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Animación

«Ponyo en el acantilado»: Claves para entender el universo Miyazaki

Resulta tan gratificante como arduo abordar la filmografía de un maestro como Hayao Miyazaki en toda su envergadura y profundidad. Hace ya tiempo que su obra dejó de ser únicamente orgulloso patrimonio del anime japonés para trascender más allá de sus fronteras, para que la manifiesta universalidad de sus historias se aliara con la infinita belleza de las mismas y fueran recibidas, desde cualquier parte del globo, como un esperado milagro animado que sólo se prodiga muy de vez en cuando. «Ponyo en el acantilado» es el décimo largometraje en su haber, sumándose a una lista de títulos que han merecido exhaustivos estudios más allá de las dos celebérrimas representantes que le valieran la internacionalidad al cineasta nipón: «La princesa Mononoke» y «El viaje de Chihiro». El universo Miyazaki no empieza, y ni mucho menos acaba, con esas dos obras maestras. Antes estuvieron la arrebatadora sencillez de «Lupin III: El castillo de Cagliostro», esa proclama de (algunas) intenciones autorales que supuso la enorme «Nausicaa del Valle del Viento», o la oda a la infancia que era «Mi vecino Totoro». A través de todas ellas se articulan los temas, constantes y perfiles que han supuesto el andamiaje de una de las filmografías más imprescindibles del cine de las tres últimas décadas.

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La infancia. «Ponyo en el acantilado» parece, a priori, volver por los fueros de «Mi vecino Totoro» o «Nicky, la aprendiz de bruja», tanto en la sencillez de su premisa narrativa (libremente inspirada en «La sirenita» de Hans Christian Andersen) como en el protagonismo del universo infantil. En «Mi vecino Totoro», la imaginación desbordante del infante era la válvula de escape de dos pequeñas hermanas que debían afrontar la ausencia casi permanente de un padre, o la posibilidad de pérdida de una madre (temas que se afrontaban, de otra manera, en la trágica pero imprescindible «La tumba de las luciérnagas», realizada el mismo año por Isao Takahata para el Studio Ghibli). Totoro, icono del estudio, sería también el significante de una de las máximas del universo Miyazaki, aquella que reivindica los tesoros de la infancia como armas deformantes e idealizadoras del a veces gris mundo real.

Ecologismo. En las películas de Hayao Miyazaki encontramos, habitualmente, escenarios idílicos que se ven amenazados por la barbarie del ser humano. A menudo el contexto donde luchas, guerras y odios tienen lugar, acaba pasando a primer plano para dar un ultimátum al hombre. Es entonces, en última instancia, cuando la naturaleza se manifiesta reparadora, clemente, y los pueblos inmersos en destrucción mutua toman debida conciencia. El mensaje ecologista, no obstante, nunca es impostado ni desnaturalizado, sino que florece como consecuencia natural en cintas como «Nausicaa del Valle del Viento» o «La princesa Mononoke», en la que el Espíritu del Bosque supone el máximo exponente del mismo (encarnado, por supuesto, en una suerte de deidad, otra de las constantes del universo Miyazaki).

Antibelicismo. Estrechamente ligado al ecologismo. Posiblemente el único mal verdadero que reside en el cine del japonés es el que viene dado por las guerras y la acción del hombre. Los conflictos bélicos hacen acto de presencia, por ejemplo, en «Nausicaa del Valle del Viento» (en clave más fantástica) o en «El castillo ambulante» (en clave más realista).

Mitología y transfiguración. Miyazaki puebla sus relatos de dioses de todo tipo y condición, establece su propio Olimpo en el balneario de «El viaje de Chihiro» y permite que esas deidades campen a sus anchas, sometiéndolas a inusitadas transformaciones para forjar una mitología propia. Esto, por supuesto, no implica invenciones y reinvenciones caprichosas, sino casi siempre ajustadas a las necesidades de la trama. Ejemplo: el Kaonashi de «El viaje de Chihiro» se hinchará tanto como la avaricia de los clientes y trabajadores de la casa de baños para que, finalmente, sea Chihiro, en su falta de ella, la que nos lo acabe mostrando como un ser incomprendido.

Protagonismo femenino y maldad ambigua. Lejos de otras derivaciones del anime (y del manga como fuente), los personajes femeninos de las películas de Miyazaki nunca son figuras sujetas al deseo erótico, a la objetivización sexual. La confrontación entre el mundo adulto y el de la infancia imposibilitan tal cosa en muchas de sus protagonistas, y aun cuando esas se definen en claves más adultas (la salvaje princesa Mononoke o la intrépida, sacrificada princesa Nausicaa), estas se encuentran despojadas de tales miradas y comprometidas a la defensa del orden natural amenazado. En cuanto a los villanos, si los hay, escapan a los límites férreos de la caricatura maniquea y se ven representados como personajes habitualmente movidos por intereses propios (Lady Eboshi en «La princesa Mononoke» o Yubaba en «El viaje de Chihiro»), de una maldad cuestionable que, por supuesto, será finalmente revocada.

Cerdos y aeronáutica. La figura del cerdo se repite a lo largo de su filmografía, a destacar la maldición porcina que caía sobre los padres de Chihiro o el mismo «Porco rosso». Precisamente en esta, sexta película del realizador, confluía esta constante con otra pasión omnipresente en su obra: la de imaginar, diseñar, todo tipo de artefactos voladores que frecuentan «Laputa, el castillo en el cielo», «Nausicaa del Valle del Viento» o «El castillo ambulante». El exclusivísimo corto «Imaginary flying machines», da buena fe de ello.

Joe Hisaishi. Los impagables momentos que regala la obra de Miyazaki no sólo se deben al lirismo de sus imágenes, a la emotividad de momentos feéricos o a rendiciones incondicionales a fantasías anárquicas. También se deben, en algún grado, a las partituras de Joe Hisaishi, a cada nota que puntúa la emoción de un instante de magia, al estallido de belleza que es el vuelo de Chihiro con Haku o el vals que acompaña elegante los pasos de ese castillo ambulante. Milagrosas sociedades entre imágenes y música que nunca dejan de reafirmar la unicidad de cada escena en el cine de Hayao Miyazaki.

En las imágenes: «Ponyo en el acantilado» © 2008 Aurum. Todos los derechos reservados. «Mi vecino Totoro» © 1988 Tokuma Japan Communications Co. Ltd y Studio Ghibli. Todos los derechos reservados. «La princesa Mononoke» © 1997 DENTSU Music And Entertainment, Nippon Television Network Corporation, Studio Ghibli y Tokuma Shoten. Todos los derechos reservados. «El castillo ambulante» © 2004 Aurum. Todos los derechos reservados. «El viaje de Chihiro» © 2003 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. «Porco rosso» © 1992 Studio Ghibli y Tokuma Shoten. Todos los derechos reservados.

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