Sin rodeos: Los obstáculos de la escena

by Almudena Muñoz | noviembre 26, 2007 21:56

Una de las reglas de oro del guionista es colocar muchas muchas dificultades en la aventura del héroe para que la ginkana emocional –o fisica– asegure un mínimo de atención. Pero, ¿qué sucede cuando los personajes se enfrentan a obstáculos infranqueables, es decir, los de la propia escena? Resulta paradójico que los protagonistas puedan superar sus problemas abstractos gracias a la acción invisible de un ser real, el escritor, y que sin embargo se vean incapaces de alterar la materialidad que los rodea. Un sofá, un precipicio, un atasco, una oleada de gente, un charco… lo que la imaginación guste, siempre zonas táctiles para un personaje que carece de derecho para alterar la escenografía preparada. Tomemos como ejemplo “El ídolo de Nueva York”[1] (1937), una comedieta de los años mozos de Cary Grant que sorprendentemente derivaba hacia el drama más lacrimógeno, y en cuyas escenas románticas encontramos este conflicto. La joven (Frances Farmer) toca el piano para el invitado que acaba de entrar en el salón, sin percatarse del esfuerzo que supone para él un momento a solas. Su forma de sujetar la cola del piano, opuesta a la delicadeza con que ella deja discurrir los dedos sobre las teclas, demuestra en un par de apuntes la verdad del encuentro. 

Comentan banalidades, se formulan las preguntas de cortesía, y si ella calla sonriente, él enmudece tras el parapeto de un mueble que es al mismo tiempo escudo y verja. Al apuesto Grant no le supondría gran esfuerzo reunir valor para rodear el piano y abrazar a su amada, hincarse de rodillas y decir todas esas cosas propicias de escenas de este estilo. Como dicha actitud no habría ido desencaminada con su proceder habitual, el motivo de esta quietud va más allá de una moralidad emergente en el personaje o de una timidez producto de los sentimientos arrebatados. El director (Rowland V. Lee) puso a uno y otro enfrentados en un plano de gran equilibrio y que una pasión desbocada no debía estropear. El protagonista no puede atravesar el encuadre, moverse con una libertad de movimientos que coartaría la mirada perfeccionista de la cámara. El piano, el obstáculo, es el símbolo de la atadura perpetua del personaje a las decisiones visuales del cineasta, sin posibilidad de interactuar con su propio entorno. Por eso nuestra imaginación complementa a la imagen, y vemos a Grant empujando el instrumento, saltando el charco, aporreando a la masa o sobrevolando el sofá, mientras el mundo del celuloide sigue avanzando en su fingida normalidad.

En la imagen: Fotograma de “El ídolo de Nueva York” – Copyright © 1937 Edward Small Productions y RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados.

Endnotes:
  1. “El ídolo de Nueva York”: http://spanish.imdb.com/title/tt0029675/

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