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Por qué amar a Mankiewicz: Segundo paso de conjunto

Escrito por el 13.12.07 a las 22:20
Archivado en: Años 40, Críticas, Directores, Drama, Hollywood

Después del trazado visual en la primera entrega-alegato-panegírico acerca del director Joseph Leo Mankiewicz, es hora de destacar su faceta guionística, no menos prolífica y eficaz que la de realizador. Iniciado en este arte mucho antes de colocarse tras la cámara, Mankiewicz tuvo el extraño don de prever lo correcto él solo, una suerte de “yo me lo guiso, yo me lo como” al que, sin embargo, los demás también somos convidados. No recordaríamos sus maravillosos encuadres si éstos luciesen un vacío equiparable al de las llanuras del salvaje Oeste recorrido por pelotones de polvo. Ni tampoco si hubiese contaminado sus líneas de la misma ambientación barroca y dramática de aquella puesta en escena conceptual. Por el contrario, su olfato de escritor le condujo hacia las vastas y abandonadas veredas del humor negro y la crítica acerada, elegante e inteligente de la cual no se libra ni él mismo.

Dada la categoría argumental de sus tramas, le hubiese sido más sencillo arrinconarse en las esquinas de la tragedia teatral y no del teatro trágico, como verdaderamente hizo, para reconvertirlo en puro y diferenciado cine. Un ejemplo de esto es “Carta a tres esposas” (1949), pionera en la narración mediada por el punto de vista de una mujer sobre sus antiguas compañeras de vecindario, tan en boga ahora a costa de las televisivas y estrafalarias “Mujeres desesperadas”. Aunque el origen de esta historia en las páginas del Cosmopolitan augurase un sabor empalagoso y unas protagonistas aburguesadas y urbanitas, Mankiewicz deconstruyó el mito de las hileras de viviendas unifamiliares felices en una comedia salada y con dejes terroríficos. Tan amigo de los flashbacks, entre el presente de las tres esposas (Linda Darnell, Ann Sothern y Jeanne Crain) –restringidas a ese papel castrante– y el pasado que rememoran a raíz de la carta enviada por su amiga (Celeste Holm) –cuando aún eran mujeres con esperanzas–, los saltos temporales se anuncian mediante una combinación amplificada de efectos sonoros tan simples como el goteo del agua.

Un ruido cotidiano suficiente para desvelar la profunda conmoción que esconden acontecimientos de apariencia irrelevante y que estas esposas, madres y mujeres han olvidado, avergonzadas, tras las paredes de casa. Con esos habilidosos cosidos narrativos, Mankiewicz obliga a sus personajes a profundizar en pensamientos prohibidos para una sociedad que las obliga a ser benévolas y pacientes. La duda futura que plantea la carta –¿con cuál de los maridos de este trío se ha fugado la vecina invisible?– aúna lo que fueron y sintieron las tres con el descubrimiento de lo que son y sienten ahora, una unificación de tiempos narrativos y vitales extraordinaria que se salda con la medida justa de reconciliación y dolor. La fórmula secreta de un director-guionista que sabía guardar para el futuro las mejores e impactantes historias, nunca contadas, después de habernos deleitado con otras inolvidables.

En las imágenes: Joseph L. Mankiewicz (segundo por la derecha) en un momento del rodaje de “Julio César” – Copyright © 1953 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Fotograma de “Carta a tres esposas” – Copyright © 1949 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

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