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“Perros de paja”: Matemático de día, criminal de noche

Acción

“Perros de paja”: Matemático de día, criminal de noche

Llegan dos forasteros a la comunidad y todos los miramos con recelo. La maruja murmura, los solteros se arraciman en la acera para ver pasar a su nueva vecina y los niños abandonan las combas y las pelotas imitando la expectación adulta. Podría ser el capítulo introductorio de “Aquí no hay quien viva”, pero, como sucede con todas las situaciones, consigue ser tan satírica como descorazonadora: “Perros de paja” (1971) escribe sus primeras líneas con esas mismas imágenes, aunque diferente tonalidad. Un acta de defunción sobre el individuo y el cine, entendido éste como una prolongación del propio espectador, como esa vía de escape, esa casita ideal en un pueblo perdido adonde sólo llegan los que han perdido todo equipaje y están dispuestos a perderse también a sí mismos.

 

El director, Sam Peckinpah, refuerza su discurso, conscientemente ambiguo, con una historia en la que su cámara impaciente, curiosa, por no decir indiscreta, no se identifica con unos héroes en particular. Más bien esta película, entendida entre muchos sectores como apología de la violencia, esconde bajo dichos efectismos la defensa de la destrucción del héroe. Un objetivo que alcanza en todos sus recursos, no sólo argumentalmente, también mediante la propia deconstrucción visual opuesta a los preceptos clásicos y que hace del febril montaje una seña de identidad, de cegadora veneración para los más extremistas y de repulsa para todos los que consideran hueca cualquier desviación de lo políticamente correcto –y lo apolíticamente aceptable–. El póster promocional para “Perros de paja” resume la misma idea: el cristal astillado de las gafas que David (Dustin Hoffman) aún tiene puestas. Pero, y ahí nace de nuevo la ambigüedad de Peckinpah, por muy deleznables que pudieran parecer esas características violentas, a la vez se antojan imprescindibles para dar sentido al relato.

Al margen de la incomodidad del visionado –por la misma razón, pretendida–, ese estado traslada al espectador la urgencia del deseo por arreglar el caos, por erigirse en héroe de acción. Pero Richard Kimble no puede salvar a su mujer ni reintegrarse a sí mismo: los siglos XX-XXI carecen de héroes porque los han matado a conciencia, envenenados por los falsos valores de una cultura que sólo los defiende en otra falsedad: la gran pantalla. Y cuando David y Amy ven con incertidumbre su futuro, si permanecer en la casa o huir a otra que terminará siendo igual, el espectador se da cuenta de que él tiene frente a sí la misma, pobre y cercenadora alternativa: seguir huyendo de la realidad en el cine, lugar donde puede llegar a admirar lo que aborrece en el exterior, donde puede convertirse en un asesino por el amparo de la oscuridad. Si con Charles Bronson ese papel es divertido, con Peckinpah se vuelve insoportable dado que dirige su mirada al centro de la culpa: nosotros mismos. Los que creíamos ver correctamente el mundo sin darnos cuenta de que llevamos los cristales rotos.

En las imágenes: Fotogramas de “Perros de paja” – Copyright © 1971 ABC Pictures, Amerbroco y Talent Associates. Todos los derechos reservados.

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