo-13.jpg

En las imágenes: Fotogramas y fotografías promocionales de «Noche en el museo 2» © 2009 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Y «Noche en el museo» © 2006 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Continue Reading
Publicidad

Novedades destacadas

Guía de películas

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z 1
Subir