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«Ponyo en el acantilado» y Olimpo animado en Japón

Animación

«Ponyo en el acantilado» y Olimpo animado en Japón

Desembarcó por sorpresa en el último certamen de Sitges y la expectación fue tan grande como la suscitada por superproducciones con un cast nómada de festival en festival. «Ponyo en el acantilado» es la última muestra de un cine de animación con fans irredentos de Oriente a Occidente, la alternativa al oligopolio digital que en Hollywood ya ha medido con anchas reglas la distancia entre creador y creación. Desde Japón continúan llegando cantos de cisne a los dibujos hechos a lápiz, si bien el culto adquiere molestos rasgos de moda por una novedad con décadas de vigencia. Para ponerse al día en los referentes del orgullo nipón, repasamos los nombres que ya deberían habitar en cualquier videoteca privada.

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Hayao Miyakazi: Director, guionista, montador y productor de «Ponyo en el acantilado», maestro casi septuagenario que saltó al vocabulario común de los espectadores occidentales tras su Oso de Oro en el Festival de Berlín por «El viaje de Chihiro» (2001), al que seguiría el Oscar® a Mejor Película Extranjera y una visita guiada por los estudios Pixar. En su país, sin embargo, viene arramblando con los principales premios cinematográficos desde la década de los ochenta, cuando debutó en el largo con «El castillo de Cagliostro» (1979), una cinta de pillastres y aventuras detectivescas protagonizada por el célebre personaje galo de la teleserie «Lupín» y heredera de otro serial dirigido por el animador, «Conan, el niño del futuro» —no confundir con «Detective Conan», de Gôshô Aoyama—. Sus siguientes obras ratificaron su título de autor prolífico y poético con ánimo de divertir a través de un imaginario en parte mitológico de alto compromiso ecológico, en parte catalizador de leyendas continentales: «Guerreros del viento» (1984), «La fortaleza celeste» (1986), «Mi vecino Totoro» (1988), «Porco Rosso» (1992), «La princesa Mononoke» (1997) o «El castillo ambulante» (2004), entre otros títulos y series inolvidables como «Sherlock Holmes» (1984), a años luz de los culebrones «Heidi» o «Marco», para los que empezó prestando trazo.

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Goro Miyazaki: Siguiendo los pasos de su padre y educado en la preferencia de Chuck Jones sobre Walt Disney y en la viable coexistencia de la animación tradicional y el 3D, Goro debutó a sus casi cuarenta años con «Cuentos de Terramar» (2006), tras años de evadir la profesión familiar y de labrarse un nombre en el mundo de la arquitectura. El diseño de las intalaciones del museo Ghibli de Tokio, el estudio de producción de los Miyakazi, condujo a Goro de la cáscara al alma del oficio paterno, a quien rindió notable homenaje con esta cinta basada en la saga literaria de la norteamericana Ursula K. Le Guin. Un cariz algo más dramático de lo habitual en las películas Miyazaki envuelve a esta fábula apocalíptica de niños, hechiceros y dragones con una factura audiovisual mimada por el estudio Ghibli.

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Isao Takahata: Longevo creador y amigo de Hayao Miyakazi, Takahata ha preferido otorgar impulso a una vertiente realista del mundo animado, en contraposición a los elaborados ripios de Miyakazi y en contra de su propio debut como director con «La princesa encantada» (1968), una epopeya de inspiraciones nórdicas. La obra que despunta sobre las demás en su breve filmografía, «La tumba de las luciérnagas» (1988), celebró el pasado año su vigésimo aniversario con una reedición en dvd, cita inexcusable para recuperar el crudo viaje de supervivencia de dos hermanos en el Japón invadido por tropas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. Testigos de que la celebración de la naturaleza de Miyakazi resulta tan necesaria como inmerecidos son los escenarios de pacífica calma para tan bestiales escenas humanas.

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Katsuhiro Ôtomo: Guionista y dibujante antes que director,  su currículum resulta uno de los más brillantes de la lista gracias a «Akira» (1988), nacida de su propia y voluminosa novela gráfica y cumbre del manga dentro y fuera de casa —puntal de referencia para cualquier cineasta extranjero con afán imitativo, desde Tarantino y su segmento central en «Kill Bill: Vol. I» (2003) hasta los dibus en carne y hueso de los Wachowski—. No apta para todos los estómagos, la película recrea una pesadilla tecnológica entre poderes militares y bandas callejeras en una atmósfera de renovación post-bélica y violencias siempre familiares. Semejante éxito internacional no pudo repetirse en la siguiente década con «Memories» (1995), aunque ciertas repeticiones de la onda expansiva de «Akira» acompañaron a la reciente «Steamboy» (2004), un folletín de aventuras que hermana época arcaica y delirante futurismo en la más pura línea Julio Verne, combinación más cercana a un compendio tipo «El mapa del tiempo», del español Félix J. Palma, que a la ebria imaginación de un «Wild Wild West» (Barry Sonnenfeld, 1999).

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Rintaro: La ciencia ficción como género desde la pequeña pantalla —«Las aventuras del Capitán Harlock» (1978)— al largometraje, cuya cima alcanzó con «Metrópolis» (2001), retablo futurista levemente basado en el clásico mudo de Fritz Lang y en las claves del universo «Blade Runner» (Ridley Scott, 1982), a ritmo de jazz para negros tiempos de convivencia social. El cómic de partida de Osamu Tezuka y el guión de Ôtomo imprimen al conjunto un haz adulto donde las lecciones de ciudadanía y los malos augurios de cariz xenófobo y autoritario se funden con ritmo desigual, personajes rectilíneos de Toriyama y dulces de Ghibli, y diseños de fondo apabullantes mientras una ciudad se construye y el futuro se tambalea.

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Mamoru Oshii: En 1995 lanza la primera piedra de una larga saga muy apreciada por los seguidores de cultos: «Ghost in the shell», primera entrega de un universo con todos los rasgos favoritos del manga futurista para espectadores adultos, el denominado cyberpunk. Los androides pululan a sus anchas en el 2029, férreos vigilantes de una existencia humana condenada a cumplir con reglas feudales en pleno apogeo de evolución tecnológica. A este laureado arranque seguiría una secuela diez años después, «Ghost in the shell 2: Innocence», también dirigida por Oshii, y entre medias videojuegos, una serie de dos temporadas, «Ghost in the shell: Stand Alone Complex», y una película estrenada directamente en dvd, ambas dirigidas por Kenji Kamiyama. Del mismo modo que los grandes estudios de Hollywood acarician una adaptación a acción real de «Akira», a la conocidísima creación de Oshii tampoco le faltan pretendientes con ganas de repetir taquillazo, aunque la gélida acogida que crítica y público han brindado a «Dragonball: Evolution» (James Wong, 2009) podría replantear la prioridad de estos proyectos en las próximas agendas.

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En las imágenes, fotogramas de: «Ponyo en el acantilado» © 2008 Aurum. Todos los derechos reservados. «Mi vecino Totoro» © 1988 Tokuma Japan Communications Co. Ltd. y Studio Ghibli. Todos los derechos reservados. «Cuentos de Terramar» © 2006 Aurum. Todos los derechos reservados. «La tumba de las luciérnagas» © 1988 Shinchosha Company y Studio Ghibli. Todos los derechos reservados. «Steamboy» © 2004 Columbia TriStar Pictures. Todos los derechos reservados. «Metrópolis» © 2001 Columbia TriStar. Todos los derechos reservados. Y «Ghost in the shell 2: Innocence» © 2004 Production I.G. Todos los derechos reservados.

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