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“Nunca es tarde para enamorarse”: Breves encuentros a edades tardías

Harvey (Dustin Hoffman) es el personaje que se pasea entre las bambalinas de cualquier comedia romántica con bodorrio conclusivo: la perfección pastelosa del romance de su hija pasa a un segundo plano para presentar la cara menos amable —en principio— del amor adulto. La última oportunidad de Harvey atañe a su fracaso familiar, su trabajo acomodaticio y su falta de ilusión amorosa, algo que puede enmendar Kate (Emma Thompson) si ambos se desprenden de sus amarguras y corroboran eso de que “Nunca es tarde para enamorarse” (Joel Hopkins, 2008). Un Londres otoñal deshoja un flechazo que la pareja se toma con calma, en imitación a otros tórtolos desprevenidos que pensaron que los enamoramientos sólo se escribían en el cine para protagonistas sin arrugas.

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“Breve encuentro” (David Lean, 1945). En un año de terrible transición histórica, las gentes ya no creían en alternativas maravillosas como el país de Oz y la realidad se mostraba más gris que sepia en las ciudades y las estaciones de tren. Hubo un suspiro, sin embargo, cuando Laura (Celia Johnson) y Alec (Trevor Howard) se conocieron en la ficticia parada de Milford y, cual andén 9¾, entraron en un mundo novedoso: filmar con buenos ojos la probabilidad de un adulterio. Insorteable cinta de amor a destiempo que Truffaut consideraba demasiado perfecta, este romance fugitivo sobre el sacrificio inspiró “El apartamento” (Billy Wilder, 1960) y una versión italiana de 1974, con Sophia Loren y Richard Burton como marchitos soñadores.

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“Enamorarse” (Ulu Grosbard, 1984).  Fue un práctico desconocido quien trasladó a celuloide el fanfic de muchos espectadores: reunir con fanfarria a Meryl Streep y Robert De Niro después de que en la boda de “El cazador” (Michael Cimino, 1978) ella luciese joven y hermosa y él la contemplase embelesado antes de que se le enturbiara la vista con los horrores de Vietnam. Un choque durante las compras navideñas —recurso que copiarían los jóvenes, por ejemplo en “Serendipity” (Peter Chelsom, 2001)—, que para cualquier mortal significaría una simple disculpa y un instantáneo olvido, para Frank (De Niro) y Molly (Streep) supone el inicio de una (más que) bella amistad que tiene como punto de encuentro… un tren. De Niro saldría satisfecho de la experiencia y repetiría en “Cartas a Iris” (Martin Ritt, 1990), al rescate sentimental de una viuda Jane Fonda y antes de que Al Pacino le copiase a su vez el papel de cocinero reparacorazones en “Frankie y Johnny” (Garry Marshall, 1991).

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“Desengaño” (William Wyler, 1936). El “breve encuentro” desde el otro lado del relato, narrado con la habitual pericia visual de Wyler, que vence en la mayoría de las escenas a lo anodino de los diálogos entre un matrimonio a punto de jugarse la jubilación. Él (Walter Huston) acaba de vender la empresa en la que ha derrochado horas y rutinas, y ella (Ruth Chatterton) se ve aprisionada en una nueva vida con un marido de repente cotidiano y una hija independizada que pretende convertirla en abuela. La fidelidad de los ricos cuesta lo mismo que la de los pobres: un par de flechazos durante un crucero de vacaciones y un puñado de remordimientos. ¿Puede más la lozanía de Mary Astor o David Niven que las promesas de un enlace contraído años atrás? Wyler suscita, dentro de un complejo paquete de preguntas, el dilema de si no será siempre demasiado pronto para recurrir al divorcio y a los brazos ajenos. 

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“Cuento de otoño” (Eric Rohmer, 1998). El cineasta aquejado de fijación por las lolitas cerró su tetralogía de las estaciones con la búsqueda de un amor, nunca mejor dicho, otoñal por parte de Magali (Béatrice Romand), una mujer hecha viuda en el umbral de los cuarenta a los cincuenta: demasiado mayor para empezar de nuevo, demasiado joven para llevar una vida solitaria. Su amiga Isabelle (Marie Rivière), con vocación de casamentera, le busca un marido colocando un anuncio por palabras en el periódico, y la respuesta tiene nombre de Gérald (Alain Libolt). Pero la segunda oportunida de Magali para escoger un romance se complica si también siente atracción por Étienne (Didier Sandre)… Mujeres maduras que han perdido la confianza en sus horizontes amorosos, amistades inesperadas y el idílico marco de los viñedos de la Riviera francesa parecen imprescindibles de la comedia burguesa hollywoodiense con ansias de relax europeo —“Bajo el sol de la Toscana” (Audrey Wells, 2003), “Un buen año” (Ridley Scott, 2006)— que Rhomer hace suyos con su proverbial incontinencia verbal.

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“Tú y yo” (Leo McCarey, 1957). El director repitió historia de 1939 protagonizada por Charles Boyer e Irene Dunne a la medida de los nuevos tiempos, unos años cincuenta apasionados del melodrama y de la pantalla apaisada en technicolor, perfecta para separar y acercar como un acordeón a los sufridos Cary Grant y Deborah Kerr. La idílica travesía en transatlántico que propicia el romance de esta pareja de atractivos maduritos sería la envidia de cualquier otra película con crucero, hasta que a los protagonistas se les ocurre la peor de las estrategias: reencontrarse en una determinada fecha en un lugar significativo para ellos. Las reglas cinematográficas imponen que uno de los dos no pueda acudir a la cita y que la acción derive en una trama más propia de Douglas Sirk y en una confusión de búsquedas y carreras no aptas para cuerpos urbanitas desacostumbrados al ejercicio. Pero el alma del bueno de Cary siempre fue joven y nunca dejó a una sola dama sin tachar de su agenda. Por desgracia, Tom Hanks pensó lo mismo de sí y fue a buscar a Meg Ryan para tener “Algo que recordar” (Nora Ephron, 1993).

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“Locuras de verano” (Lean, 1955). Antes de que la crítica lo tachase de fanático de las superproducciones épicas, David Lean ya sufría de una doble enfermedad: reiterar temática y embellecer sus obras previas con revisiones mejor equipadas de actores y escenarios. Sea una afección terminal o una característica inherente a cualquier creador, este “breve encuentro” revisited diez años después sólo consiguió mirar desde abajo a su predecesora. Ni Katharine Hepburn ni una Venecia filmada con una paleta bastante rechinante restan óxido a este romance a la antigua, entre la extranjera timorata y el seductor italiano (Rossano Brazzi), que discurre entre temblores y algún que otro secreto. El desequilibrio entre la amargura general de Lean y la chispeante presencia de Hepburn en una cinta de veraneo conllevó no sólo que la actriz perdiese el rumbo y cayera a los canales, sino que el conjunto distase de ser mejor de lo esperable.

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“La extraña pasajera” (Irving Rapper, 1942). Más de una colega de profesión alzó la barbilla en señal de desprecio cuando se supo que Bette Davis iba a afearse para interpretar a una pobre desgraciada que cuida de su madre e ignora lo que es el amor. La estrella de la Warner, especialista en papeles de pérfida y manipuladora bruja, ya había asumido el rol de víctima autocompasiva en ocasiones anteriores, pero nunca con tanto esplendor y un arco de transformación tan inolvidable como el que protagoniza en este clásico que habría sido brillante en manos de otro director. Charlotte Vale (Davis) halla su cura tras años de soledad y dependencia a bordo de, cómo no, un crucero donde conocerá a Jerry (Paul Henreid), un francés atrapado en un matrimonio infeliz con una niña problemática. La moraleja del patito feo y salpicaduras de azúcar glass que Bette conduce con mano realista antes de darse el gusto de ser la reina (buena) del espectáculo.

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“Cuando menos te lo esperas…” (Nancy Meyers, 2003). El título que resumiría cientos de romances tardíos y miles de redenciones de agriados pensionistas que, puestos a probar nuevos hobbies, optan por cambiar su estilo de vida. Jack Nicholson ya se sacrificó por amor y por Helen Hunt en “Mejor… imposible” (James L. Brooks, 1997), pero otra estrella de su quinta, Diane Keaton, merecía repetir el esfuerzo en este boom entre espectadoras divorciadas, viudas o acérrimas solteras. Quizá escoger entre Keanu Reeves y Nicholson no sea una disyuntiva especialmente ardua —¿Reeves un apuesto doctor? ¿Tenía George Clooney la agenda apretada durante las fechas de rodaje?—, pero el estilo de Meyers aprovecha el conflicto, los equívocos y el plantel de intérpretes para una reflexión elegante sobre la perdurable batalla de sexos… aunque termine pescando en las aguas de siempre. Dustin Hoffman y Emma Thompson lanzan de nuevo al tapete la pregunta que recorre esta selección: ¿son las reglas del romance iguales a todas las edades?

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En las imágenes: “Nunca es tarde para enamorarse” © 2008 Wide Pictures y Filmax. Todos los derechos reservados. “Breve encuentro” © 1945 Cineguild. Todos los derechos reservados. “Enamorarse” © 1984 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “Desengaño” © 1936 The Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados. “Cuento de otoño” © 1998 La Sept Cinéma, Les Films du Losange, Rhône-Alpes Cinéma y Sofadinko. Todos los derechos reservados. “Tú y yo” © 1957 Jerry Wald Productions. Todos los derechos reservados. “Locuras de verano” © 1955 London Film Productions y Lopert Productions. Todos los derechos reservados. “La extraña pasajera” © 1942 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Y “Cuando menos te lo esperas…” © 2003 Warner Sogefilms. Todos los derechos reservados.

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