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Por qué amar a Mankiewicz: Tercer paso medio

Escrito por el 14.12.07 a las 17:10
Archivado en: Años 70, Cine americano, Críticas, Directores, Thriller

«Has estado muy bien, pero yo no me preocuparía tanto del corazón: siempre puedes poner ese trofeo en su lugar.» Algún desalmado envidioso asistente a los Oscar® de 1951 podría haber increpado a Mankiewicz con las mismas palabras que Margo Channing dirigía a la ¿triunfante? Eve Harrington. Pero un pedazo muy autoconsciente latía en el perfecto retrato de las alcantarillas perfumadas del showbusiness, y el guionista-director de “Eva al desnudo” (1950) no se dejó atrapar por las mismas rejillas degradantes que su antiheroína. Continuó el cultivo de esa prosa rápida y barroca, cuyo ejemplo más representativo podríamos tener en la película citada, pero que se extendió, tal vez en declive tras alcanzar su cenit, hasta su última entrega. “La huella” (1972), de reciente actualidad a causa de su innecesario, pero arriesgado, remake, fue el enigmático testamento de un cineasta que, con o sin guión propio –en este caso de Anthony Shaffer, autor de la obra teatral en la que se inspiró la cinta–, destacó como dialoguista. Y no es nada fácil rodar largas y enrevesadas conversaciones sin que el pulso visual de la escena decaiga o el espectador se pierda en una maraña de pullas ocultas que sólo perciben los personajes.

 

Menos aún cuando en más de dos horas de metraje sólo aparecen dos actores, aunque éstos sean de la talla mastodóntica de Laurence Olivier y Michael Caine. Sus virtudes son evidentemente teatrales, una hilera continua de réplicas sagaces en una trama diabólica que encontraron los encuadres perfectos en el caserón recreado por Mankiewicz e introducido por esos inquietantes autómatas mirones. Planificación claustrofóbica de un diálogo interminable que es, a un tiempo, una trampa de tres: quien mira no puede levantarse sin la función terminada, pues los interrogantes son fuertes y el respeto hacia una conversación de plano medio impide interrumpir su desarrollo. Ratonera de fondo y forma –y metalenguaje: la sátira a Agatha Christie, reina del folletín llevado a teatro más comercial–; la broma macabra de un cineasta que, si un día se aprovechó del teatro como tema, en su finiquito lo empleó de apariencia para completar un ciclo: el de una vida rendida al cine y a sus moldeables armas.

En la imagen: Fotograma de “La huella” – Copyright © 1972 Palomar Pictures Corporation. Todos los derechos reservados.

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