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“Pasión de los fuertes”: Oh, my darling Ford

Escrito por el 12.11.07 a las 22:07
Archivado en: Años 40, Críticas, Hollywood, Western

Hay vidas que se escriben por casualidad. La de John Ford en el cine es una de ellas, y la de sus personajes, también,  tema que abordaba mi compañero Julio Rodríguez Chico hace unos días. Pero si existe alguna historia que convierte el azar en una elegía del destino, ésa es “Pasión de los fuertes” (1946), la película que quien suscribe salvaría de una quema fordiana por su indescriptible y sincera belleza. Rodada en un blanco y negro violento y premonitorio, antes del lamento visual de “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962), y consciente de la fuerza dramática de los nubarrones en el campo abierto, mucho antes de que Eastwood emplease la misma lluvia simbólica en “Sin perdón” (1992), la versión romántica que Ford hizo del sheriff Wyatt Earp debe convertirse en referente de cómo abordar un género físico sin perder la compostura y al mismo tiempo ahondando más allá de lo establecido.

 

En vez de centrar la expectativa en el mítico duelo de O.K. Corral y convertir toda la película en un retraso engañoso de ese momento, Ford propone una justificación emocional del desconocido que llega a la localidad de Tombstone con una venganza en mente. No por casualidad el título original, recogido en la canción popular que abre y cierra la cinta, “My darling Clementine”, hace hincapié en que los tiroteos y las peleas de saloon adquieren su verdadero sentido por la tempestad interna del protagonista. Por supuesto, en su línea de sobriedad expresiva, Ford no pretende regalarnos escenas de melancólicos discursos o declaraciones directas. Sólo el baile indispensable en cualquier historia del realizador permite un acercamiento entre Earp y Clementine, interpretados con magistral sutileza por Henry Fonda y Cathy Downs, hasta consumarse en uno de los más poéticos finales de la Historia del cine, precedente del sacrificio de Tom Doniphon y de la sombra recortada de Ethan Hunt en “Centauros del desierto” (1956).

 

Pocas personas encajarían la idea de un discurso de Hamlet entre rudos vaqueros, pero Ford se atreve a introducir al personaje del actor Thorndyke, proporcionando tanto momentos de humor como el refuerzo de un trasfondo trágico. Del mismo modo que puede conjugar la sensibilidad con la firmeza, la sobriedad formal y la riqueza interna; contradicciones que alcanzan su punto álgido en la escena en que Earp protege de la lluvia el rostro de su hermano muerto, un momento que Ford nos repetiría de manera similar en “Tres padrinos” (1948) para recordarnos que el cine también nos previene a nosotros de historias que en la realidad serían demasiado crueles.

En las imágenes: Fotogramas de “Pasión de los fuertes” – Copyright © 1946 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

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