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Podemos vivir sin Dumas: Nefastas (y no tanto) adaptaciones (Parte I)

Escrito por el 16.01.08 a las 16:35
Archivado en: Aventuras, Cine europeo, Historia, Hollywood, Personajes

Negaré haber escrito este título, pero en memoria del magnífico narrador Alexandre Dumas –y su horda de negros amanuenses–, justo es reconocer que las versiones cinematográficas de sus novelas no han gozado de prestigio incalculable. El asunto no iría a mayores –podríamos citar una salchichera retahíla de autores igualmente denostados y abofeteados por el celuloide– si nadie se quedara perplejo ante la circunstancia: las obras dumasianas quizá sean lo más cinematográfico de la literatura del XIX, algo así como el Dan Brown de las intrigas palaciegas –también negaré haber concebido esta asociación–. Sin embargo, habremos de tomar en cuenta dos vertientes de su bibliografía: por un lado, el sólido peso de unas tramas enrevesadas, colmadas de dilemas puros, universales e intemporales, que afectan a personajes no menos pintorescos, cuyo retrato físico y psicológico acude rápidamente a la memoria. Ésta es la parte fácil, la que hace botar a un guionista de Hollywood.

 

Las malas noticias son –agárrense, productores– una extensión imposible, conversaciones de páginas y páginas, cruces de acciones y destinos que requerirían del montador más exquisito y habilidoso. De ahí que las películas inspiradas en Dumas no hayan pasado de meras cintas de aventuras cargadas de tinta culebronera y esquematismos argumentales. Demasiada fidelidad y, a la par, excesivo desprecio por las posibilidades irónicas y críticas de historias que se han leído como palimpsestos de época. Pero veamos, veamos los resultados, empezando por la piedra Rosetta: “Los tres mosqueteros”. Versionada desde los tiempos del cine mudo –1903 parece ser el paso inaugural en Francia–, la primera adaptación resultona –en términos de éxito– fue la protagonizada por Douglas Fairbanks, el eterno saltimbanqui, en 1921. La seguiría “La máscara de hierro” (1929), basada en “El vizconde de Bragelonne”, y un suma y sigue de pimpollos con mosquete que cada vez tenían que ver menos con las descripciones originales.

 

Con éstas llegamos a 1948, cuando a George Sidney se le ocurre rodar un medio-ballet de espadas gracias a Gene Kelly en el papel de D’Artagnan, y el bigotito y melena ondulada de éste, heredados de Fairbanks y Don Ameche, terminan de perfilar el arquetipo definitivo del personaje. Aunque la agilidad de la película decae al mismo tiempo que Kelly abandona el ejercicio de saltar entre fuentes y jardines, su espíritu de espectáculo en falsos exteriores aún conserva el encanto de las aventuras de la Edad Dorada –y la presencia felina de Lana Turner como la pérfida Milady de Winter–. Sucesivos experimentos franceses, italianos, brasileños, alemanes, hasta españoles –¿Sancho Gracia en la piel de D’Artagnan? ¡Pues es verídico!–, para cine o televisión, confirmaron un declive en el interés comercial por Dumas. Tuvo que anunciarse un nombre glorioso para salvar el barco, Richard Lester, o eso se esperaba tras su estupenda “¡Qué noche la de aquel día!” (1964), pero estropeó la expectativa con esta visión de 1973 recargada y desubicada, aunque fuese divertido ver a Charlton Heston en la piel de Richelieu.

 

Para rematar el suplicio, Lester repitió con “Los cuatro mosqueteros” (1974), y se debió de dar cuenta de su error resarciéndose con la madura “Robin y Marian” (1976), típica rara avis de una carrera irregular. Quien aún tendría que aguardar la redención de su obra sería el propio escritor, sometido al golpe de gracia de todo material superproducible cuando los más asépticos noventa vieron la luz de la enésima “Los tres mosqueteros” (1993), trufada de rostros típicos y con canción de Bryan Adams para completar el cuadro; lo cual no fue nada en comparación con “El hombre de la máscara de hierro” (1998) o cómo rodar una comedia histórica sin que se note en la promoción, amén de spin offs como “El mosquetero” (2001) o “La hija de D’Artagnan” (1994). Parece que el único proyecto rentable fue la mítica serie animada de “Los mosqueperros” (1981), alimento dominical para muchos niños españoles durante años, pues en su aspecto zoomórfico encerraba más verdad que los maniquíes vestidos de terciopelo y paseantes por costosas localizaciones versallescas. Todos a por Dumas y Dumas para nadie.

En las imágenes: Douglas Fairbanks en “Los tres mosqueteros” – Copyright © 1921 Douglas Fairbanks Pictures Corp. Todos los derechos reservados. Gene Kelly y Lana Turner en “Los tres mosqueteros” – Copyright © 1948 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Charlton Heston en “Los tres mosqueteros” – Copyright © 1973 Alexander Salkind, Este Films, Film Trust S.A. y Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Fotograma de “Los tres mosqueteros” – Copyright © 1993 Walt Disney Pictures, Caravan Pictures, Wolfgang Odelga Filmproduktion GmbH, Vienna Film Financing Fund y One for All Productions. Todos los derechos reservados. Sophie Marceau en “La hija de D’Artagnan” – Copyright © 1994 Canal+, CiBy 2000, Little Bear, Sofica Banque Nationale de Paris y TF1 Films Productions. Todos los derechos reservados. Fotograma de “La máscara de hierro” – Copyright © 1929 Elton Corporation. Todos los derechos reservados. Leonardo DiCaprio en “El hombre de la máscara de hierro” – Copyright © 1998 United Artists Corporation. Todos los derechos reservados. Y Justin Chambers en “El mosquetero” – Copyright © 2001 MDP Worldwide, Crystal Sky Worldwide, Signature Entertainment Group, D’Artagnan Production Limited, ApolloMedia, Q&Q Medien GmbH, The Carousel Picture Company y Luxembourg Film Fund. Todos los derechos reservados.

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2 - Almudena Muñoz Pérez - 21:06 - 21.01.08

Juas, acabo de darme cuenta de otro clasicazo: “La loca historia de los tres mosqueteros”, de Mariano Ozores con Martes y Trece… ¿Habría que considerarlo un progreso o un retroceso cualitativo? Hum… XD



1 - Joaquín R. Fernández - 2:03 - 17.01.08

Es curioso, según avanzan los años en tu artículo, peor es la calidad de las películas que mencionas.



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